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SE ROMPE EL TIEMPO – Festival Aramata

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.


 

CRÓNICA L: “ORFEO” y “HEROIDAS” – Festival Aramata

 CICUS – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO

 

28 de junio de 2024 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

Nunca pensé que se rompería el tiempo. Lo dice un viajero del tiempo, un eidôlon, es decir, no soy un novato en líneas temporales que se bifurcan, pero lo que se pudo contemplar esta semana en CICUS fue algo bello que espero que prospere con muchas más ediciones. Me refiero a ΔRAMATA: Festival Grecolatino de Artes Escénicas, una iniciativa que aplaudo, en la que se rescatan textos y autores clásicos (bueno, de mi época, no me quiero sentir viejuno), y les dan una vuelta para compartirlos en pleno siglo XXI. Que se reúnan propuestas desde varios grupos (Sociedad Española de Estudios Clásicos, Furor Bacchicus Teatro, Grupo de Teatro del IES Macarena, Grupo TEANSARI, Proyecto ACTUS) me llena de entusiasmo. Al parecer este festival estuvo repartido en dos días pero, cosas del azar del universo, sólo me materialicé en la segunda fecha. Por ello, hablaré de las dos obras que vi aquella tarde, y espero que pueda verlo de forma plena el próximo año.

Al lío. El escenario de este viaje fue maravilloso, el propio CICUS, porque aparecí en su patio interior, cuyo suelo ajedrezado bajo el cielo abierto me dejó sensación irreal, como si partiese de un sueño, un imposible que pudiese tocar. Avancé a la sala cuando el público tomaba comenzaba a entrar y tomar asiento. Conseguí un hueco en las primeras filas y tomé uno de los panfletos que había por allí. Estábamos a punto de presenciar la primera de las obras de la tarde: ORFEO de la Academia Orquestal OBS y el Grupo de Teatro IES Macarena, bajo la dirección de Teresa Fernández y Manuel Yruela. El aforo estuvo bastante bien, sobre el escenario apenas unas tiras rojas caían del techo, una lira blanca reposaba sobre un poyete oscuro, y al fondo algunos atriles y una clave aguardaban a sus intérpretes. Arrancó la obra con la aparición de los músicos, dos violines, una viola de gamba y la mencionada clave, y tocaron unas cuatro piezas con gran soltura antes de que saliese una chica muy joven, con una seriedad extrema, vestida a la moda grecolatina, y con un libro entre las manos, del cual leyó parte de la historia que estábamos a punto de presenciar. Cuando se marchó, arropada por los músicos que de nuevo creaban la atmósfera, aparecieron Eurídice y Orfeo, que no se quitaban ojo, casi temí que se les acabase el escenario mientras caminaban. Y aquí comenzó una de las maravillas de este festival: La obra se narraría en latín.

ARAMATA, tiempo, teatro, mitología, Ovidio, Grecia Clásica, grecolatino

Reconozco que me pilló por sorpresa, hace siglos que no practico ese idioma muerto, resucitado ahora, y me iluminó por dentro. Por supuesto, prácticamente todo el aforo no entendía ni una triste «puella», pero poco importaba, la emoción no se frena en el idioma, como un arma roma, golpea cuando está bien trabajada. Y así transcurrió la hora de obra, la historia mítica de esa pérdida atroz, la valiente temeridad de Orfeo y su inseguridad imperdonable, justo cuando todo podía salvarse. El resto de las actrices que fueron apareciendo en escena actuaron de coro, de ánimas y de la misma autoridad del Averno, quizás con demasiada templanza en el ritmo y el lenguaje corporal tenso en exceso, pero asuntos menores, fruto de nervios y del deseo de llevarlo a cabo con el mayor de los respetos, lo cual agradecía. El público estuvo atento en cada capítulo de aquella historia, pues a veces volvía la narradora y leía pasajes del mito que se presenciaría en escena. Me encantó la máscara de Caronte y esa voz forzada, celebro la idea. Mención especial a Soraya Méncid, la soprano que desde la mitad de la obra acompañó eventualmente la música de aquel cuarteto barroco, con una delicadeza y potencia asombrosa. La música del siglo XVII, el latín de hace dos mil años, el mito de la Grecia Clásica… sin duda, el tiempo se había roto, y se trataba de anudar de nuevo con estos artistas contemporáneos. Me hizo gracia que justo al final, cuando Eurídice cae para siempre, se hiciera el silencio unos segundos y ahí decidiera una pareja del público levantarse e irse de la sala, tropezando el hombre con el escalón en su huida prematura, con la vergüenza expuesta, y el respingo «¡Ahí va!» me hizo pensar que, hasta en los peores momentos, la comedia puede abrirse camino. No todo va a ser Averno.

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Desalojé la sala al culminar entre aplausos y la noche ya había asediado aquel tablero lleno de visitantes. Me di una vuelta, cotilla puro, quería explorar la taquilla y sus amabilísimas trabajadoras, la cafetería, desbordada a los pocos minutos, y algunas salas en las que se exhibían exposiciones muy diferentes entre sí. Una hora más tarde, había vuelto a la sala, vi que repartieron folletos de la obra, incluso colocado algún cartel junto a la entrada, y al acceder me topé con la desafortunada casuística de que el aforo estaba muchísimo más completo y tuve que conformarme con un asiento mucho más arriba de lo que hubiese deseado en aquel espacio escalonado.

ARAMATA, tiempo, teatro, mitología, Ovidio, Grecia Clásica, grecolatino

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Comenzaba HEROIDAS, la propuesta del grupo de teatro TEANSARI, ideado y dirigido por Adela Tovani. Esta propuesta partía de la originalidad de la idea, no se ceñía a un mito, una historia previamente desarrollada: La historia supone una labor de retales de textos de varios autores, comenzando por Ovidio, que se dice pronto. De hecho, el título está sacado de la obra homónima del poeta, las Cartas de las heroínas, misivas que podrían haber enviado estas mujeres a sus amados en las que la distancia, el abandono o la pérdida funcionan como puntos de partida. El foco está posicionado en la reflexión sobre el abandono y purgatorio que sufren las mujeres por causa de la guerra, mantengan la posición que tuviesen, reinas o esclavas, valientes o aterradas, todas mantuvieron (y mantienen) un lazo de dolor y sangre que las une. Y para ello, se sirven de un elenco muy variado de actrices que encarnan nombres mayúsculos de la historia y leyendas grecolatinas (Penélope, Calipso, Hermione, Ariadna, Medea y su nodriza, Pitia, y hasta el propio Minotauro de Creta). No obstante, para arrancar y conducir esta historia, se sirven de un narrador, un viejo conocido con el que me veo muy reflejado, aunque sus circunstancias son muy sui generis. El único ser que fue (al menos en la Antigüedad) hombre, mujer y hombre de nuevo (sin mencionar aquí al archiconocido Zeus). Hablo, por supuesto, del adivino Tiresias.

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Quiero destacar uno de los artistas que más brilló aquella tarde sobre el escenario: David D. Bravo, un Tiresias que funcionó como maestro de ceremonias, que apareció vestido con vaqueros, camisa blanca y chaqueta, que supo arrancar la obra y meterse al público en el bolsillo para que se engancharan. Fue un monólogo que supuso casi un tercio de la obra, quizás algo menos, que concatenó con apariciones esporádicas durante la obra y, por supuesto, el final. Aquel personaje narraba su historia personal para luego proyectarla a la de las mujeres, algo similar a lo que hizo aquí su directora e intérpretes, tomar la temperatura social de las mujeres en tiempos bélicos y lanzárnoslo con estas historias que nos resuenan.

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Expresa Tiresias, «Convertirse en mujer no es cambiar unos atributos por otros, es algo más turbador. Recibes el cerebro de una mujer». Una vez lanzada la roca, se dará paso a otro Tiresias, como si fuese una representación de su propio pasado, y será quien interactúe con las mujeres mientras desenvuelven sus secretos, que se incorporan aquí a la escena. «Mil voces hacen falta para contar una sola historia».

La obra se desarrolló con solvencia durante hora y media, lo cual ofreció el tiempo adecuado para lo que se debía contar, aunque quizás, y hablo desde el desconocimiento, los nervios traicionaron a algunos de los intérpretes, que confundieron nombres en muy contadas ocasiones o extendieron silencios que igual debían ser poblado de texto. A ciencia cierta, lo desconozco, pero subrayo que esto ya es por ponernos muy tiquismiquis, como dicen los modernos. Me encantó apreciar tantas referencias mitológicas y clásicas durante la obra, tanto a nivel visual (impresiona esa cabeza de Minotauro o ese hilo rojo de Ariadna) como a nivel narrativo. Cada actriz ostentó su papel con mucho carisma y un gran dominio de la emoción que las impulsa. Me encantó, a título personal, el dominio de la voz que presentaba Marta Ortega, en su papel de Penélope.

ARAMATA, tiempo, teatro, mitología, Ovidio, Grecia Clásica, grecolatino Se lograron momentos icónicos que impregnarían, o eso espero, la memoria del público, como fue el momento en el que la figura militar posiciona a las mujeres y las hace enmudecer con sus propias manos o cuando todas se toman las manos y bailan, unidas como una misma fuerza atemporal. Incluso hubo un momento en el que Medea proclamó a grito pleno su promesa de venganza y, cosas del directo, a un espectador se le cayó sonoramente el móvil al suelo, asustando a sus vecinos de fila, que ya estaban sobrecogidos por la escena. De nuevo, la comedia, siempre presente.

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«Corren hacia atrás las aguas de las sagradas fuentes» se mencionó en un momento final. Se rompe el tiempo. Y yo estoy satisfecho de cerrar esta etapa de las Artes Escénicas con algo tan familiar, algo que me toca la memoria y el corazón, como eidôlon de la Grecia Clásica. Además me sorprende haber llegado a la crónica cincuenta, cuánto aprendo en cada aparición. Ojalá esto siga mucho más. Por todo ello, estoy muy agradecido. Me sumo a los aplausos que resuenan al cierre de este Festival Grecolatino de Artes Escénicas, ΔRAMATA. Salgo al patio de nuevo y miro al cielo de la noche sevillana. Lo noto muy cambiado tras veinticuatro siglos, pero me reconforta que siempre haya luz entre tanta negrura. Y ahí, desaparezco.

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