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JAZZ VIVO PARA LA NOCHE FANTASMAL – María Schneider & Clasijazz Big Band

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionadas con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros y salas de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas.


 

CRÓNICA I : MARÍA SCHNEIDER & CLASIJAZZ BIG BAND
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO 

 

1 de noviembre de 202324s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

Dicen que los culpables siempre vuelven al lugar de los hechos, y debe ser verdad, imagino una pulsión en la sangre, quizás una inercia defectuosa del albedrío, porque admito que, de todas las ciudades que he visitado a lo largo de veinticuatro siglos, Sevilla es la que ha invocado más veces mi eidôlon. Empecé asistiendo a la llamada del Festival de Artes Escénicas de Sevilla y, ahora, aquí estoy de nuevo. Hay una ley no escrita por la que, como fantasma (como dicen ahora los modernitos), te comprometes a llevar una vida nómada. Creo que hubo experiencias en el pasado de almas enquistadas en lugares concretos, como algunas casas, fríos cementerios, una curva asfaltada… y nunca salía bien. Llegaban espíritus errantes y discutían por tres metros de carretera con «el de siempre». Eso ya se prohibió, pero ahora siento que vivo en una ilegalidad de ultratumba. «Que vivo», ¿viste? Uno nunca se acostumbra a ser un fantasma.

No obstante, confieso que tampoco sufro mucho cambio respecto a mi época vital. Debo aclarar que fui un paria. Me lo gané, supongo. Durante años anduve intesito con esto de compartir mis ideas como dramaturgo hasta el punto de que me condenaron al ostracismo (¡desterrado por ser un peligro!), todo por desafiar las certezas de mi cívica polis. Ahora sé que aquella época, luego bautizada como Grecia Clásica, era un corsé asfixiante para mi evolución como artista. Que les den.

Repito que uno nunca se acostumbra del todo a ser un fantasma. Recuerdo la contracción de la atmósfera y cómo vibraba todo alrededor. ¿Cómo podría describir una herida en el éter que todo lo impregna? ¿Un estornudo inesperado de un buzo a metros de profundidad? ¿Lo imaginas? Podría acercarse bastante a la impresión de pánico y alivio que padeció el aire. Y simplemente aparecí aquí. Yo mismo, Aristófocles, el viejo loco de Atenas, llevado a través de los siglos y las rotaciones del Globo. El espacio-tiempo se rajó como un calzón viejo, vamos. Sé de lo que hablo, sentí el mismo frescor por donde no se debe.

Como eidôlon, lo que funciona son las pasiones. Cuando se produce una gran concentración de energía escénica mi figura de eidôlon aparece. Y eso me lleva a la noche del 1 de noviembre de este 2023, mi regreso a Sevilla, una noche con una sobrecarga habitual en los vínculos con el más allá. Alrededor del mundo, en estos días,  se llevan a cabo celebraciones con un ojo puesto en los muertos y la ausencia que dejaron. Esto me recuerda cómo un jueves de marzo de 1844 asistí, en el Teatro de la Cruz de Madrid, al estreno de una obra cuya representación se encorsetaría durante siglos en estos días iniciales de noviembre con motivo de su carga fantasmal. Por supuesto hablo del Don Juan Tenorio, gran ejemplo de esta tensión entre teatros y la postmuerte (vamos a llamarlo así, porque ni yo lo tengo claro).

Cuando aparecí este primero de noviembre entre las gradas de un escenario enorme tenuemente iluminado me sorprendió ver tantos instrumentos y sillas repartidas por el proscenio. Pensé que el lugar de la orquesta se habría inundado, no sería la primera vez que lo veo, así que no le di importancia y me dirigí a una puerta lateral que me condujo a un recibidor cuyas paredes exteriores eran de cristal y metal, con una amplitud muy reconfortante. Todo estaba lleno de carteles y libretos con la programación, la manera más rápida de saber dónde estaba: TEATRO CENTRAL DE SEVILLA. Este era un territorio nuevo para mí, pero me alegré profundamente de su aseada estética, nada que ver con los corrales de comedia del siglo XVII. La gente llegaba como un goteo intermitente que no cesaba, bastante animados, y muchos de ellos se dirigían al fondo del pasillo, náufragos de la impaciencia, porque allí había un bar y un pequeño escenario en el que un pianista amenizaba la espera hasta la hora marcada para el espectáculo. Atrapé un programa de mano y leí qué me esperaba: MARÍA SHCNEIDER & CLASIJAZZ BIG BAND.

¡Jazz! Al principio me asusté, por supuesto no sabía qué era ese vocablo, casi me cubrí la virilidad sobre la túnica, con miedo a un golpe, en la Grecia Clásica no teníamos de eso. Luego sobreentendí que era algún tipo de música y eso me sorprendió: Era la primera vez que la energía escénica me invocaba para un concierto en stricto sensu, sin danza o actores haciendo lo propio. Como soy un fantasma abierto de mente me encaminé al bar y allí, rodeado de mortales que me ignoraban (sus mentes no están preparadas para identificar un eidôlon), me acodé en la barra y desplegué toda mi capacidad auditiva, a ver si alguien me explicaba qué era aquello del jazz. Tras un rato de cotilleo cualificado, sólo puedo confirmar que los músicos y apasionados de aquella música otorgaban una reverencial importancia a la cerveza y la tortilla de papas. No sé si eso tendrá que ver.

Llegada la hora, todos desfilaron a sus butacas y yo les imité. Dieciocho músicos más la dirección de María Schneider, me parecía algo desproporcionado, creo que con una flauta y un tambor podrían salir adelante, pero yo soy lego en la materia, así que me limité a disfrutar de aquella riqueza musical, como aquel pleno del público asistente. Desfilaron canciones de una tremenda belleza, con intervención de la voz y trombón de Rita Payés (tenía un aura de profunda resonancia con la música que interpretaba), solos de saxo, trombón y piano, una simbiosis intensa en la sección rítmica y melodías muy bien definidas en metales y maderas. La dirección era enérgica pero sin aspavientos innecesarios, todo muy comedido. Sí, reconozco que casi todo estas expresiones se las oí a mis compañeros de butaca, pero las hago mías.

El concierto estaba dividido en dos partes, hubo un descanso, yo no lo sabía, así que me subí al escenario, extendí los brazos como quien pide lluvia, y me preparé para evaporarme hacia otra época. Cuando llevaba ya veinte segundos ahí parado, en pose de mago o profeta defectuoso, empecé a sufrir cierta vergüenza, como si casi todo el auditorio pudiera verme bajo los focos rojos. Cuando volvieron a salir los músicos me bajé y volví a mi asiento, con mi cara fantasmal ardiendo, bañada del rojo del escenario. Qué novato.

La segunda parte fue más trepidante. Quiero hacer en estas páginas un mención especial a Bori Albero, el contrabajista de la Clasijazz Big Band, que derrochaba pasión y alegría sobre su instrumento, sin ceder un instante en la concentración y expresividad propia de cada tema, con el exceso de personalidad que irradiaba su propia técnica. Daba alegría verle, gracias a él conecté muchísimo con esta experiencia nueva para mí, me consta que cuando fueron presentados uno a uno los miembros de la banda, más de uno se dejó las palmas aplaudiendo a su figura.

Lo cierto es que esta Big Band guarda una miríada de talentos (al acordeón, al piano, a los vientos…) y fue todo un lujo colectivo experimentar este show. El concierto tuvo un altísima belleza, incluso Schneider argumentó la creación de algunos temas desde experiencias vividas o poemas leídos. Confesó que era la segunda vez en su vida que volvía a Sevilla y aquello confirmaba aquello que decía al principio, los culpables vuelven al lugar de los hechos. ¡La pulsión! ¡La inercia! Hubo final, bis (interpretación de «Over the Rainbow» cantado de nuevo por Rita Payés de forma sublime) y «rebis» inesperado, todo a base del agradecimiento puro de un público igual de entregado que los músicos que tenían en frente. Entre aplausos finales empecé a difuminarme, y recordé que, como había un ciclo de jazz estos días en el Teatro Central, tenía muchas papeletas para volver aquel lugar, sobreexcitado de posibilidades.

 


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