lunes, abril 15, 2024
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VOLUNTAD Y CAMINO – “La Bella Susona” de Alberto Carretero

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros y salas de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas.


 

CRÓNICA XXXIV: “La Bella Susona” – Alberto Carretero

TEATRO DE LA MAESTRANZA – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO

 

13 de marzo de 2024 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

«Si hay voluntad, hay un camino» se mencionó sobre el escenario aquella tarde, y ese verso conformaría una profecía, lanzada desde el pasado, dentro y fuera de la ficción. En el mundo de los vivos, remite esa frase a cuando se propuso a Alberto Carretero crear una ópera nueva, ambientada en Sevilla, con un personaje que innovase en la historia de este género y con las herramientas modernas a su alcance. Ese reto no fue sencillo y sufrió reveses, como una fecha de estreno situada en un año pandémico, así como, superada esa etapa, la llegada de otros proyectos que retrasaron su materialización. En este 13 de marzo de 2024, sobre el escenario del Teatro de la Maestranza, se ha conseguido el estreno mundial y absoluto de LA BELLA SUSONA para goce compartido de un público presente y futuro. «Si hay voluntad, hay un camino».

Había una gran expectación, con el auditorio lleno, el ambiente agitaba un sonajero de entusiasmo y apuestas. Dispuestos en sus butacas con celeridad, investigaban el libreto que habían entregado el personal del teatro al acceder a la sala, leían firmas como las de Rafael Puerto como libretista («¿cómo no compartir tanta belleza?») o Nacho de Paz como director musical, entre otros profesionales talentosos. Yo mismo, debo confesar, robé algún libreto, para estudiar los versos y misterios que contiene esta ópera. Sin buscar destripes, la historia versa sobre la muerte, la culpa, la redención y el roce del amor indebido; todos los ingredientes, testigo son Tánatos y Eros, para crear una gran obra.

Voluntad, Camino, Alberto Carretero, Bella Susona, ópera

Me percaté que había cámaras dispuestas para grabar aquella actuación, y que el foso estaba abierto, como a mí me gusta, con sus músicos pacientes cercada la hora de comenzar, como una boca abisal que arrojaría sonidos que nadie esperaba frente a formatos más clásicos. Todo ello, mérito trabajado de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Y de repente, el prólogo: «Calavera sonora». La oscuridad en la sala, la gente no sabe a dónde mirar, no sabe que no hay que mirar… Hay que sentir. Ya lo había advertido Carretero en una presentación previa: «La Bella Susona arranca con su calavera, que no se verá, se oirá…». El sonido primará sobre todas las percepciones. De hecho, decidí alzar mi mentón y cerrar los ojos, el tiempo que aquello durase, y es una experiencia que recomiendo a todo el mundo, porque ese primer minuto a tientas provoca la inmersión en esa otra realidad que te regala el escenario. Hay un gran trabajo sonoro detrás, parece que algo vivo e intranquilo corre de un lado a otro, nos rodea, desaparece y se reaviva en otro extremo del auditorio, con rasgados de cuerdas, percusiones en madera; una simulada cacofonía que hila una atmósfera onírica muy meditada por la que vamos a viajar hasta el dolor de Susana Ben Susón.

Voluntad, Camino, Alberto Carretero, Bella Susona, ópera

Esta protagonista aparece en escena, a través de una alfombra de humo blanco que contrasta sobre la negrura del escenario, y lo hace reptando mientras canta. Aquí identificamos a una excelsa Daisy Press que llevará sobre sus hombros el peso y atención de la obra casi de forma incesante. El vestuario, de un blanco puro, contrastará en todo momento contra la negrura, las proyecciones de agua (el río),  que fluye en primer plano y que tanto tiene que ver con la mentalidad e historia de esta Bella Susona, así como frente al resto de personajes que irán en negro, a modo de coro clásico o fantasmas de un pasado remoto, salvo cuatro excepciones: el ropaje púrpura de su padre (Luis Cansino, todo presencia), el rojo del amante fatal (José Luis Sola, con una nitidez y proyección envidiable) que para mí es el mejor vestuario de todos, el azul del asistente de Sevilla (Andrés Merino), y el gris de Pulgar, el cronista de aquel thriller (interpretado por Federico Fiorio), personaje con el que me sentí muy identificado, pues no dejé de tomar notas durante la obra; el ánimo del eterno alumno no desapareció tras mi muerte. El resto de personajes irán de negro radiante, como son Sor Gregoria (en la potencia de Marina Pardo) y el juego doble entre el pueblo de Sevilla y los inquisidores, que llevará a cabo el Coro del Teatro de la Maestranza, que llevó a cabo un trabajo impecable.

«¿Quién sabe si vivir es morir, mientras que morir, quizá, es vivir?», aquellos versos me reflejan perfectamente como ediôlon. Y ese juego de reflejos que toma cuerpo de río, de niebla, de sombras y de sonidos inquietantes llevarán a nuestros protagonistas a su final inevitable, más allá de un destino, se trata de tomar decisiones incorrectas, «si hay voluntad, hay un camino», pero nadie asegura que al transitarlo se llegue a una orilla apacible. De hecho, esta confusión y levedad se transita como espectadores gracias a un abanico de recursos visuales y arquitectónicos que provocan la fusión de planos, como son dos telones semitransparentes, una plataforma elevada rectangular que funciona como habitación simbólica en un segundo o tercer plano, según la ocasión, así como un foco de luz y presión psicológica (por ejemplo, cuando el coro interpreta a los inquisidores) que funciona de manera muy cinematográfica. Reincido en la idea, algunos de los asistentes murmuraban a su acompañante: «Es como un ver una película en la que casi puedes entrar». Hay planos, a medio telón subido, con blanco y negro, apoyado en vientos asordinados, que evidencian influencias del séptimo arte que todos tenemos en el imaginario tácito, como las obras de Hitchcock, por citar algo rápido y popular. Y precisamente así debe ser: Lo contemporáneo al servicio de la historia para reflejar el presente. Las múltiples capas, intertextualidad, con las que Alberto Carretero ha trabajado como su visión y apuesta.

Voluntad, Camino, Alberto Carretero, Bella Susona, ópera

Voluntad, Camino, Alberto Carretero, Bella Susona, ópera

Hay tantos detalles que es inútil pretender abarcarlos todos en un texto breve. Pienso en la numerosa simbología de la dramaturgia (el río, la niebla, la calavera, las estrellas, la gama cromática), la representación de las culturas que convivían en la Sevilla del siglo XV (con subtítulos, en un momento determinado, en español, hebreo y árabe), los guiños musicales a la música árabe o incluso castiza local, la electrónica, el propio tempo de la ópera, con una cadencia que te lleva a la sensación de irrealidad propia del sueño, el momento notarial del testamento, las elegantes imágenes proyectadas, toda la electrónica en general, el cierre circular, para eternizar la leyenda, y otros tantos aspectos que no alcanzo a verbalizar.

Y es que Sevilla es una ciudad de ópera (y así debe reivindicarse con vehemencia). Me gusta oír con disimulo a las personas cuando salen, transformadas, de un auditorio. Un crítico comentó que hay 187 óperas ambientadas en la ciudad de Sevilla; sólo en el siglo XXI, un total de siete, si incluimos a la recién llegada. Casi todo Fígaros y Don Juanes. Ya era hora de romper esa monotonía con un personaje nuevo para el mundo operístico. «Si hay voluntad, hay un camino».

Esto es un logro que suma otros logros. El más evidente fue que sus ochenta minutos se me fueron en un suspiro. «Las palabras pesan y las melodías vuelan». Acabamos con la misma sinestesia con la que se pretendió elaborar esta obra, reflejada en versos como aquel «oí tu mirada». Igual aquí, nosotros, oímos con una sonrisa sincera la mirada creadora de Alberto Carretero para La Bella Susona.

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