sábado, mayo 8, 2021
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Un viejo atractivo, carismático, inteligente, sabio y poderosamente masculino que leía novelas de amor.

Con Un viejo que leía novelas de amor estamos ante una novela que a todo el mundo le gusta: muy leída, editada, premiada, llevada al cine, y que ha sido además valorada positivamente por la crítica. No obstante, es una novela que presenta debilidades notorias, de las que se habla muy poco y sobre las que es necesario detenerse también.


Luis Sepúlveda es un viajero incansable, y esta novela nace a partir de su experiencia junto a los indios shuar, en la selva amazónica. En ella se revela un profundo conocimiento de la selva, así como de las costumbres y la visión de mundo propia de ese pueblo. De hecho, ella es la gran protagonista del libro, y a través de ella se vertebra toda la historia.

El autor presenta en Un viejo que leía novelas de amor aquí un texto con muchas características de fábula. Toda ella es un alegato ecológico en favor de la selva amazónica, y sus personajes y peripecias se van desarrollando en función de la propuesta ideológica de Luis Sepúlveda.

El protagonista es Antonio José Bolívar Proaño, un viejo residente de El Idilio, un pueblito costero en el linde de la selva. Se trata de un hombre que viajó a la selva junto a su mujer, como colono, pero fue incapaz de convivir con el difícil ambiente selvático: pasaron hambre, temieron por su casa y su vida muchas veces, y finalmente terminó perdiendo a su mujer, víctima de una enfermedad tropical. Cuando estaban desesperados, y enfrentándose a una selva que no comprendían, los shuar les prestaron ayuda.

Antonio, ya viudo, vive una temporada con los shuar, donde aprendió a conocer y respetar la selva. Se vuelve en amigo de los shuar (“eres como nosotros, pero no uno de nosotros”, le repiten), y en su retorno al pueblo ya no es el mismo hombre, sino uno más curtido, mejor conocedor de la selva y más sabio, enriquecido por el contacto con la naturaleza y un pueblo que la conoce bien.

Siendo ya un viejo, Antonio se verá obligado a luchar contra una hembra de tigrillo que ha enloquecido y amenaza con atacar al poblado. Viajará junto a un grupo de conocedores de la selva, a quienes se suma el alcalde del pueblo, un hombre obeso, corrupto e incompetente; no obstante, terminará su viaje en solitario, enfrentado al animal más peligroso de la selva, sin desear luchar contra él, pero sin opción de evitarlo.

Antonio es un personaje sorprendente: no sabe escribir más que su nombre, y con dificultad, y solamente es capaz de leer juntando las letras, pese a que hace años ya que la lectura de historias románticas es su único pasatiempo. A pesar de ello, cuando habla lo hace con largos párrafos, frases complejas y un vocabulario variado y preciso, sobre todo cuando habla de la selva.

Antonio José Bolívar no habla como un campesino de un pueblito perdido en la selva, sino más bien habla como Luis Sepúlveda. Se manifiesta, por otra parte, infalible en el conocimiento de su territorio (por cierto, invariablemente sus interlocutores fallan en ese conocimiento), además de mostrarse como un hombre de admirable consistencia moral, y una parquedad viril y austera que impone respeto al resto. Una versión idealizada del autor, digamos.

portada Un Viejo que leía novelas de amor
portada Un Viejo que leía novelas de amor de Luis Sepúlveda.

Por otra parte, los hombres de la ciudad representan toda la barbarie, ignorancia y prepotencia de eso que llamamos civilización. Ya sean los turistas gringos que, en su arrogancia infantil, se ponen en peligro a sí mismos y a los demás, sean aventureros embrutecidos que destrozan la naturaleza y agreden a los indios de los que habrían podido aprender, sea un alcalde inepto, autoritario pero servil con los poderosos, que representa la estupidez burocrática. Siempre los blancos, o los que vienen de la ciudad, se encuentran ante un ambiente que desconocen, que son incapaces de comprender y ante el cual sólo saben reaccionar destruyéndolo, como niños con escopetas.

De hecho, no es casual que la escopeta simbolice precisamente esto: la violencia brutal, ruidosa y destructora del bruto que cree sabérselas todas, el arma que no respeta a nadie y que es tratada de “bestia de metal indeseada por todas las criaturas” al final de la novela. Este maniqueísmo de indios y naturaleza buenos v/s blancos y citadinos malos es una constante que empobrece la lectura y que le quita profundidad al texto, acercándonos al mundo del sermoneo: parece que Luis Sepúlveda quiere darnos una lección en vez de actuar como un novelista.

Sin embargo, estamos ante una novela a pesar de todo: una novela de la selva, ante la cual Sepúlveda se muestra como un artista de verdad. Su descripción de la selva, y más aún, su incorporación en la historia como un personaje más, que ha de ser respetado y escuchado, bajo pena de caer víctima de tu propia torpeza es magistral. El tratamiento que le da el autor a la selva es espléndido, y quizá sea porque no nos la está contando: nos está llevando a ella.

Luis Sepúlveda respeta profundamente a los otros, a los shuar y a la Amazonía, y cuando nos habla de ella, nos la muestra sin las anteojeras de un hombre occidental, sino con la comprensión cabal del hombre que vive en la naturaleza, y porque es su casa, no tolera que otros le falten el respeto.


Te invitamos a leer otras reseñas de libros y artículos de Carlos Basualdo Gómez.

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