martes, junio 25, 2024
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INTEMPORAL CHÉJOV – Pablo Remón

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.


 

CRÓNICA XLVI: “VANIA X VANIA” – Pablo Remón, Teatro Español, Teatro Kamikaze

TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO


17 de mayo de 2024 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

Que Chéjov sea un autor intemporal nadie lo discute a estas alturas. Tiene su peso dramatúrgico, sin duda, consiguió crear escuela, cambiar el método, que se retomasen sus obras una y otra vez, que se estudien como si de un firmamento de virtudes se tratasen, ole su talento, hinco mi rodilla al piso, le aplaudo hoy desde el siglo XXI. No obstante, si me pongo académico, es decir, tiquismiquis, creo que esa medalla en forma de reluciente adjetivo, «intemporal», que está fuera del tiempo o lo trasciende, que diría cualquier diccionario, esa palabreja, en sentido estricto… sólo debería acompañar al nombre del dramaturgo Aristófocles. No es vanidad, ni un secuestro del ego, aviso, es simple constatación científica: Soy un ediôlon que se materializa a través del espacio-tiempo cuando hay una alta carga escénica. «Vivo» (postvivo) a campo a través del tiempo. ¿Quién más puede decir eso? Pues tal cual escribo esto, reescribo lo contrario. Visto lo visto en la tarde de este viernes de mayo, pa vosotros la perra gorda, porque la impronta de Chejov ha vuelto a la vida de forma muy poderosa en el Teatro Central, y no una, sino dos veces seguidas y para el mismo público.

Dos aproximaciones teatrales sobre la misma obra. Esa es la propuesta de Pablo Remón con su ambiciosa puesta en escena VANIA X VANIA. El Teatro Central, en ostentación de su mutabilidad, ha dividido el espacio el espacio de su sala principal en dos partes, replegando sus gradas, increíble ingeniería la que posee este auditorio, conformando un aforo limitado a 150 personas frente a cada escenario. Yo aparecí en la cafetería y, desde allí, se atisbaba un cola enorme del público porque aquello no tenía numeración previa, llegabas y asediabas la mejor butaca a tu alcance.

Intemporal, Chéjov, Vania, Javier Cámara, Teatro

Una vez entramos a sala, preparados para la primera parte, el VANIA iniciático, descubrimos lo que es una apuesta por el minimalismo y la austeridad. Encontramos un espacio muy reducido en el que estaban dispuestas seis sillas verdes, cuyo fondo es el reverso de la escenografía que descubriríamos en la segunda parte, y que el único acompañamiento que tendrás los actores será el juego de luces y sonidos. Entre el público rondaban los interrogantes, nadie sabía qué iba a encontrarse. Una vez empezó, comenzaron sentados el elenco actoral que, con una contención física elogiosa, y a base de la expresividad oral y facial, darán vida a seis personajes con una gran carga psicológica y un arco emocional por el que han de transitar.

Intemporal, Chéjov, Vania, Javier Cámara, Teatro

No quiero retrasar más el momento de apuntar sus nombres, que serían coronados en aplausos con la actuación que estaba aún por ver. Encontramos a un Javier Cámara imbatible excelso protagonista, el propio Vania, generoso de turbación y desasosiego, con el arrojo emocional de quien se juega todo en cada diálogo, con las gesticulaciones reconocibles que forman parte de su lenguaje como actor, y una personalidad arrolladora, independientemente de la inclinación actoral a la que deba enfrentarse. Junto a él, Manuela Paso que se presentía con una seguridad impresionante en su papel de Marina, la encargada de la realidad más terrenal, que nadie desfallezca de hambre, que nadie pase frío, que nadie se pierda en sus pensamientos. Paso desarrolla un papel muy humano y lleno de carisma. Sumamos a ellos, el talento de Israel Elejalde, con un gran trabajo de calma y dinaminación en el papel de doctor, el hombre que vive mirando la futuro, la figura de la conciencia machacada por la barbarie a la que se somete el planeta y la propia humanidad, un hombre bueno ahogado en su propia moral (y en alcohol). Marina Salas trae el pálpito de la juventud, el amor y el desengaño temprano, un personaje lleno de energía, sí, pero también de dudas, y en ese naufragio esta actriz se desenvuelve con eficiencia. Por último, una pareja en la obra, antítesis de sí misma, que generan todas las dinámicas dentro del grupo de personajes, son las interpretadas por Juan Antonio Codina y Marta Nieto, el escritor y su pareja, el hombre de una mentalidad incesante y la mujer que flota en el vacío, el parásito con verborrea y la silenciosa sumisa, roles muy complicados que han presentado con soltura, donando una trasparencia de realidad, algo muy difícil de conseguir. Saqué mi libreta y anoté todos los nombres, quién sabe, igual en el futuro tengo un papel para todos ellos en mi dramaturgia…

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En esta obra se habla rápido y los temas universales van sucediéndose unos a otros, como son la soledad, la vejez, la extrañeza ante los demás, el egocentrismo como método defensivo, la sensación de desconexión con la vida, en concreto, esa palabreja griega que me es tan familiar llamada anhedonia (la incapacidad para sentir placer con cualquier actividad), la trascendencia… «La gente que viva en cien años, ¿qué pensará de nosotros?». Pero ante la intensidad, el humor: La obra está atravesada por el cachondeo de todos los colores. «Es cansado ser yo», «cuando en una familia nace un escritor, esa familia está acabada», «ahora hablo y hablo, tampoco es que diga nada…», así como mucha gesticulación e ironía.  Y no se teme a la hora de teorizar sobre los cambios sociales que nos vendrían más bien que mal si nos esforzáramos un poco, como cuando se dice aquello de «la pereza embrutece», que es para enmarcarlo, o «la belleza debe ser completa, tanto el cuerpo como la mente» y aquello de «la gente debería vivir creando, no destruyendo», y no puedo estar más de acuerdo.

Intemporal, Chéjov, Vania, Javier Cámara, Teatro

Me gustó especialmente que se hicieran referencias literarias como a Dostoievski, Machado o Vargas Llosa, en conversación artística con la reinterpretación del texto de Chéjov, su «Tío Vania», es decir, con la trascendencia del mismo y su diálogo con la contemporaneidad. De nuevo, intemporal Chéjov. Aunque para legos en literatura, también se hace referencia a programas como MasterChef Celebrity, así que no cunde el pánico.

Cuando terminó la primera parte, hubo una tríada de aplausos, descanso de 40 minutos y vuelta al auditorio, pero por otra puerta, para acceder a la parte delantera de aquella en la que habíamos estado antes. Ante nosotros, la recreación de dos fachadas de inmuebles muy distintos entre sí, una verde, con madera cuidadosamente talladas y jardín a sus pies; la otra amarilla, mucho más fea, con albero a los pies, como un territorio seco y hostil, división simultánea de lo que resultaría ser, en principio, una vivienda en la Rusia del siglo XIX y otra, castellana, en pleno siglo XXI.  Mientras comenzaba la segunda parte, oí decir entre el público, con la admiración del repliegue de las gradas y el escenario: «Es impresionante lo que hace este teatro, tenemos una suerte…».

Intemporal, Chéjov, Vania, Javier Cámara, Teatro

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La segunda parte fue mucho más generosa en cuanto a escenografía, efectos escénicos (radio, simulación de concierto al otro lado del pueblo, luces nocturnas) y posibilidades para los actores, quienes se pudieron desplazar más, aparecer y desaparecer, se bebió bastante, se fumó eventualmente, se lanzaron mobiliario por el aire y se reorganizó en algún momento todo el espacio escénico. El vestuario aquí tiene una gran presencia, muy acertado, desde los abrigos de pelos para la Rusia decimonónica, hasta la gorra verde de alguna Caja Rural para el Vania campechano que vive depresivo.

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Esta segunda reinterpretación fue sustanciosa en cambios, mucho más dinámica, el texto se vio recortado, actualizado, o eso me pareció. Incluso se cometen trampas entre los personajes, como si ya supieran lo que se ha dicho en la versión anterior y se resumiesen para no agotar al público que la testificó. El ambiente se desarrollaba con menos tensión que en la primera parte, pero eso no significaba que perdiese efecto o intensidad el desenvoltura psicológica de aquellos personajes. Gustó especialmente como se fue deshilachando esa apuesta de subdivisión escénica hasta confluir los personajes en un mismo espacio-tiempo ambiguo, más próximo a esta época, en los que todo se mezclaba como en un sueño y se reflexionaba con asuntos como aquello de que «no existe el tiempo, existe nuestra percepción del tiempo», o la explicación con los mapas forestales, a los que el doctor (vestido de verde) y la mujer que a todos tenía cautivados (vestida de azul) miraban juntos, con una tensión patente entre ellos, y en plena explicación ecológica, señalaba aquel que, en este territorio, «el verde y azul desaparecen», en plena aproximación al final de la obra. Esos detalles, muy estudiados, contentan la sensibilidad del público que sabe apreciarlos.

Se cerró esta primera representación de la obra doble, tras cuatro horas y cuarto, con un público encantado, en pie, dispuesto a que no se marcharan sin su buen baño de aplausos. Un esfuerzo original y solvente que logró la satisfacción de los que lo contemplamos.

Intemporal, Chéjov, Vania, Javier Cámara, Teatro

Este cubo dentro de un cubo que es el Teatro Central cerraba así su temporada dedicada a la promoción de la creación artística, como así rezaba la primera frase del libreto con toda la programación. Veía a la gente salir a la noche por aquellas puertas de cristal y me sentía satisfecho de haber sido testigo de esta programación del 2023-2024. Tenía una libreta llena de apuntes, mil historias y recursos en mi cabeza y un cofre de experiencias postvitales que me servirían para futuras creaciones, no me cabía duda. Ojalá me volviese a invocar como eidôlon este espacio. Agradecido a todos los que hicieron esto posible, lancé un abrazo al aire, que probablemente nadie vio, lo cual me aseguraba que lo recibiría el propio cuerpo de este teatro. Y así, desaparecí.


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