martes, septiembre 22, 2020
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Manuela y el puente de Ayuda-A Ponte da Ajuda

Manuela guarda su secreto con la misma determinación que la impulsa a levantarse cada mañana para ir a las fuentes de la Rala y de la Cuerna, donde llena de agua sus cántaros de cinc para encaramarlos después al único burro que su padre había conseguido salvar de las requisas.


Manuela caminó hasta el Puente de Ayuda y se acercó a la brecha que abrieron las tropas españolas hacía más de dos siglos. Seis de los diecinueve arcos que habían soportado el puente-fortaleza continuaban desaparecidos desde entonces, recuerdo de una de tantas batallas que enfrentaron a España y Portugal, durante más de quinientos años, por el control de su querida Olivenza. Al otro lado del hueco que dejaron los cañones, se extendía el resto de aquel castillo sobre el agua que tanto la atraía desde niña.

No era la primera vez que se refugiaba observando el río, preguntándose cuántos oliventinos habrían logrado cruzar aquella frontera que convirtió a su pueblo en el último territorio de la península que pasó a formar parte del mapa de España. Durante la guerra, habían corrido muchos rumores de que Franco le había prometido a Salazar cederle Olivenza a cambio de los favores recibidos. Cientos de hombres y mujeres entregados a los rebeldes, después de haber conseguido pasar al otro lado. ¿Dónde estarán sus hermanos? Algunos oliventinos accedieron a la nacionalidad portuguesa para evitar su devolución. A ellos no les hubiera resultado difícil, ya que parte de su familia había vivido siempre al otro lado de La Raya.

Manuela recuerda la última vez que los vio, cuando trataban de cruzar el Guadiana buscando las arcadas del puente para protegerse de la fuerza del río, aferrándose a las piedras y a la vida, hundiéndose y volviendo a aparecer, como barcos de papel en una marejada, rotos, vencidos, camino del silencio. El mismo silencio que ella guardaba desde hacía cuatro años, denso y pegajoso, obligado. Un silencio al que se iban imponiendo otros tantos como capas de cebollas, repleto de lágrimas.

Nadie puede guardar un secreto sin añadir poco a poco una mentira, una omisión, un disfraz bajo el que defenderlo. Nadie. Tampoco Manuela. Una viuda de veintitrés años que luchaba por sacar a su hijo de la miseria, en aquellos años de hambre y de miedo.

Manuela guarda su secreto con la misma determinación que la impulsa a levantarse cada mañana para ir a las fuentes de la Rala y de la Cuerna, donde llena de agua sus cántaros de cinc para encaramarlos después al único burro que su padre había conseguido salvar de las requisas. La aguadora Manuela. Con sus pesadas cubas, relucientes como la plata de las casas burguesas. Si alguien llegase a sospechar la verdad sobre su esposo y su hijo, que protegía con una fortaleza que ni ella misma se conocía, la separarían del niño y nunca más volvería a verle.

El secreto mejor guardado es aquel que no sale de la garganta. Manuela lo sabía, por eso conservaba el suyo desde hacía cuatro años, aun a costa de renuncias. Jamás contestaba a las habladurías que corrían en el pueblo sobre su esposo, muerto y enterrado quién sabía dónde, tampoco sobre su estancia en la cárcel, su pelo rapado, el aceite de ricino y las palizas que no consiguieron que delatase a los suyos.

Nunca le contó a nadie el horror de los muertos que sembraron las calles de Badajoz. El olor. El humo. El daño. Desde que volvió a Olivenza con el niño envuelto en una manta como toda pertenencia, su vida se había limitado a recorrer las calles del pueblo tirando de su burro, al principio, con el bebé atado a la espalda, y después, cogido de su mano o a lomos del borrico.

La puerta del Calvario, los baluartes de la muralla exterior, la Ronda del Pilar, los restos de la muralla medieval, el Palacio de los Duques de Cadaval, las puertas de Alconchel y de Los Ángeles, la Iglesia de la Magdalena. No había piedra en aquel pueblo amurallado por cuatro veces, que no conociera los pasos de su burro, ni oídos que no hubieran escuchado su voceo cada mañana. ¡Agua! ¡Agüita clara de la fuente!

Durante los últimos cuatro años, jamás aceptó que los jóvenes que se le acercaban la invitasen al baile, ni que la cortejasen, ni siquiera que le dedicasen un piropo. La intimidad se alimenta de confidencias, y ella no estaba dispuesta a confiar en nadie. La guerra había terminado, pero no los muertos, ni el odio, ni la angustia. Lo decían las fosas de las cunetas y de las tapias del cementerio, las sacas de la cárcel, los paseos, los desaparecidos.

Lo decían las palabras de los militares sublevados, que continuaban vigentes desde el levantamiento: “Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España”. Lo decían los gritos que Manuela escuchaba cuando pasaba con sus cubas junto a la Torre del Homenaje, la más alta que había conocido la raya que separaba España de Portugal, con sus treinta y cinco metros de altura y sus calabozos repletos de inocentes. Eulalio Segedano había sido uno de ellos. La única persona sobre la tierra a la que le había permitido acercarse, la única que le había hecho dudar si merecía la pena mantener su engaño.

Le conoció cuando salió de la cárcel, después de cumplir una condena de cuatro años por no haberse levantado cuando entraron los falangistas en el bar donde él se tomaba un sol y sombra, antes de irse a trabajar al campo. Coherente hasta el peligro. Le requisaron sus tierras por desafecto y le mandaron a la Torre.

La misma mañana en que le pusieron en libertad, se cruzó con ella en la puerta del Calvario. La miró como si ya la conociese. Como si acudiese a una cita concertada desde hacía tiempo. Sujetó al burro, en el que montaba el niño a horcajadas, y los acarició a los dos en la cabeza, primero al crío y después al animal. Acto seguido, siempre muy serio y sin dejar de sujetar al burro, la miró a ella a los ojos y le clavó la primera mirada que le haría perder el sueño una noche detrás de otra. Tenía los ojos negros como pozos. Después de unos segundos, se marchó sin decir nada, camino de extramuros.

Al día siguiente se repitió el encuentro, sin un buenos días, sin un adiós, sin una sonrisa. Y también al otro, y al otro, y al otro, hasta que un día, Manuela se llenó de valor y se decidió a romper aquella extraña rutina: “Me llamo Manuela ¿y tú?” “Eulalio Segedano, para servirte toda la vida”.

Desde entonces, la esperaba cada mañana en la Puerta de Alconchel y la acompañaba en su recorrido por la muralla abaluartada, tirando del burro mientras ella voceaba agüita clara de la fuente. Iba para dos años.

Nunca recuperó sus tierras, de manera que, para no ver cómo las araban otras manos, en cuanto pudo, alquiló una parcela de secano para trabajar como mediero, media cosecha para el terrateniente y media para él, a pocos kilómetros de Barcarrota. Se marchaba al campo en su mulo al amanecer y volvía al terminar la jornada, para no pasar un solo día sin ver a su novia. Se casarían en cuanto pudiera acondicionar el chozo donde ella querría darle muchos hijos.

Manuela esperaba el día de su boda como todas las jóvenes que lo habían vivido antes que ella, sabiendo que sería el más feliz de su vida, pero antes debía confesarle su secreto, de lo contrarío, él lo averiguaría sin remedio cuando llegara la noche.

No sabía cómo hacerlo. Habría puesto su vida en sus manos. Confiaba en él como en su propia sangre, como en su propio cuerpo, sin una sola duda. Su hijo estaría tan seguro con él como con ella. Había llegado el momento de sincerarse.

¿Pero cómo decirle que se conservaba intacta? ¿Cómo decirle que en la noche de bodas se encontraría con una madre viuda que aún era virgen? Nunca quiso acudir a una sanadora, o a una gitana de las tantas que utilizaban un pañuelo enrojecido, con el que demostraban la honestidad de la novia. Podría haberlo hecho hacía tiempo, y así poder aceptar la propuesta de matrimonio de alguno de los jóvenes que la habían rondado, pero no quería arriesgarse a que la gitana conociese su secreto. También podría haberse desgarrado ella misma antes de la boda, pero ningún hombre le había interesado tanto como para hacerlo.

Soltera y entera, así se mantenía desde que llegó al mundo.

Sin embargo, ahora era distinto, quería a Eulalio tanto como al niño. Confiaba en él hasta el punto de que no necesitaba asumir riesgos, porque estaba segura de que no los había. No importaba si no tenía partida de matrimonio, todo el pueblo sabía que se marchó a Badajoz para servir en casa de un capitán de la Guardia Civil que se sumó al golpe militar nada más producirse, y que la entregó a los fascistas cuando supo que sus hermanos se mantenían fieles a la República.

Muchos archivos de los ayuntamientos habían desaparecido, le dirían al cura que se había casado antes de entrar en la cárcel, en una de esos ayuntamientos saqueados durante la guerra, y que nunca se había llegado a casar por la iglesia. El problema no estaba ahí, todos los matrimonios civiles se declararon nulos cuando vencieron los golpistas. El problema estaba en su cuerpo, en las gotas de sangre que nunca había derramado. Y sobre todo, por encima de todo, en que no podía entregarse a Eulalio si no era por completo, sin mentiras y sin dudas.

Manuela miró hacia el Puente Ajuda, mitad español y mitad portugués como su propia familia, como sus recuerdos, como la lengua en la que le reñían cuando era pequeña, y deseó que el tiempo diera un salto hacia delante. Sólo una hora. El tiempo suficiente para que hubiera pasado el momento en que le confesaría a Eulalio cómo llegó su hijo a sus manos. Quedaban escasos minutos para que él acudiese a la cita. «Te espero a las siete en el Ponte da Ajuda, tengo que contarte algo. Ojalá no dejes de quererme cuando lo sepas». «No dejaría de quererte ni aunque me cosieras a puñaladas».

Pero Manuela sabía que hay heridas que dejan más cicatrices que las de un puñal.

Primero le enseñaría la carta, cuatro letras en las que le pedían que volviera con el bebé a Olivenza y que nunca dijese que no era suyo, porque si alguien averiguase que era huérfano de rojos, lo enviarían a un orfanato, de donde nadie sabría ni cuándo ni cómo podría salir.

Después le enseñaría el capacho en el que se lo entregó un desconocido al salir de la cárcel de Badajoz. «Su madre ha muerto, y su padre está preso. Ella me dijo que lo entenderías». Y lo entendió enseguida. Aunque si no lo hubiera entendido habría aceptado al niño de la misma manera. Tenía los ojos rasgados de la pobre de Lupe, su compañera de horrores y de celda, los mismos dedos regorditos y cortos, el mismo moreno de piel, la misma nariz que le rompieron tratando de sacarle información sobre el paradero de su marido, del que no habló nunca con nadie, ni siquiera con Manuela.

La soltaron unos días antes que a ella, cuando empezó a sangrar a los ocho meses de embarazo, cubierta de moratones. «¿Qué será de mi niño? No saldré viva del parto». «Claro que saldrás, mujer. Ya lo verás. Yo te buscaré cuando me suelten y te ayudaré a cuidarle”. De eso ya hacía cuatro años, y ahora esperaba al hombre que se convertiría en su esposo si era capaz de entenderlo.

Cuando Eulalio apareció al principio del camino que terminaba en el puente, con el niño cogido de la mano, Manuela sintió que las fuerzas le fallaban. No podía mantenerse de pie. Se recostó contra las piedras y comenzó a repasar mentalmente las frases con las que empezaría su confesión. «Lo entenderé si decides anular la boda». «No podía contártelo hasta que no estuviera segura de que me querías de verdad». Pero antes de que ella pronunciase una palabra, Eulalio le entregó una manta que traía guardada en un cesto. Manuela la examinó preguntándose qué significaba. Se trataba de una manta como otra cualquiera.

No se dio cuenta de que todas las mentiras habían terminado hasta que reparó en uno de los bordes, el último que tocaron sus dedos, el que daba respuesta a todos los silencios: llevaba bordado el nombre de Lupe a punto de cruz. No hizo falta que ninguno de los dos dijera nada, a pesar de que él había preparado las mismas frases de disculpa con las que ella le esperaba.

Manuela miró a Eulalio y después al niño. Los mismos ojos rasgados de su madre, la misma nariz, los mismos dedos regorditos, pero también la misma sonrisa de Eulalio, los mismos hombros, la misma forma de fruncir las cejas cuando les daba el sol.


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