lunes, febrero 26, 2024
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TEORÍAS QUE PATINAN – Silvia Balvín (Rosa Cerdo)

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionadas con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros y salas de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas.


 

CRÓNICA XVII: A€RÓBICA, Gestión Corporal de Aporías Verbales – Silvia Balvín (Rosa Cerdo)

 TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO

 

13 de enero de 2024 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

En teoría todo debía ser sencillo. A los pies de la escalera, entre la pequeña multitud, me materialicé a la espera de la luz verde que nos hiciera subir a la Sala B del Teatro Central de Sevilla. Vamos, yo esperé por cortesía, nunca quise ser la liebre de aquella fábula a toda costa, pero ya me dirás cómo pararían a un eidôlon etéreo y trasluciente que quisiese subir antes que nadie… Pero lo dicho, mis padres me educaron bien. Me entretuve metiendo la nariz en los pequeños grupos que había, cotilla espontáneo, para mí es como sintonizar la radio. Allí se impacientaban por ver un espectáculo de danza, originado por una tal Silvia Balvín, desde su compañía Rosa Cerdo. Me encanta mi oficio de fantasma investigador de Artes Escénicas, siempre tengo la ocasión de aprender algo nuevo.

Cuando la sala estuvo lista subimos con parsimonia, casi con música lofi de fondo (este género musical lo he asimilado de las revistas de la sala de espera del limbo, aquel lugar que existe al margen del cronómetro habitual, alguna vez lo he comentado en mis escritos. Allí no creas que son mucho mejor las revistas que ofertan para matar el rato en comparación con las de los dentistas, pero debo reconocer que tienen números de todas las décadas de la historia y algo se aprende si prestas atención). Una vez en sala, tomé asiento en primera fila. Alguien quiso sentarse en la presunta butaca vacía y, cuando me atravesó, sintió tal escalofrío que decidió irse a última fila. Debo intentar disimular la risa que me entra cuando eso pasa, pero es que ponen una cara tan cómica… como si se hubiesen sentado en un charco.

El aforo estaba a la mitad pero el horario es estricto y empezó sin mayor miramientos a tardíos asistentes. Aparecieron dos figuras, hombre y mujer (la propia Silvia Balvín y, su compañero de Rosa Cerdo, Alberto Almenara) vestidos de blanco y con capas cortas con mucho color y brillantina. Él llevaba un ramo de flores (ella no tardó en quitárselo y arrojarlo al proscenio) y un maletín pesado que llevaron a una mesa, lejos del público, y abrieron para descubrir una luz interior, guiño obvio a Pulp Fiction (otra cosa que he aprendido de las revistas del más allá). De ahí sacaron unos folios y simularon escribir, es estricto silencio, salvo el efecto grabado de escritura que se reproducía por los altavoces. Supongo que su intención era desesperar, porque el tiempo que se tomaron en esa quietud y seriedad fue excesivo, provocaban resoplidos y toses de los asistentes, quienes aceptaban parte del juego pero también evidenciaban el contraste entre la poca chicha de aquellos largos minutos y la intención de broma. Lo interpretaremos como provocación.

Pero a partir de ahí la cosa no mejoró mucho en esta primera parte, al menos bajo mi humilde punto de vista atemporal; desconozco casi por completo el mundo de la danza, pero sí sé de emoción y narrativa. La primera media hora fue empleada para empuñar el hastío o la insuficiencia creativa como arma arrojadiza, creo que con buenas intenciones, pero con una postergación de ciclos y bromas que rompía todo efecto y dejaba de importar lo que se interpretaba. La música no ayudaba siempre a remar hacia delante. Por supuesto, esto puede ser considerada una opinión personal, absurdamente subjetiva y, por lo tanto, prescindible. Pero hubo suspiros cansados y bostezos en el público, y eso ya no depende de mí, son hechos. Algunos comentarios en voz baja cuestionaban cuándo terminaría aquella gracieta. Yo me mantuve en respetuoso silencio, abierto a lo que propondrían después (aunque como eidôlon tampoco es que pudiese hablar con nadie).

Diría que en esa primera media hora se pretendió crear algo así como un videoclip indie-tecno ochentero (o cualquier etiqueta así, para la cocketelera teórica todo sirve), pero que resultó demasiado tibio y extenso. Supongo que partieron de la idea de explorar la fantasía onírica que parece habitar los viejos videoclips de los ochenta pero, a la hora de la verdad, estiran cada loop musico-gestual tanto que… matan el interés. Me perdí por el camino, y no creo ser el único porque me preocupé en mirar alrededor de mi butaca. Además la coreografía fue, en gran medida, algo más propio de bailes de instituto o parodias televisivas que de un laborioso esfuerzo de danza contemporánea (obviamente Alberto Almenara no está cualificado para la danza por el momento, y eso me hace preguntar, ¿todo vale aquí?). Pero eso fue la primera media hora, en la segunda mitad la cosa cambió, por suerte.

Silvía Balvín, Rosa Cerdo, a€róbica, danza, teoría

Una vez que Silvia Balvín se colocó un micrófono y empezó a ofrecer un discurso surrealista al público la cosa empezó a ponerse interesante. Veo original la idea narrativa que lanzaba (que ella era un “ente comodín” que había invadido el cuerpo de Silvia Balvín, bajo relación contractual, para procurar cruzar líneas rojas en su propia investigación artística durante el tiempo que durase aquella intervención). Esa propuesta era estimulante, la aplaudo, así como el personaje al que fue fiel en todo momento. Se aprecia cierto apego al rizo filosófico de cuestionar la realidad, probablemente influjo de sus estudios e inquietudes. Y es que su propuesta consiste en definirse como un espíritu en otro cuerpo, ahí sí que me podía identificar de forma lúdica e inmediata. Incluso aquel “ente” habló sobre el “fracaso” del título de la obra (cosa que me costó mucho memorizar aún leyéndolo), y es algo así como AERÓBICA: Gestión corporal de aporías verbales. Un lío, cero seducción, marketing nefasto. Pero le sacó partido a esa complicación, eso sí, le buscó las cosquillas humorísticas, fue inteligente ahí.

Mientras hablaba “sufría” espasmos corporales, como si no acabase de controlar aquel cuerpo ajeno, un acierto, algunos comentaban que les recordaba a otro fantasma, el espíritu de las navidades pasadas de aquel cuento de Dickens reconvertido en película de animación con Jim Carrey como Mr. Scrooge, un rostro serio que se movía por el espacio con inevitabilidad atmosférica.

La música electrónica, en general a cargo de su compañero, está elaborada, se percibe un esfuerzo, no me cabe duda, aunque para un dramaturgo de la Grecia Clásica le sea un poco extraterrestre, como es lógico. Me alegré cuando vi un precioso bajo eléctrico rojo, aunque sus notas fueron introducidas con mucha suavidad y sutileza, me hubiese emocionado un poco más de presencia en el espectáculo. Pero como me gustaría subrayar, la segunda mitad fue dominada por ese monólogo de Silvia Balvín, con ciertos toques de humor inteligente y muchas, muchas dosis de surrealismo que busca ser intratemporal (ella misma acaba abriendo la ficción de que ella se encuentra con su yo del futuro y acaba fusionándose en este presente).

Los últimos cinco minutos de la hora y pico que duró el espectáculo es lo que salvaría con toda seguridad. Desde que la música (esta vez con un montaje que derrochaba gran fuerza) fue in crescendo mientras una bomba de humo inundaba la sala y los focos rojos se intensificaban. Ahí, Silvia Balvín y su “ente comodín” desarrollaron una verdadera danza frenética, violenta (en el buen sentido) y llena de técnica acumulada por lo que, imagino, serán años de perfeccionamiento. Aquel baile frenético entre el humo y el rojo predominante fue algo distinguido, una compensación jugosa por la tediosa primera media hora de show, o así quise interpretarlo. Ahí Balvín se dio por completo. Y fue una lástima, me hubiese encantado apreciar esa fuerza durante toda la obra.

Considero que es una obra bastante irregular, en la que fracasa la primera media hora, la segunda mitad debería reducirse a un menor minutaje y el final ganar más protagonismo, prorratear esa energía a lo largo de la función. Pero es lo que yo haría si estuviese a cargo, que ni lo estoy ni lo estaré, así que poco importa, ¿no? Para nada tuve intención de vituperar, solo sentí una imperiosa necesidad de ejercer una legítima defensa frente a lo vivido (debería acostumbrarme a decir postvivido, como eidôlon que soy).  Y eso que siempre voy sin expectativas para que el impacto sea mayor. Pero, salvo sus evidentes amigos que habían asistido, como buenos compañeros, a apoyar la obra, no vi muestras entusiastas entre los asistentes al terminar, más bien lo contrario, sensación agridulce, propia de cuando pudo y no fue. Se tuvo que apreciar por los mismos intérpretes, los rostros serios, las posturas cansadas, los flojos aplausos corteses. Seguro que tienen otras obras más atinadas estos creadores, estoy convencido. Intuí un puñado de buenas intenciones y teorías artísticas que, en la práctica, patinan. Cuestión de afinar la puntería.


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