sábado, noviembre 27, 2021
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ENCUENTROS DE PELÍCULA (Crónica III del 18 Festival de Cine Europeo de Sevilla)

Citas cinematográficas, encuentros con el público, ovaciones que no terminan. En el 18º Festival de Cine Europeo de Sevilla la vuelta al ritmo natural ha sido evidente. Directores, guionistas y actores de primer nivel se han citado en el SEFF 2021 para abrazar una vez más la experiencia de la sala de cine llena para el estreno de la película del momento. “La butaca del Enmascarado” recoge esta experiencia desde la presencialidad más estricta. Otra forma de vivir esta fiesta del cine. 


Yo, Alberto Revidiego, dejo paso a esta segunda crónica escrita por Víctor Vigía desde «La butaca del Enmascarado» en el 18 Festival de Cine Europeo de  Sevilla. 

Crónica III del 18 Festival de Cine Europeo de Sevilla

Aquel día estaba maldito. ¿Cuántas contorsiones y cánticos debía hacer para remediarlo? Sé que era el día nueve, pero desconozco el ciclo lunar. Chamanes de todo el mundo saben la alargada sombra de ese número. Nueve. Un casi y no pudo. Mi día en el Festival de Sevilla. Llegué temprano con mis cuatro mochilas repartidas por el cuerpo. Si quieres ser fotógrafo, debes vestirte como ellos. Esperé a la banda junto a las taquillas. Vi llegar a la gente, el trabajo incesante de los voluntarios del staff. Ningún fotorreportero asomaba la cabeza por las escaleras de acceso. Escamado, consideré entrar en soledad. Un minuto después desechaba la idea de lejos, casi con indiferencia de pájaro. Junto a la puerta, Producción había diseñado un pequeño comando que ejecutaba un checkpoint de manual. Un sonrisa te invitaba a pasar; un segundo voluntario te preguntaba a qué sala ibas; dos más querían comprobar la entrada; en la puerta alguien te la escaneaba; ya en el pasillo, volvían a preguntarte a la sala a la que ibas, en busca de contradicciones, imagino. El Escuadrón Purga, les llamé para mis adentros, a pleno grito, como se piensan las cosas que molestan. Difícil de superar a primera hora, con escaso público. ¿Dónde estarían los fotógrafos? Vi la hora. Una película que perdía, pero no la guerra. 

Simulé hacer fotos de los alrededores. Con mi móvil, por supuesto. Avanzaba la mañana y los acreditados no terminaban de llegar al cine. El Escuadrón Purga me observaba cuando caminaba de un lado a otro, siempre efectivos y amables, qué asco me daban. Yo no les miraba, no directamente. Pero lo sé porque soy buen detective. Atiendo a los reflejos de escaparates y superficies pulidas. Y a la cámara de selfies.  No tenía manera de entrar. Ser fotorreportero es muy duro. Por la cuenta de Instagram del Festival comprendí que durante la mañana se producían los encuentros fotográficos junto al río, luego ruedas de prensa en el Sevilla Center Hotel, actividades sobre la industria en el CICUS y encuentros de cine en librerías como Caótica, museos como el CAAC, por citar algunos lugares. Ahí entendí la pobreza analógica. Debía ponerme las pilas. 

Por la tarde forcé mi suerte. Compré un paquete de maíz y me eché un puñado en cada bolsillo. Eso siempre favorece, dicen. Y qué forma de multiplicar el hado. Avancé decidido contra el acceso. Nadie dijo nada al verme cruzar adornado con las cuatro mochilas pero aclaré: “Es imperante, preciso y bronco que haga fotos de la llegada del público. Diría incluso que es una necesidad descortezada”. Se echaron a un lado ante mi contramaleficio. ¡Cómo botaban los granos de maíz en los bolsillos! Caminé con aquel sonido de molares entrechocados y simulé hacer fotos con mi móvil. Entré a la sala que proyectaba Muhammad Ali The Greatest. Me quedé en el pasillo. En mitad de la sala habían montado un trípode enorme con un proyector para películas de 16 milímetros, todo ello dentro del ciclo de cine experimental Light Cone. Una chica de producción pasaba por mi lado cuando su walkie-talkie comunicaba que se retrasarían media hora porque había que desmontarlo. Como entré, salí. Ya en la fría calle, acepté lo que el universo me decía: “¡Largo de aquí, chaval!

Mi última apuesta: Rock’ N’ Roll is not dead, documental a cargo de Charlie Boy y Mauricio Angulo sobre el choque de trenes que supuso el encuentro musical de Sammy Taylor (hijo del gran Silvio) y Charlie Cepeda. ¿El resultado? Una banda de puro rock: Los Labios. Leí en el programa que era un relato de la trayectoria de esta banda y el descontrol que emanaban de las circunstancias que les han acompañado. Cambié de escenario y me trasladé al Teatro Alameda para verla. Nueve de la noche, aglomeración en la puerta. Las nueve del día nueve. ¿Se rompería aquí el hechizo? La Alameda bullía y no había nadie que no tuviese el pelo raro o la ropa en ángulo vintage. Me despeiné como pude y avancé entre el gentío. Pude apreciar entre los asistentes a notables músicos de la ciudad. El aire entre creadores siempre reconforta. A veces también huele a hierba. Presentó la película Sammy, en un español bañado por el inglés y otras sustancias. Invitó a pasarnos por la sala Malandar donde estarían tocando tras la película. Nada de coloquios, hemos venido a bailar. Gran diseño de este documental. Épico infortunio cuando tocaron en el Jarro Kafe con idea de ir a la famosa cadena de bares rockeros. 

Lo que pasó durante la noche se quedará allí. Pero los efectos secundarios me acompañaron la mañana del día siguiente. Ni recuerdo llegar al cine. Mi encuentro con la película Wives de Anja Breien fue por combustión espontánea, digamos. Si bien me reí, no me hizo gracia. Si bien me entretuve, no la disfruté. Tampoco lo contrario. No iba a ninguna parte. Lo mejor fue el final. Corte repentino, letrero que reza: “La película acaba aquí“. Sí, fue lo mejor. La tarde mejoró. De nuevo a través del complejo nudo de fotógrafos, me interné en la película La isla de Bergman de Mia Hansen-Løve. Trasladados a la isla donde el famoso director rodó buena parte de su obra, se nos plantea una historia metafílmica paralela a una relación que se deshace. Una película que acoge a cualquiera, sin necesidad de ser mitómano del cineasta sueco. De allí salté a Murina, una de las películas más atenazantes en su constancia. La dominación cotidiana de un padre autoritario, en un escenario de costa y submarinismo, contornos palpables del reflejo de la ansiedad de sus protagonistas. No bebí ni un buche de agua hasta los créditos. Temí que se me atravesara el trago. 

Necesitaba aire como animal terrestre que soy, por lo que salí a la calle una vez más. Mi suerte fue no tener enoclofobia. Una multitud cercaba el cine, todos con tablas de skate bajo el brazo. Algo cambió en el ambiente. Todos echaron sus maderas al suelo y empezaron a patinar en círculo alrededor mía. O puede que yo me posicionara en el centro, no tengo la verdad absoluta. ¿Qué hacen tantos patinadores aquí? El Escuadrón Purga estaba perdido, reconozco que eso me alegró. Como los pájaros, uno cambió de rumbo y todos le siguieron. Iban al encuentro de una película determinada. Como periodista, director (de cine) y fotorreportero sentí que allí había una historia que narrar y me camuflé entre aquellos rodamientos. Por supuesto, caminaba ganando y perdiendo altura, como si pateara el suelo en mi propia tabla. El convoy de patinadores se instaló en una sala y allí murmuraron tecnicismos que me excluían. Parecían poseídos. Y llegó su profeta: Ali Boulala. Patinador profesional, fue niño prodigio del equilibrio y la velocidad. Presentaba junto a Max Eriksson una historia de éxitos, adicciones, muertes cercanas, cárcel y segundas oportunidades. Una suerte de biopic: The scars of Ali Boulala. Era el segundo día que se presentaba y ambas fechas tuvo un gran aforo que llegó por el boca a boca de la comunidad patinadora de Sevilla. Tras la proyección estuvieron una hora a las puertas del cine en conversación con todo aquel que se prestase. Debí vaticinar que esa noche tampoco dormiría temprano. 

Estaba derrotado, cierto, pero nobleza obliga. Soy un profesional. No sé de qué, pero se nota. Madrugué para ver a las doce la propuesta de Nino Martínez Sosa, Liborio. Me gustó que la película empezara con una especie de muerte y resurrección del protagonista. “¡Como yo esta mañana!” mencioné al espectador de mi lado, que me chistó con razón. Aunque reconozco que yo no volví del inframundo convertido en santo, profeta ni guerrillero. Con las mochilas por delante, me interné en la sala contigua y pude aprovechar para dormir un poco. Los asientos de las primeras filas son reclinables y eso es un descubrimiento grato. Empezó poco después Europa de Haider Rashid, que estuvo presente para dialogar sobre su obra. El abuso del primer plano sobre el rostro del protagonista, migrante que huye de bandas armadas a través del bosque para llegar desde Turquía a Bulgaria (y, por lo tanto, la Unión Europea), me dejó más cansado que las noches con rockeros y patinadores. Derrotado y agradecido. La ansiedad refleja ahí una desesperación contra y con la Unión Europea en este asunto tan delicado, que llegó a catalogar Rashid como “lento genocidio” del que seríamos conscientes dentro de veinte años. 

Como aquel protagonista, hui de allí y me dirigí al Teatro Lope de Vega para un plato fuerte de aquel 18º Festival de Cine Europeo de Sevilla: Rodrigo Cortés estrenaría su nueva película, El amor en su lugar (Love gets a room). Tenía muchas ganas de encontrar la ocasión de verlo por motivos estrictamente literarios: Me estoy leyendo su última novela, Los años extraordinarios, y me siento muy identificado con su protagonista, Jaime. Otro bala perdida, como diría mi madre. 

Con la mentalidad de fotógrafo a fin de mes, me incursioné por el acceso del Casino de la Exposición y recorrí la alfombra roja. Allí estaban mis compañeros, cámara en mano. Nos saludaron como se saludan los pescadores, con un gesto de cabeza y la mirada perdida en el mar (de personas, en este caso). La unión hace la apariencia. Con ellos crucé el cordón que dividía prensa y público, tomé posiciones, arrojé las mochilas a los pies y empuñé mi móvil. Todos con cámara, trípodes, objetivos que valían más que toda la ropa que portaba. Y yo con mi móvil con funda de Marvel. Pescador que mira al mar, me hacía recordar para ignorar las miraditas. Hacía frío y mi vejiga se percataba. Avisé a mi contacto y busqué el baño. Segunda planta, doble puerta abatible. Diez minutos tardé en encontrarlo. Volví y sólo mis mochilas quedaban frente al photocall. Rodrigo Cortés ya estaba en el teatro. Opté por entrar rápido, ir directo a las primeras y echar a alguien con la excusa de que necesitaba su butaca para trabajar. No fue necesaria la violencia. La propia administración del Festival había reservado una butaca a cada lado del pasillo para fotógrafos. Afinqué mis glúteos y me impacienté como consumidor. 

Aplausos de bienvenida, presentación de la película por Rodrigo, su coguionista David Safier y la niña actriz Dalit Streett Tejeda. Nos la vendieron muy bien, la verdad sea dicha. Y no faltaron a la verdad. Una película sobre actores que desarrollan una obra para escapar mentalmente del gueto en el que se encuentran (Polonia, 1942) me pareció idónea para verla allí, precisamente en un teatro magnífico como es el Teatro Lope de Vega. Más si quien la ve, además, es un actor vocacional como soy yo mismo. Debo confesar que en la película dejé de lado a Fran Manuel, el fotorreportero, y la viví como Víctor Vigía, sin mayor condimento. Me entusiasmaron especialmente los planos secuencias y las canciones. Una obra con mucha luz enmarcada en la agria historia que todos tenemos en mente y que, por lo tanto, no pretendió  mostrar en abundancia ni bajo orden moral alguno. Una relato  basado en hechos reales. 

A la salida, Rodrigo Cortés se entretuvo con todo aquel que quisiese saludarle. Conseguí que me firmara mi libro, con fecha del estreno de su película. Me preguntó a nombre de quién lo dedicaba y me quedé en blanco. Le dije que a nombre de Daniel Brühl. Gajes del oficio. Me miró desconfiado pero accedió. Mientras firmaba le propuse hacer una película sobre un actor sin suerte para castings pero que triunfa en un festival de cine al hacerse pasar con éxito por todos los oficios que rodean al evento, mintiendo en todas direcciones. Su respuesta fue que eso era muy enrevesado, pero quién sabía si podría interesarle a alguien. Me animó a escribir un guion. Creo que quiso quitarme de en medio pero también lo contrario. Igual me proponía un reto. Me fui de allí con las manos enterradas en los bolsillos, agarrando puñados de maíz. Supongo que doy por cuasipactada la película sobre mi vida. 


Sigue las crónicas literarias de Víctor Vigía sobre el 18 Festival de Cine Europeo de Sevilla, desde «La butaca de El Enmascarado» a través de la Revista 17 Musas. 

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