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SUEÑOS ELÉCTRICOS – Marcos Morau y La Veronal

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros y salas de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas.


 

CRÓNICA XXVII: “Firmamento” – Marcos Morau y La Veronal

 TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO

 

10 de febrero de 2024 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

Aquel sábado el ambiente era eléctrico en la ciudad, mucho más de lo acostumbrado por los cables y pantallas que perfilan la periferia de las horas de este siglo. Los animales tienen un instinto agudizado, pero nada que ver con la brusquedad que perciben los viajeros del tiempo. ¿Puedes imaginarlo? Cuando llegas de una época en la que no existía ni siquiera el barco a vapor, y entras en el entramado invisible de satélites y antenas. se percibe, casi golpea, aquí en los oídos, la piel, el eco interno, una vibración ambiental, que los coetáneos han aprendido a ignorar. Pues aquel día, entre la amenaza de lluvia y las obras que se desarrollaban en las salas del Teatro Central, el ambiente era eléctrico.

En un cartel del pasillo leí FIRMAMENTO de Marcos Morau y La Veronal, y me dirigí hacia la sala principal, pues ya había tenido ocasión de ver otras obras de Morau, y cómo defendía que a cargo de La Veronal que su mirada insiste en «no representar el mundo que existe sino inventar uno nuevo».

Recorrí pasillos vacíos, ya que aún era pronto para el gran público, pero quería encontrar un lugar en el que sentirme seguro. Allí, a la mitad del graderío, me hice un hueco y cerré los ojos hasta que todo se llenó y la oscuridad se hizo en la sala, como arropada por su propio párpado. Un humo gris se filtraba antes de levantar el telón y allá aparecieron pequeñas luces, casi un simulacro de firmamento, y figuras que se movían de manera articulada y veloz. Se intuían motivos asiáticos en algunos objetos y las vestimentas, era como desplegar un cuento del otro lado del mundo, en el que no tardaremos en comprender su lógica interna. Cuando uno de los integrantes apareció con un farol antiguo por las propias escaleras del público encaminado al escenario, todos entramos con él, y no sería la única ruptura de planos que experimentaríamos durante la obra.

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Se jugaría en un espacio principal del escenario, reducido por una gran pared, que se verá ampliado, por una parte, con una puerta bajo un cartel que rezaba «EXIT», a través de la cual entraran y saldrán personajes por su propio pie o mediante vías para un trenecito (un elemento de fuga que afectará también a la música, como si de un elemento gaseoso se tratase, ya que se ralentizaba y extendía cada vez que se abría la puerta, como si se escapase su concentración y tempo. Lo mismo ocurre con los espejos que deforman y multiplican la realidad). Por otro lado, tenemos sobre esa simulada pared una suerte de pantalla enorme, un rectángulo blanco que sirve para proyectar color e imágenes y que, en un momento determinado, cederá terreno, en hondura de sueño dentro del sueño, para generar una habitación dentro de la pantalla, y toda mi atención se condensó en el rectángulo. Se provoca un público frente a un teatro que se interna en una pantalla que contiene más teatro y danza (y juegan con el marco eléctrico de una especie de televisor antiguo que proyecta luz, altera la voluntad de sus espectadores y hasta engulle recursos). Metaespacios para progresar en una narración sobre historias eternas dentro del acto del juego.

Se busca profundidad mediante el juego, como los niños, echo la memoria atrás, no existía nada más importante y sagrado que el juego cuando estás dentro del mismo. Esa danza que comunica, en primer lugar, un diálogo desde la música que se proyecta y que se genera en directo (con toda una mesa de laboratorio tecnológico que integra instrumentos, micrófonos y algunas trampillas), en el que los intérpretes subrayan los sonidos o las voces con movimientos precisos de sus cuerpos, y funcionan como un único cuerpo, en el que alguien reacciona al sonido y crea una frase gestual que puede acabar o complementar otro bailarín con fluidez. Muy bello.

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Todo favorecido además por luces móviles en la oscuridad (ya sea con lamparitas o el propio televisor antes mencionado) y la deformación de las sombras que se proyectan sobre la superficie, que empiezo a apreciar que constituyen marca de la casa, firma de Morau (algo similar se empleó en «Afanador»), junto a sonidos electrónicos que se entrelazan con instrumentos clásicos o incluso samples de otros géneros (me pareció escuchar redobles de Semana Santa).

La danza en sí estaba revestida de movimientos robóticos y enérgicos, condimentados con expresiones faciales histriónicas que podían amedrentar a los más sensibles, y que recordaban, de forma intencionada, a muñecos que han cobrado vida propia. Y es que este es un elemento central en Firmamento, el uso de algunos muñecos a modo de títere, que cobran vida en manos de los bailarines para hacernos ver su propia independencia, personalidad y todo lo que tiene que ofrecernos, ya que el juguete principal, una suerte de hombrecillo calvo y blanquecino, será quien adquiere una voz propia, que a través de algunas canciones, va desgranando episodios poético-espirituales por los que siente haber cruzado el cosmos, hablado con un dios y vuelto al punto de origen para vivir su vida (hacer vivir a sus oyentes) desde una sabiduría fundada. «Y lo que tenía que hacer, era inventarlo todo» se dice en algún momento. Ojalá pudiese tener aquellas letras para sopesarlas más tiempo.

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¿Es todo un conjunto de sueños de este hombrecillo? Y es que adquiere presencia e importancia hasta el punto de que su vestimenta, colorida a base de retales, contrasta con el azul, celeste y rojo de los bailarines, quienes, una vez accedan a la habitación-pantalla de la pared, se verán transformados en ese mismo vestuario, como una extensión más de ese universo en la que todos son (somos) participantes de un juego mucho más grande.

Es una obra llena de momentos oníricos, sencillos de abrazar, carismáticos y seductores, con la lógica interna que sólo los sueños pueden tener, como que las paredes se derrumben, que aparezcan trampillas de la nada, que asome un enorme oso polar del suelo, que aparezcan en escenas muñecos más grandes que los propios bailarines o se tense tanto la cuerda de la ficción que no sepamos hasta qué punto ese pequeño muñeco calvo y blanquecino tiene vida propia y los demás sean sus juguetes a voluntad.

Mi aplauso más efusivo a esos seis bailarines, a Marcos Morau, La Veronal y todo el equipo detrás de esta obra, por hacernos soñar durante setenta y cinco minutos, atravesar este firmamento, más allá del final de escena, en resurrección genial del espíritu del juego, algo que sólo el Arte mayúsculo es capaz de conseguir. Como dijo Lewis Carroll, y destaca esta compañía, «hace falta mucha locura para soportar tanta realidad».

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