miércoles, octubre 28, 2020
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68 inverso. Cap 21. Perdidos en el tiempo

Aunque el fenómeno pasó desapercibido para el gran público, aquel Mayo del 68 alumbró también una nueva ultraderecha que con el tiempo terminó por hacerse con parte de la dialéctica de la nueva Izquierda. Hoy, muchos rebeldes iconoclastas adscritos a la ultraderecha se sitúan en esa órbita como si fueran revolucionarios de izquierdas. Es el “68 inverso”.

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68 inverso. Cap 21. Perdidos en el tiempo

“Papá cuéntame otra vez ese cuento tan bonito / De gendarmes y fascistas, y estudiantes con flequillo”. Era la última canción del concierto de Ismael Serrano, el público se levantaba de sus asientos y aplaudía; mi pareja se inclinó hacia mi y susurró: “Mira que la canción tiene carga irónica, pero nada, la mayor parte de la gente no la pilla o no la quiere pillar”. ¿Seguro? Es conocida la deriva personal de los líderes del Mayo francés, por entonces anarquistas, leninistas, maoístas o trostkistas. Es cierto que hubo alguno que lo pagó muy caro, como fue el caso de Rudi Dutchske. Pero la mayoría vivieron evoluciones más aburguesadas, comenzando por Daniel Cohn Bendit, Dany “el Rojo” que terminó por  convertirse en aliado de Macron, defensor del europeísmo y experto en vinos.

Y es que en realidad la cosa fue más allá y no creo que esto lo sepa ni siquiera el propio Ismael Serrano.

El épico Mayo de 1968 dio origen a lo que se llamó la Nueva Izquierda, una evolución que marcaba distancias con las corrientes históricas del socialismo y el anarquismo y conceptos como lucha de clases, revolución violenta o sindicalismo revolucionario. Pensadores como Marcuse, Noam Chomsky o Ralph Milliband, entre otros, se centraron en los derechos civiles, feminismo y políticas de género, papel de la juventud y, en general, rechazo del modelo soviético.

Por entonces pasó desapercibido el alumbramiento de la Nueva Derecha, en la estela del Mayo francés y de las protestas en las universidades americanas. El impulsor de esta iniciativa  fue el francés Alain de Benoist que refundó las bases de la ultraderecha europea inspirándose en formas y fondos de la Nueva Izquierda.

En esencia, la Nueva Derecha surgió como instrumento de reacción ideológica contra la Nueva Izquierda, pero utilizando sus mismos recursos, sus ideas y actitudes. Estos marcaron distancias con el modelo soviético y aquellos lo hicieron con el fascismo histórico. Rechazaron el racismo, por ser un debate obsoleto, y se centraron en la idea de que el cambio cultural y social antecede al político. Esta era una idea extraída de Antonio Gramsci, nada menos.  Un Gramsci cuya popularidad estaba en pleno auge a lo largo de la década de los sesenta y que estaba siendo muy citado por la Nueva Izquierda.

Por lo tanto, la insistencia de la Nueva Derecha en dejar de lado el debate sobre las razas para poner en el centro a las culturas, poseía un claro valor estratégico: las culturas eran el punto de partida al rechazo de la globalización, algo en lo que, con los años, terminaron por coincidir ultraderecha e izquierda radical. Pero esa era una batalla que esta parecía incapaz de gestionar con eficacia.

No sólo fue una maniobra en clave de teoría política. La nueva utraderecha italiana organizó campamentos Hobbit para jóvenes, surgieron anarcofascistas y hasta nazimaoístas y en líneas generales cobró forma una línea de “neofascistas melenudos” que chocaban completamente con la imagen tradicional de los tipos rudos de botas altas y camisa paramilitar o los cabezas rapadas de cazadora bomber. La jugada transversal fue cosa de grupúsculos frikies durante años, cierto. Pero terminó por dar sus frutos ya entrado el siglo XXI.

Durante la Gran Recesión, e incluso antes, la apropiación de la herencia de la izquierda radical por el ultranacionalismo y la derecha dura les aportó «respetabilidad progresista» a ojos de muchas personas que creían en la eficacia de una tendencia política capaz de cambiar las cosas y detener la progresión del neoliberalismo triunfante en la Guerra Fría, la cual estaba llevando al mundo a la globalización y la crisis.

Por otra parte, y gracias a la reivindicación de Gramsci y otras figuras de la izquierda, la Nueva Derecha había logrado revestirse de una honorabilidad que difuminaba la turbia relación con el pasado fascista o nacionalsocialista de los años treinta y cuarenta del siglo XX. El mismo Alain de Benoist negaba todo radicalismo e identificaba a su criatura intelectual con ese producto político tan resbaladizo denominado “populismo”.

La confusión estaba servida, y disfrazada de rebeldía contra el liberalismo y la globalización se convirtió en bandera de los nuevos iconoclastas. En el quincuagésimo aniversario de las protestas acaecidas en el París de Mayo de 1968, parecía existir una clara relación de familiaridad entre la imaginativa colección de grafitis en las paredes de la capital francesa y los tuits y actitudes de los internautas de la Alt Right americana, de los populistas de derechas, de los ultras iconoclastas, medio siglo más tarde.

En este sentido, el periodista especializado John Herrman afirmaba que «Si hay algo parecido en la derecha [con respecto a la izquierda radical] es la apropiación gradual de la palabra “alternativa”: una apropiación que, por falta de reclamaciones más enérgicas por parte de decadentes periódicos alternativos o periodistas de izquierdas, parece estar funcionando».

Por supuesto que poco tenía que ver en el contenido y la forma: el romántico lirismo revolucionario de aquellos años con la zafiedad del mero insulto, el idealismo ingenuo con la voluntad rompepelotas. Pero la intencionalidad era similar: aquellos contestatarios y los de comienzos del siglo XXI buscaban épater le bourgeois, escandalizar a los bienpensantes, avivar el conflicto generacional. Más en concreto, los de la nueva ultraderecha, armados con esa retórica, buscaban destronar a los herederos del 68, que habían terminado por imponer su pensamiento políticamente correcto.

Así que tiene razón Ismael Serrano: las hostias siguen cayendo sobre quien habla de más. Sólo que ya no se sabe de dónde vienen e incluso caen sobre quien no habla. Por si acaso. Por décourager les autres.

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