jueves, septiembre 24, 2020
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Aquel cine del Brexit. Cap 11. Perdidos en el tiempo.

En fechas recientes, concluyendo en el film 1917, el cine británico ha estrenado una serie de superproducciones de trasfondo patriótico surgidas al calor de la polémica políticas en torno al Brexit.

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Aquel cine del Brexit. Cap 11. Perdidos en el tiempo.

Recientemente he vuelto a ver la película Lo que queda del día (James Ivory, 1993) traducida como Los restos del día en el título de la novela de Kazuo Ishuguro. Confieso que durante años no me atrajo la lectura de esa obra. No porque su calidad literaria no fuera excelente, sino porque el relato del señor Stevens en primera persona no puede eclipsar  la representación del personaje que hace Anthony Hopkins en la película, incluyendo el formidable duelo interpretativo con Emma Thompson.

Lo que queda del día es una reflexión sobre el tiempo perdido, los errores cometidos en el pasado y la imposibilidad de enmendarlos. Es una forma de melancolía profundamente humana que viene respaldada por el tan repetido arrepentimiento en el lecho de muerte: “Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera”. Pero en la película de Ivory  esos errores vitales vienen asociados a épocas completas.

El anacronismo que en los años cincuenta suponía el sentido del honor, trasnochado ya en los años treinta; el concepto del deber y del servicio; la satisfacción de trabajar para hombres de moralidad superior, infalibles y justos. Ya es tarde para todo, para todos ¿Cómo dar marcha atrás y cambiar la historia en la cual están incluidos nuestros yerros? Todos los que tenemos una cierta edad hemos visto como aquella  nuestra querida época, la que vivimos y ensalzamos en nuestra adolescencia y juventud, terminó por ser vilipendiada, incluso ridiculizada o ninguneada por las nuevas generaciones, las de nuestros hermanos pequeños o nuestros hijos –no así las de nuestros nietos, ojo.

Era 1993 cuando se estrenó Lo que queda del día, los americanos acababan de ganar la Guerra Fría -la película es americana, por cierto- y su modelo era el que prevalecería a escala global. En aquel momento, la mansión Darlington Hall adquirida por el senador Lewis, un millonario estadounidense, tras la muerte del anciano lord Darlington bien pudiera haberse visto como el destino de la vieja Gran Bretaña -o incluso de la vieja Europa- ante el desafío del futuro moderno en la posguerra de una contienda –la Guerra Fría-  que dejaba atrás los viejos y caducos tiempos.

Pasaron veinticuatro años, y tras el referéndum que llevó al Brexit y las crisis políticas que propiciaron el abandono de la Unión Europea por el Reino Unido, los directores británicos pronto encontraron un filón en el recuerdo de aquellos años gloriosos en que Gran Bretaña luchaba sola, contra lo que percibía como la pérfida Europa rendida ante la brutal Alemania.

En poco tiempo se estrenaron, una detrás de otra películas como Dunkerque, de Christopher Nolan (“vamos a sacar de Francia a nuestros muchachos”), Churchill, de Jonathan Teplitzky (“Sangre, sudor y lágrimas”, ya sabéis),  El instante más oscuro, de Joe Wright (más sangre, más sudor y más lágrimas) o productos de “entrañable patrioterismo” como The Guernsey Literary and Potato Peel Pie Society, esto es, La Sociedad Literaria del Pastel de Piel de Patata de Guernsey dirigida por Mike Newell y estrenada en 2018. El argumento versaba sobre las miserias, penurias y pequeñas heroicidades de un grupo de amigos en la isla de Guernsey siendo el único territorio de Gran Bretaña ocupado por el invasor nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Very Well, Alone
En fechas recientes, concluyendo en el film 1917, el cine británico ha estrenado una serie de superproducciones de trasfondo patriótico surgidas al calor de la polémica políticas en torno al Brexit.

Aquello era un no parar. Rizando el rizo, vía Netflix se produjo:  Los nuevos agentes secretos de Churchill. Que no era un film ni una serie, sino un reality show de recreación histórica apto para casi todas las edades y condiciones. Ciudadanos de la actual Gran Bretaña se presentaron en 2017 a un casting para pasar seis semanas en una apartada casa de campo en las Tierras Altas de Escocia y ser entrenados en condiciones de máximo realismo como si fueran agentes reales del SOE (Secret Operations Executive), la organización creada durante la Segunda Guerra Mundial por Winston Churchill para llevar a cabo misiones de espionaje, reconocimiento y sabotaje en la Europa ocupada.

La recreación pretendía ser completa, casi obsesiva. Los participantes llegaban a la mansión en un tren de época, vestidos ya como hace ochenta años. Lanas escocesas, hombreras (Dios, esas hombreras), pipas y sombreros, trajes de mezclilla, maquillaje intenso, peinados de los años cuarenta. Y una vez en la casona, inmersión total en la época: nada de noticias de actualidad, ni televisiones, ni móviles. Sólo prensa de 1940, noticias radiofónicas y programas de 1940. Cero contacto con el mundo exterior actual. Todos los participantes se tomaban la experiencia muy en serio, incluso con solemnidad. En la convocatoria de 2017 entre los catorce aspirantes se contaban: una intérprete, un banquero retirado, un promotor inmobiliario, una antigua agente de la policía, un animador, un matemático, un asistente de abogado, una médica, una investigadora científica, una profesora de teatro, y un veterano de la guerra de Afganistán.

Entrenados con los manuales de la época, bajo el cuidado y la dirección de una instructora, un psicólogo militar y un teniente del Ejército, los reclutas aprendieron habilidades tan variadas como utilización de armas de época, transformación de personalidad, ocultación y camuflaje, defensa personal, manejo de explosivos, escalada, supervivencia, transmisión y codificación y todos aquellos recursos utilizados por cada uno de los 10.000 agentes que formó el SOE durante la Segunda Guerra Mundial. El desenlace quizá puede resumirse en la resolutiva frase de una señora de cierta edad y mirada acerada: “Creo que me estoy dando cuenta de que soy esta persona que si tiene que hacerse algo, se hace”. Los británicos en pleno arrebato patriótico buscando fuerzas en el pasado.

Y el colofón, el broche inesperado a esa huida hacia el pasado tuvo lugar en ese mismo año 2017 cuando la Academia Sueca  concedió el Premio Nobel a Kazuo Ishuguro. De esa forma, se cerraba el círculo; Lo que queda del día, novela, era asimilada a la película y la imagen de la Inglaterra decadente de los años treinta se reivindicaba como el reservorio de lo mejor de la nación, que puede decaer durante un tiempo pero que en definitiva, es su alma y su destino, según esa visión providencialista del patriotismo en sus momentos más difíciles

En definitiva,  no cabe sino asombrarse de lo bien que son capaces de venderse los ingleses a sí mismos a través de sus productos culturales, incluso a pesar de que los mensajes sean contradictorios y queden reducidos a lo que aquí denominados, despectivamente, folklore.

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