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TORMENTA PRESA EN UN PIANO – José Carra

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionadas con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros y salas de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas.


 

CRÓNICA IV: JOSÉ CARRA

TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO 

 

4 de noviembre de 202324s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

Una tormenta puede cambiar el rumbo de muchas cosas, sé de lo que hablo, vengo de la tierra de Homero, de las costas en las que naufragaba Ulises, he visto interpretaciones de cómo Calígula declaró la guerra al mar y mandó soldados a apuñalarlo, sus buenas razones tendría, los dioses son caprichosos y es mejor no molestarles la siesta. Cuando aparecí directamente en el bar del TEATRO CENTRAL, cerrado y vacío, mientras la lluvia golpeaba con fuerza al otro lado de las paredes de cristal me temí haber gastado en balde un ticket como aparecido. Pero vacua es la desesperanza. Me senté en una silla del fondo, mientras los trabajadores se afanaban en los preparativos. A ellos debía encomendar mis inquietudes.

Habían cambiado el acceso de entrada, pensé que por el agua pluvial, pero entonces unas sombras que estrechaban el vestíbulo me llamó la atención. El picor del cotilla no entiende de vivos o fantasmas, fui en busca de alivio y topé con una exposición a medio montar de casi una decena de baterías completas y otros tantos stands con cajas, baquetas y material especializado para percusionistas. Al parecer al día siguiente habría un festival de baterías, algo así como la mañana de reyes o una fiesta sorpresa de cumpleaños para esta clase de músicos. Yo lo único que sabría hacer con una baqueta sería rascarme la espalda, pero como eidôlon eso es imposible, me traspasaría, sin efecto paliativo, así que desde aquí rompo una lanza a favor de visibilizar un problema más de ser un fantasma. No todo es ulular y sustos, tenemos importantes hándicaps. Comenzó a llegar el público y recuperé las riendas de mi serenidad.

Cuando llegó la hora, todos subieron las escaleras para mi sorpresa, ¿a dónde iban estas almas ansiosas de cerrar el ciclo de jazz de este noviembre? Pues te mato la duda: A la Sala B, un espacio más pequeño y acogedor, donde tendría lugar la actuación de aquella noche. Nuevo como era por estas coordenadas del espacio-tiempo, aquello supuso una alegría. Tenía mucho Teatro Central por descubrir. Conforme a la dinámica de cuerpos, diría que en aquella sala no hay espacios numerados, la gente se buscó la vida y, como frente a una pequeña grada, había un piano de cola, muchos decidieron instalarse allá donde pudieran controlar las manos del intérprete. Por mi parte, al entrar me dirigí directamente al piano, pude comprobar que estaba acompañado de una mesita auxiliar con un portátil y una máquina que sería incapaz de explicar, supongo que guardaría algunos efectos sonoros. Allí comprobé que había documentos a nombre de JOSÉ CARRA con un subtítulo que decía «El arte de la improvisación». ¡Opa, mi vida es eso!

Carra, con una apariencia informal y un discurso cercano, declaró que su 2023 había sido un año horrible, y aficionado como era a la astrofísica, había decidido enfocarlo como un «año-eclipse» en su vida. Eso lo había reflejado en lo que se disponía a tocar, decidido esa misma mañana, por ello aquel subtítulo. Pensé que había muchas clases de tormentas. Con esa predisposición, avisó de que no pararía hasta finalizar el concierto, que era una espina que debía sacar, la música sería su terapia. Pensé que, tradicionalmente, la catarsis la sufría el público, al menos en teatro, que es lo que más manejo como dramaturgo, pero, si a él le venía bien aquel recital, sería una victoria plena para todos. La sala quedó a oscuras y arrancó sin más el concierto-purgatorio.

El piano de Carra es contundente, con una oscuridad aupada por efectos y loops que introducía a medida que transitaba los compases. Algunas melodías surgían de aquella tiniebla, como brillos inestables en la superficie de un mar nocturno. A los pocos minutos, la atmósfera en aquella sala oscura y reducida fue asfixiante, efecto absoluto de la cadencia de aquellas canciones, enzarzadas unas tras otras, como un todo indisoluble. Me trajo un montón de recuerdos ya enterrados sin causa aparente, el poder de la música, como el día del juicio en el que decidieron mi condena al ostracismo, y cuánto me dolió que el sordo de la plaza también atestiguara mi verborrea cuando algo me gusta. Algo similar le tuvo que pasar a más de uno en aquella sala, pues veía cómo se agarraban a los brazos de sus asientos o adoptaban la postura de protección que consiste en cruzar los brazos y pegarlos bien al pecho. Mérito de Carra.

Otras veces la pieza adoptaba una velocidad luminosa, aunque siempre terminaba en disonancias, como si todo fuese bien pero el destino le metiera la zancadilla, pero no por ello no fuese a procurar la remontada. Incluso en la parte final simula una velocidad deformante, como una cámara rápida en la que todo el escenario se fuese a despedazar a trozos, para caer a un abismo que ya nada devuelve. Incluso me pareció apreciar algo de flamenco o de música tradicional de este país, todo mezclado con buenos tintes árabes y jazzísticos. No obstante, la constante fue ese piano que emanaba mucha calma melancólica, potenciada con la reverberación de sus efectos.

El sumun fue doble: En primer lugar, cuando metió la mano en la boca abierta de su piano para asordinar sus pulsaciones y generar un desgarro de juguete roto. La otra fue, sin duda, la grabación de una mujer que cantó mientras lloraba aquella canción de «Over the Rainbow», que fue incluida como tema en aquellas teclas blancas y negras, quizás más negras que nunca. La tormenta perfecta. El concierto terminó y el selecto público aplaudió mecido aún entre el sobrecogimiento y la satisfacción, habíamos sobrevivido a la tormenta perfecta de Carra. Bueno, ellos, yo no he sobrevivido mucho siendo un ediôlon, pero ya me entiendes.

Cedió a un bis, una canción llamada «Satélite», proveniente de su último disco. Explicó que en la pandemia le dio por estudiar astrofísica (que aseguró su fracaso tras unos meses) pero que guardó algunos conceptos como las ondas gravitacionales y la posibilidad de que un satélite permaneciera en órbita tensado entre la gravedad de dos o tres cuerpos celestes. Ello pretendió con esta obra, que el tema orbitase entre tres notas, y fue tuvo una belleza altísima, como practicamente todo el concierto, pero ello no evitó que se generara un silencio reflexivo a la salida del auditorio, era un plato para paladear a base de tiempo. Puede estar orgulloso José Carra. El mundo seguía ahí fuera, pero, al menos, había dejado de llover.

 


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