A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA XIII: “LÀS ALEGRÍAS” – María del Mar Suárez, La Chachi
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
21 de febrero de 2025 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
Un ambiente templado, a uno y otro lado de la cristalera luminosa del Teatro Central, trajo un público relajado desde todos los confines de la provincia para ver los espectáculos que aquella tarde tendrían lugar en el templo de las Artes Escénicas. Yo, competitivo a muerte como soy, me fui dejando caer por todos los sofás del vestíbulo, por cada poyete libre, hasta por el banco del piano de pared aquel que tienen olvidado frente a las escaleras. Tenía ese ánimo de repente, a contranervioso no me iba a ganar nadie… fité que hasta me daba pereza usar las palabras oficiales. Cuando todos subieron para la Sala B, yo aún remolonaba curioseando los programas que anunciaban que en unos minutos comenzaría LÂS ALEGRÍAS de María del Mar Suárez, La Chachi, y aquel título me regaló la intriga de si se refería a una persona o dos, o quizás La Chachi era el nombre de una banda de mujeres portentosas, en la portada aparecían hasta cinco posando, aunque estaba claro quién lideraba aquella imagen.
Cuando vi a la última persona subir la escalera, una mujer setentera, es decir, una niña a mi lado, que llevo veinticuatro siglos paseando la cara, me dirigí a los escalones y conquiste uno a uno, con deleitosa cámara lenta, y así hice que ella llegase arriba cuando yo apenas alcanzaba la entreplanta. Y entonces el desastre: Llegaba por el vestíbulo otro hombre, rezagado de última hora, y entonces me entretuve en mirar mi reloj de pulsera, que ni reloj tengo ni podía verme, pero el arte del disimulo aflora sin patrón, y cuando me adelantó, pegué dos saltos y fui corriendo tras él, que no quería perderme el espectáculo.
El último y primera fila, ventajas de ser un ediôlon. Un tablao blanco destacaba entre los fondos y laterales negros, sólo rotos por unas letras, también blancas, que se proyectaban en el fondo con el título de la obra. Aparecen dos mujeres, luego supe que eran La Chachi, mente pensante de la propuesta, bailaora, actriz y directora (más nombres propios deberían aparecer en la portada del programa) y Lola Dolores, quien ejercería el cante, la guasa y la percusión corporal durante toda la obra. Pero también llegaron relajadas… En silencio, se colocaron en un lateral de la escena y se quedaron en silencio, mirando al público, mientras una letra se iba proyectando en la escena, «Tiriti tran, tran, tran». Así unos minutos de silencio, que no era silencio porque la gente, cuando se siente de cara con el infinito, tose, se mueve del asiento, carraspea, murmura lo que lee, se ríe, y todas esas cosas que sirven para reafirmar la propia existencia. Acabó la proyección y ellas siguieron inmóviles, mirando al público desde la penumbra. Minuto, minuto, minuto… Estuvo bien cuando afloró la risa nerviosa, ya colectivizada, pero alargarlo desde ese punto ya se me hizo algo abusivo. Como mínimo, un desconcierto.
«¡Vamos que nos vamos!» arrancó al fin una de ellas y comenzaron unos minutos de voceos animosos y percusiones con palmas y pisadas (por cierto, Lola Dolores llevaba unas botas de montaña preciosas, con eso sí que se percute bien el tablao), mientras La Chachi recorría el área del tablao a base de repiqueteo de sus zapatos flamencos, un ejercicio muy difícil y llamativo, sin duda, ya que las alegrías son un palo del flamenco, enérgicos y rápidos, que acompañan a los cantes de Cádiz, de donde ella defendieron ser con orgullo. Pero esa percusión continua la estiraron un par de vueltas sin muchas variaciones,+ ni musicales ni de danza. A lo tonto, se habrían pasado ya unos quince minutos de los cincuenta que duraba la obra y yo tenía aún la sensación de que el espectáculo no había arrancado del todo. Miraba a mis vecinos de fila y estaban algo distraídos, igual es que llegamos todos demasiado distendidos…
«¡Acha… achá! ¡Eche… eché!» desplegaron al fin y comenzó una de las partes más llamativas de su show, el taconeo incesante decidió apuñalar el escenario con variaciones, ya manifestando un diálogo con el cante, con comedia («¡viva la elegancia!» y el público reía a carcajadas), siguieron entregadísimas, y me gustó especialmente la forma de taconear incluso tumbada en el suelo, bocarriba, bocabajo, daba igual, porque la precisión del tipo de golpe, ahora asordinado, ahora retumbante, era una técnica que a todas luces dominaba con mucha experiencia. Ahí sí que nos ganaron, se daban tiempo para bajar las revoluciones, para generar tensión, y volver a la intensidad. Brillante su disciplina.
Pero llegó el punto de inflexión. De nuevo silencio, proyecciones, y sacaron de una suerte de bolso de playa un mantel de picnic, una botella de agua, un Monster, y unos tuppers con comida. Y ahí que se echaron al suelo, a comer y beber, en silencio. De nuevo, este frenazo escénico pasaba por la sorpresa, la gracia y el sopor. Tras varios minutos se nos hizo largo, la gente lo murmuraba en la segunda fila, pude percatarme. Nos habían llevado de la mano y nos habían soltado. Creo que esa estructura argumental no funcionaba, muchos estaban distraían, ya ni leían la canción, que repetía su letra, sobre la pared. A mí me sorprendió tanto espacio al silencio y la quietud en una obra que durase menos de una hora. Entonces llegó el momento de arrancar de nuevo, miraron a un foco con luz naranja, cantaron con repentina emotividad, parecía invocar al llanto y no entendía este quiebro tras estar comiendo aceitunas y bebiendo sin prisas. La bailaora se puso en pie, recogió su falda blanca alrededor de su cintura, murmuró «va por ella» y volvió el «tiriti tran, tran, tran» pero el público no parecía tan entregado, creo que se enfrió, incluso sonó un móvil entre los asistentes y tardaron la misma vida en cogerlo (hablo autorizado como fantasma).
Llegó un solo de taconeo que fue impresionante y, cuando dinamizaban el diálogo musical entre las dos, que una reaccionara a los cambios de la otra, ahí, ahí sí que había magia que no te dejaba apartar la mirada. Ahí crecía el espectáculo. Pero hubo una tercera interrupción, esta vez para alegría de muchos de los presentes: Llegó una compañera de La Chachi empujando un carrito con dos niveles, ambos plagados de platos con pinchos de tortilla de papa y picos, para repartir entre los asistentes. Eso pareció resucitar al público, aunque me pareció un bonito gesto y un soborno a la vez, esa contradicción, algo que escapa de la danza, pero que nadie discutiría. Yo no probé aquel bocado, ya tengo experiencia en intentar comer y que todo caiga al suelo, soy todo transparencia. Ojalá hubieran repartido botellines, eso mi fisiología sí lo soporta, qué curioso. Las artistas, que habían vuelto al picnic, terminaron de comer y beber, recogieron todo y se dispusieron en la primera fila, silenciosas, afanadas en recrear el inicio del espectáculo. Cuando ya se estiraba la atención más allá del chiste, comenzaron a taconear y cantar, ya en primera línea, fuera del tablao, mirando directamente al público, incluso subieron por las escaleras de aquellas gradas. El suelo vibraba y la potencia de la voz era notoria, consiguió animar a buena parte del público, «¡ay, perrete, perrete!», que les acompañaron con palmas. Se fueron por la puerta, con todo el jaleo y la alegría, pero luego volvió María del Mar Suárez, La Chachi, a despedirse, a gritar hasta el extremo, a echar un poquito más de guasa, a bailar unos últimos pasos y provocar una complicidad con el público, antes de decir, «y ya está» y salir de nuevo por la puerta.
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