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SUEÑO NEGRO SOBRE BLANCO – María Muñoz

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.


 

CRÓNICA XXXV: “DE HABER NACIDO” – María Muñoz (Mal Pelo)

 TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO

 

16 de marzo de 2024 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

Como un sueño dentro de un sueño. Si hay algo que me guste, como un placer culpable, es presenciar cómo un autor retuerce una obra clásica para homenajearla. Si soy sincero, me da tanto lo mismo que lo haga con éxito o con estrepitoso desatino, lo importante es la conversación que se mantiene, que siempre adquiere formas nunca vistas. Aquel día podría disfrutar una sesión doble de referencias, lo había leído en uno de esos folletos que dejan por las mesas junto a la entrada, y la primera de estas obras estaba a cargo de María Muñoz (coautora del grupo de creación escénica Mal Pelo) con la presentación de DE HABER NACIDO en aproximación inspiracional a La vida es sueño de Calderón de la Barca. En este caso el lugar destinado para tal conjura era la Sala B del Teatro Central, por lo que sabía que contemplaría todo con una gran proximidad.

EIDÔLON – Aristófocles eterno, crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir las Artes Escénicas de Sevilla.

Estaba el ambiente bastante tranquilo aquella tarde, poca gente cruzaba el vestíbulo, por lo que me decidí a explorar un poco sus profundidades, ya que un fantasma de teatro debe conocer su territorio. Tras bajar alguna escalera, llegué a un cuartito bastante apañado, en el que había, más allá mesas y sillas por todas partes, varios microondas, una televisión y algunos aparatos que no acierto a adivinar qué eran. Supongo que sería una sala de descanso para los técnicos. Pero lo que más me llamó fue un tablón lleno de fotos de los que supongo constituía la familia de trabajadores de aquel teatro. En muchas celebraban («¿jubilación de Castaño?», me pregunté, entre evidentes cervecitas y sonrisas por todas partes), se apreciaba el buen ambiente que debían tener entre ellos… ¡o eso o eran mejores actores que los que se subían a las tablas de aquel auditorio cada semana! Cosa bastante improbable, estoy convencido de que hay un gran cariño, y eso me hizo sentirme más orgulloso de ser el fantasma del Teatro Central. Repasando las fotografías se me voló el tiempo. Bueno, es un decir, desde que uno muere el tiempo no pasa, más bien estás al margen, pero atisbé que llevaba rato mirando aquel tablón cuando noté pasar gente por el pasillo con prisa. Les seguí, fueron directos a la sala de luces y sonido de la Sala B, ya tenían medio aforo sentado, el espectáculo estaba a punto de comenzar.

Las paredes estaban revestidas de blanco y comenzaron a proyectar un bosque nevado, un atisbo de inhóspito territorio en el que María Muñoz, revestida con un abrigo negro, con una gran capucha coronada con pelos pardos, parece atravesar, como mal puede desde el centro de la escena. («Mal, Polonia, recibes al extranjero»). En el aire un crepitar y el viento que retumba. A la derecha había dispuesto una suerte de pantalla pequeña y allí se proyectarían otras imágenes que completarían la inmersión de la escena. A pocos centímetros una mesa de madera y un taburete, junto a ellos, un micrófono. Se detendrá frente al mismo y propondrá su personaje «Simulemos un juego. Simulemos que no conozco este lugar». Por supuesto habla de facilitar un camino de descubrimiento para la identidad, el destino y el territorio, una receta de incógnitas y voluntad de despellejarlas, exponer las vísceras de su realidad, aunque alrededor todo resulte gélido, el frío de la soledad.

EIDÔLON – Aristófocles eterno, crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir las Artes Escénicas de Sevilla.

Este espectáculo que reparte la carga entre la levedad de una danza continua, difícil en todo caso con tanta ropa de abrigo, y una narración constante, que fondea en las formas de Calderón de la Barca y en la crudeza estilística de los textos de Bukowski («soy el pájaro que está en tu corazón, idiota»), es decir, entre la lucha humana por enfrentarse a la posible pérdida del libre albedrío y la bajeza más callejera para renunciar a quebraderos de cabeza, que le dejen en paz. «Si esto es un sueño, no quiero saber nada» dice su personaje, realmente pragmático o herido.

Ella presente (su danza) o su imagen proyectada en la nieve (como caminante) es, literal y simbólicamente, negro sobre blanco, como la mismo acto de escribir, palabras en una hoja, y así se llegó incluso a proyectar, a sus pies, un discurso ológrafo en el blanco del tatami sobre el que se desarrolla la obra. Un homenaje al viaje psicológico de aquellos personajes de Calderón de la Barca a través de sus discursos y diálogos.

EIDÔLON – Aristófocles eterno, crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir las Artes Escénicas de Sevilla.

Las líneas de luz, ya sean cálidas o rojas, tienen su propio lenguaje para cortar el espacio, iluminar el micrófono, la palabra, e incluso simular con las líneas y sus ángulos aquel juego infantil de adivinar la palabra concreta antes de agotar los intentos, El Ahorcado. Ahí reside un código visual, retrotraer lo primario, infantil incluso, a la importancia de la verdad que nos incumbe. Pienso en el juego de luces, en la mesa a modo de pupitre, en la corona de cartón. La propia importancia que se le oferta a las sombras que proyecta, que incluso llegará a funcionar a veces como otro personaje (o personalidad interior) al que se enfrenta manifiesta ese elemento primario e ineludible. La pantalla pequeña también adquirirá la función de cartelería para los actos, hecho que rememora a las películas clásicas, todo es blanco y negro aquí, pero con especificación de guion («La caída – Interior Bosque», «El destino – Noche Tormenta», entre otros).

La música fue un trabajo excelente, especialmente centrada en el peso de un trío de cuerdas (violín, viola de gamba y violón) y una soprano, aunque también habrá tiempo de incluir una guitarra, todo ello bien marinado con efectos atmosféricos (llegará el momento en el que tome protagonismo de incendio rojo aquel crepitar invisible del inicio, «¡necesito un incendio!»).

El excelente trabajo dramatúrgico y coreográfico de María Muñoz se encaminará a un interrogatorio mayor con su propio personaje cuando expresa «Queréis que haga una declaración» y comienza una trilogía testimonial que llevará a un discurso esquizofrénico entre voces que proyecta una misma cabeza, en busca de una identidad, «decid mi nombre, cuando no tenemos nombre estamos desnudos», «Hay cosas para las que no encuentro palabras», «Esto ha sido un sueño de mierda», e incluso llega a realizar un particular rezo a un dios, de forma muy reivindicativa, en la que finalizada rogando «sobre todo no nos quites el deseo». Pero el desconcierto reina en aquella mente torturada, «tres veces son ya las que me has visto y tres las que no sabes quién soy».

EIDÔLON – Aristófocles eterno, crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir las Artes Escénicas de Sevilla.

María Muñoz nos deja imágenes muy bellas por el camino nevado de aquella reescritura, mitad texto, mitad sueño, como la parte que nominaré como «Imagina…» en la que se da un discurso muy evocador que despega de posibilidades el propio imaginario. También cuando dice «el propósito de este viaje es el amor y el amor es volver a casa» y lo rompe con «pero, ¿qué casa?» y deja desamparada la vida de aquellos personajes. Las voces, más adelante, se dividirán en dos muy claras, la sombra negra, la sombra blanca, una fuerte, malhumorada, y otra sensible, la cual invitará a «conocer un poco más la fragilidad».

Como dirá llegado al final de la obra, «estoy bien y mal, como están los locos» y, cuando termina, los aplausos son cálidos y generosos, hay un gran trabajo invertido en esos cincuenta minutos. Yo esperé a que saliese el público y seguí al técnico de luces, que fue directo, directísimo, a lo que él llamó «el cuartito» y, teniendo media hora hasta la próxima actuación, quise conocer cómo gastaban los ratos muertos aquellos valiosos técnicos entre obra y obra.


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