jueves, septiembre 24, 2020
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Estudiar periodismo en el siglo XXI

Estudiar periodismo se trata de un sueño al que no se quiere ni se debe renunciar, un sueño que lleva a la pasión por escribir, al deseo de comunicarse a través de lo escrito, a la curiosidad por encontrar algo que contar, a la aspiración de darle credibilidad y a la seguridad de que se hace por pura vocación. Y la vocación hay que perseguirla, defenderla y protegerla.

La crisis de la Prensa se ha impuesto entre los periodistas como uno de su grandes problemas, avalado por unos datos que no se pueden contradecir. El número de lectores de prensa en papel ha descendido en la última década a casi la mitad, algunas cabeceras de periódicos han desaparecido y las plantillas de la mayoría de las redacciones han sufrido regulaciones de empleo o se alimentan de trabajadores autónomos o a jornadas parciales, lo que genera una gran inestabilidad laboral.

La amenaza se cierne sobre las rotativas como la espada sobre Damocles, y la fortaleza de los medios que recibieron el honorable título del «Cuarto poder», se cuestiona un día sí y, al siguiente, vuelta a empezar. Sin embargo, el discurso no es nuevo.

De la crisis de los periódicos se viene hablando desde que se inventaron otros modos de comunicación. Se ha estudiado, analizado, investigado y debatido hasta la saciedad. Las perspectivas han apuntado con frecuencia hacia la catástrofe, atribuyendo las causas a factores que han ido cambiando a lo largo de las décadas: de la aparición de la Radio a la de la Televisión y a Internet, del intrusismo al exceso de titulados, de la baja remuneración al desprestigio profesional, de la sobrecarga de trabajo a la aparición de medios digitales, del desinterés de la juventud por informarse, al uso y abuso de las redes sociales.

El caso es que el futuro del periodismo es un debate recurrente que, en demasiadas ocasiones, se resuelve adjudicándole el mismo color: el más negro de los negros.

Yo, al menos, desde que me matriculé en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, no he dejado de escuchar los riesgos que acechan a los medios escritos, ni el debate sobre si es necesario un título universitario para ejercer de periodista.

Empecé la carrera en 1976, el mismo año en que salió la primera promoción de Periodismo de nuestro país, un total de 559 licenciados deseosos de incorporarse al mercado laboral. Ya entonces circulaba la frase de que los alumnos matriculados en un solo año llenarían todas las redacciones de los periódicos españoles, y que las sucesivas promociones llevarían a la profesión al colapso absoluto. Un augurio que podría habernos hecho desistir a todos los aspirantes a periodistas, pero que nos sirvió de acicate para perseguir el sueño que nos había llevado a las aulas.

Veinte años después, en 1996, el número de alumnos recién licenciados casi se había quintuplicado, alcanzado la cifra de 2.760 nuevos soñadores que lucharían por abrirse un hueco en los medios de comunicación. Otros veinte años más tarde, en 2016, había crecido hasta 3.478, a pesar de que el discurso agorero no había cambiado una coma ni un punto y aparte.

Y la cifra sigue creciendo. ¿Por qué? Porque se trata de un sueño al que no se quiere ni se debe renunciar, un sueño que lleva a la pasión por escribir, al deseo de comunicarse a través de lo escrito, a la curiosidad por encontrar algo que contar, a la aspiración de darle credibilidad y a la seguridad de que se hace por pura vocación. Y la vocación hay que perseguirla, defenderla y protegerla. Y si hay que adentrarse en nuevos caminos para ejercerla, se buscan o se construyen.

Está claro que el periodismo ha sufrido una evolución importante a lo largo de su historia, sobre todo a raíz de la aparición de las Nuevas Tecnologías. Pero hoy, en la era de las noticias falsas, cuando los hábitos de consumo de noticias han sufrido el mayor cambio de todos los tiempos y los bulos se convierten en certezas con una facilidad alarmante, la Prensa es más necesaria que nunca y sabrá articular nuevas estructuras en las que mantenerse.

Ya lo está haciendo, ya está utilizando nuevas herramientas, nuevos conceptos, nuevos soportes, nuevas plataformas desde las que ofrecer información veraz y contrastable que ayude a cada individuo a formarse una opinión argumentada sobre los temas que le interesan, y al conjunto de los individuos, a desarrollar lo que se ha dado en llamar la opinión pública, la base de la democracia.

Eso es precisamente lo que se enseña en las Facultades de Ciencias de la Comunicación. Sin periodismo no puede darse una sociedad igualitaria, crítica y plural. La Prensa libre e independiente sigue siendo el Cuarto Poder, lo demuestran los numerosos casos de corrupción que ha destapado, y para ejercerlo en favor de los valores democráticos se necesitan periodistas formados en la libertad de pensamiento, el espíritu crítico, la ética y la responsabilidad personal y social.

Si hiciéramos una encuesta entre los periodistas en activo y les preguntásemos si volverían a estudiar la misma carrera, estoy convencida de que la respuesta mayoritaria sería positiva. Y si la hiciéramos entre los alumnos que están hoy a punto de graduarse, el resultado sería muy similar.

Y es que el periodismo está en crisis, no cabe duda, lo está desde hace más de un siglo, pero, precisamente por esa constante, siempre encuentra la forma de sobrevivir.


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