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MONÓLOGO PARA AQUILES – Alberto Conejero

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.


 

CRÓNICA XXXVI: “EN MITAD DE TANTO FUEGO” – Alberto Conejero, Xavier Albertí, Rubén de Eguía

TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO

 

16 de marzo de 2024 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

Como uno más, en aquel «cuartito» en el que los técnicos descansaban mientras bebían algún refresco y charlaban entre chanzas, ahí estuve yo, sentado en una de las sillas, con los brazos cruzados y los pies sobre la mesa, descuidado por completo, pues mi falda traiciona muy rápido la intimidad de un hombre, por muy fantasma que sea. Pasé un buen rato absorto con las conversaciones técnicas entre los iluminadores y maquinistas, qué sincronización deben mantener para ejecutar poleas y electrónica, grandes profesionales, sin duda. El técnico de sonido que había seguido tenía su café en la mano y, en un momento determinado, pareció mirarme, cosa imposible, a menos que fuese un médium u otro eidôlon, pero lo cierto es que se había quedado petrificado. Sus compañeros le interpelaron, él se excusó con imprecisiones, que le había parecido, durante un segundo, ver un mapache transparente encaramado a la mesa, o algo así, todos se rieron, por supuesto, le encomiaron a que bebiese su café y despertase de la siesta. Yo, avergonzado, bajé rápidamente los pies de la mesa; nada más desleal que una kilt escocesa.

Un teléfono casi tan viejo como yo resonó en la sala, junto a la puerta. Uno de ellos se levantó y oyó las voces del auricular mientras barría con los ojos la habitación y señalaba a un par de individuos que esperaban con una ceja levantada. «Ahora mismo van» confirmó y, tras colgar, les dijo a los interpelados una única expresión con urgencia «¡Chacena!» y allá que fueron estos, seguidos de este que escribe, por supuesto. En el laberinto de pasillos comentaban frases inconexas con los que se sobreentendían. «Todo está listo en la Chácena», «se habrá adelantado», «¿la obra de Alberto Conejero?», «sí», «EN MITAD DE TANTO FUEGO», «sí», pasillo, esquina, pasillo largo, «luces cálidas, intermitencias, luz azul… poca cosa», «esta es sencilla de ajustar, es todo monólogo», pasillo breve, puerta metálica, pasillo ancho, «hay más cambios lumínicos que acústicos», «por una vez, no te quejes», escaleras arriba, «Rubén de Eguía lo interpreta», «ese tío es un máquina», «muy pro», «lo da todo», pasillo, puerta, pasillo, «Xavier Albertí era el…», «director de escena», «eso», pasillo a cabina, «me da que no todo el mundo va a contentarse con esta puesta en escena», posiciones en cabina, «que reclamen a todos menos a nosotros, que somos unos mandaos», «desde luego». Silencio profesional.

Alberto Conejero, monólogo, Aquiles, Teatro

Vi por su ventana que el público llegaba con la enérgica decisión de tomar un asiento no numerado, de reagruparse con sus amistades, incluso de arrepentirse y buscar una butaca más apta. Comenzó todo pronto, el técnico arrojó la oscuridad y cuando recuperó la imagen del escenario a pie de grada ya estaba Rubén de Eguía junto a las primeras filas, en una posición que apenas variaría durante los sesenta y cincos minutos que duró la obra. El personaje que interpreta es Patroclo, compañero de armas (y pasiones) de Aquiles, por lo que me alegró muchísimo descubrir que se trataba de un montaje teatral a partir de la Ilíada de Homero, literatura griega clásica; de mi época, vamos.

«No estoy aquí para contar la guerra de Troya» declaró como bienvenida, y sería una verdad a medias, porque sí que hablaría de ella, pero estrictamente en relación a cómo vivió el miedo, la pasión y el desengaño frente a los ojos de Aquiles, su gran compañero, su pasado amante, su futuro por descifrar. Pues este monólogo está dirigido a Aquiles, casi como un ajuste de cuentas, un testamento épico por el que se defiende que otro rumbo fue posible, que el amor siempre fue una alternativa, que el ego, amasado con orgullo y temeridad, hizo que un desaire personal acaba derramando la sangre de muchísimos hombres, entre ellos, la del propio orador. «Todas las historias de amor son historias de fantasmas». No pude estar más de acuerdo.

Alberto Conejero, monólogo, Aquiles, Teatro

La interpretación fue increíble porque el texto era excelente y el actor que lo ejecutaba también, de eso nadie disidió, qué gustazo recibir un discurso tan bien presentado. A través del texto se deshojó palabras que algunos dibujan con mayúscula como «patria», «honor» o «gloria», palabras huecas, que se desinflan cuando lo que pesa de verdad, lo que llena en el corazón de los hombres, se pierde o devalúa, de forma irreversible, en rudimento de un dolor, un fuego, que nunca va sofocarse. «Para acabar con el mundo sólo es necesario romper un corazón».

Alberto Conejero, monólogo, Aquiles, Teatro

El monólogo fue la forma y la trampa, transcurrida la media hora, pude apreciarlo entre el público. La falta de acción, de movimiento, la penumbra y el discurso exigente generó una distancia entre la atención y las ganas de atender, un corrimiento de capas tectónicas en la paciencia de la audiencia, y ese instinto que brota a ciegas, que palpa con manos perdidas lo que tiene delante, y sabe que algo le falta, sin reconocer de dónde viene la causa de ese hambre de plenitud, la incomodidad de la imperfección, como una grieta en la pared o una pata que cojea. El monólogo, en cierto sentido, fue insuficiente. Menoscabó la potencia del texto. Se aprecia en los cambios de posturas de los espectadores, algunos suspiros, el hecho de frotarse los ojos para contrarrestar la luz azul en la oscuridad negra que acompaña una cadencia grave de voz, un cuerpo casi inmóvil. Y es una lástima, repito, sus elementos eran poderosos, pero la puesta en escena, de minimalista, muy pobre. Al finalizar la obra oí: «Como audiolibro ha estado bien». Y esa crítica tan sutil me hizo mucha gracia (a mí, Aristófocles, con veinticuatro siglos a la espalda, que no sé lo que es un audiolibro), pero me pesa decir que estaba afinadísima. Podía vivirse igual con los ojos cerrados.

Alberto Conejero, monólogo, Aquiles, Teatro

Finalmente el técnico prendió la luz clara y el abrazo de aplausos fue generoso, porque más allá del territorio del monólogo, se apreció el gran trabajo que hay detrás. Quizás aquel texto brillaría más por escrito que con aquella puesta en escena, es muy posible, aunque no sé si podrían llegar con más intensidad las verdades de Patroclo al independiente de Aquiles. Un texto necesario en muchos aspectos, porque, como de dice en la obra, «seguimos hablando de la guerra de Troya porque todavía sigue ardiendo».

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