A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA XX: “PREGÓN” – Ana Sánchez Acevedo, Pedro Rojas-Ogáyar y Teatro Anatómico
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
4 de abril de 2025 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
La luz caía entre la cristalería del vestíbulo del Teatro Central como un invitado de última hora, generando una satisfacción incrédula entre las trabajadoras que recibían con su siempre cálida profesionalidad a los asistentes que llegaban. Tras un día de tormentas horizontales, de vientos adolescentes, tuerce paraguas, había salido el sol. Premio por decidir acudir al principal templo de las Artes Escénicas de Sevilla. Poco tardó en formarse cola para la Sala B, que prometía una obra llamada PREGÓN de Ana Sánchez Acevedo, Pedro Rojas-Ogáyar y Teatro Anatómico. Eso rezaba el programa de mano que todos tomaban de camino a la entrada del espacio, pero los implicados en escena pronto descubriría que eran también, más allá de Rojas-Ogáyar, como músico multiinstrumentista en escena, Juan Luiz Matilla, Melisa Calero (impresionantes bailarines) y Natalia Moreno «Marenkarma», quien entró en escena montada en un patinete eléctrico, ojo ahí, y se regaló con su bello cante con corazón flamenco.
La puesta en escena revivía los aires de una postfiesta a la que aún había mucho jugo que exprimir. Confeti por los suelos, diferentes cascadas de telas de colores y diferentes texturas multiplicaban desde el techo las luces de los focos, todo auxiliado por tres espejos verticales, dispuestos de tal manera que podía apreciarse a parte del público. En el espacio, un pequeño escenario distinguía una altura mínima para los instrumentos musicales, una silla clásica de feria, y una pantalla vertical en el fondo en la cual proyectarían multitud de videos sacados en exclusiva de redes sociales, reels con un algoritmo mareado a conciencia, desde denuncias políticas hasta sesiones de maquillaje, pasando por cómo hacerte millonario con cuatro sencillos pasos y algunos videos paródicos creados con inteligencia artificial. Un desfile incesante, scroll infinito, para reflejar y captar la distracción continua que necesita una sociedad embrutecida en el estímulo, dopamina gratuita por si el espectador no sabe a donde mirar. Aunque en esta obra la atención podía repartirse a gusto del consumidor, porque desde el inicio, cada integrante en escena mantuvo comportamientos activos la mayor parte del tiempo, ya sea mediante coreografías magnéticas, arrojados sobre instrumentos o sentados en una silla para contorsionarse contra la gravedad o maquillarse frente al espejo.
La temática de la obra la introdujo un espacio sonoro que se arrojaría al comienzo y final de la obra, una captación real de lo que puedes oír en un mercadillo cualquiera un domingo: «Bragas, chuches, mandarinas, a euro, a euro». La dispersión de oferta y demanda, la gracia natural, el capitalismo de pie de calle que nos cruza y relaciona. Llévalo a la pantalla del móvil, al uso como usuarios. Todo sazonado, conducido y potenciado por la musicalidad efervescente de la obra. Apenas encontrarás un minuto sin ritmo, un minuto ajeno a la creación musical. Los silencios aquí solo sirven para cambiar el tempo, para respirar si cabe, entre taconeo, acorde de guitarra eléctrica y loop instrumental, quizás más próximo al rap que al flamenco que destila la voz de «Marenkarma». Y ahí la belleza, expuesta, sin excentricidades, de lo que puede ser un cóctel sonoro que bebe de ingredientes tan dispares como el trap y las marchas a trompeta propias del ejército. Aplaudo, lo digo ya, la calidad ecualizadora de esta propuesta, en la que nada pisaba a nadie, en la que los capítulos acústicos iban fluyendo con la naturalidad con la que el dinero cambia de manos en un mercadillo. Sin duda, el punto más fuerte.
Pero a mí particularmente me enamoró la expresión corporal, la danza y la comunicación, que Melisa Calero llevó a cabo durante toda la obra. Si se me hizo corta la propuesta, es en gran parte por ella, porque su trabajo no puede ser más perfecto, cómo explota el movimiento y lo detiene en seco, la caja de ritmos que llega a manifestar con sus manos y tacones, ya sea en pie o flexionada en el suelo. A pesar de las múltiples distracciones, si ella protagonizaba un solo de danza, no había sombra a la atención a su trabajo. Y esto de los solos es una cosa que potenciaron todos en realidad, hubo momentos para desarrollar cada burbuja de talento, para cantos a capella, para instrumentales, para minimalismos. Incluso para escenas muy oníricas, como que una de ellas se sentara de espaldas al público, mirando un espejo en el que, desde mi punto de vista, no se reflejaban, y en su lugar aparecía una nube rosa, la niebla escénica y la magia de los focos, casi como abstracción mental del ambiente emocional que allí se tocaba.
Cabe decir que es una obra llena de detalles, desde los vídeos que se escogen y su orden de aparición, como el vestuario, todos con chándal enterizos, pero cada cual de un color, hasta el punto que empecé a asociarlos, como en alguna película o novela, como señor rosa, señora azul, señor negro y señora verde. Flecos intencionados, como digo, para transmitir una cercanía con hábitos del día a día, lo que vemos en las calles y en las pantallas, sacar la cámara selfie, cantar jingles como el de Mercadona, hacer un tutorial de maquillaje (comprobar por los espejos cómo algunas no pierden ojo al tutorial, otros atienden a la pantalla, algunos llevan el ritmo de la música con el balanceo de cuello, y los demás no pierden de vista a los bailarines).
Viaje circular, en busca de una perfección muy buscada, ronda de aplausos, satisfacción del aforo, saludos de la compañía y me fijé que la despedida, inobservada por la mayoría, seguramente inconsciente por los propios artistas, no pudo ser más acertada: Caminaron en fila hasta desaparecer de escena por detrás de los espejos. Nos vemos al otro lado.
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