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El peso del libro en el siglo XXI

El libro es un invento sin jubilación. En el siglo XXI no ha perdido su papel social. Lejos de la exhibición de bibliotecas y últimas compras por las redes sociales, el libro ofrece aún un poder que pocas alternativas alcanzan. Es un generador de un espacio-tiempo activo y personal. No se entiende que no sea considerado un bien de primera necesidad.


¿Qué lugar ocupa el libro en el siglo XXI? Ya marchó históricamente por los desfiles didácticos y moralizantes, por el refugio del erudito escolástico, por la pólvora revolucionaria, por la definición de los márgenes del mundo, también por el dictamen del encuentro social y la definición de cada estatus. Pero en este 2021, con los discursos de la multipantalla, en el cerco de una pandemia mundial y con el bingo de todas las crisis, qué posición ocupa. El 23 de abril es el Día Internacional del Libro y habría que esclarecer qué celebramos.

Leemos todo el tiempo pero otros formatos. Las pantallas multiplican los discursos escritos, no es plenamente cierto que el caudal principal sea el río de imágenes. Todo es más visual pero sigue siendo una labranza lectora. Comentarios, anuncios, subtítulos, relatos y tips. Imágenes con letras, vídeos con letras. Falta mirar al cielo y ver una descripción textual de las nubes. No obstante, tanto discurso distrae del formato rey, el libro, invento que no se jubila desde sus primitivos pasos en la edad clásica. Ese viaje lo ha bordado en los últimos años Irene Vallejo y su Infinito en un junco. Toda recomendación de esa obra es poca, sea dicho de paso. El libro, como invento, permanece en nuestra época, sí, pero cuál es su peso actual.

Irene Vallejo
Irene Vallejo. Made in Zaragoza.

A veces, la suerte nos lleva a relacionarnos con buenos lectores, a hablar de libros y autores, de últimas novedades, rarezas y clásicos desempolvados. Toda una alegría para los que nos apasiona la literatura en todas sus formas. Conocer a alguien por sus lecturas es casi asomarse a un historial íntimo y poliédrico. Sin embargo, la sospecha de vivir en una burbuja trenzada con los años, las lecturas y las casualidades me inquieta.

¿No será acaso un localismo cultural? ¿Acaso un espejismo? Es decir, si a alguien le gusta mucho el grafiti, pongamos de ejemplo, lo más probable es que hable mucho de ello y encuentre a gente con esa filia por el camino. Así mantendrán conversaciones en las que retroalimentan su amor por ese tipo de pintura. Pero eso no deja de ser un circuito cerrado. No queda claro si hay cada vez más gente con ese amor al bote de espray o se está ignorando a aquellos a los que les causa indiferencia o rechazo. Lo misma sospecha que con los libros.

Miguel Angel Belinchón, Belin. Grafitti.
Grafitti Miguel Angel Belinchón, Belin.

Según CEDRO, la asociación española sin ánimo de lucro de autores y editores de libros, en el último año el porcentaje de lectores habituales del país rondaba el 50%. Sólo la mitad de una población que supera los cuarenta y siete millones de personas. No es mucho. Haciendo inmersión en esos datos habría que desgranar qué se lee, porque no todo sirve por mucho que haya gente a quien le pese y se enfurezca, rasgándose las vestiduras telemáticas. Escribir algo como “me gustan los domingos al sol”, no lo convierte en poema. Publicar novelas con aires de videoclip, carentes de elementos, con ostentosa pobreza literaria y simbólica, no fermenta en literatura. No subrayo una opinión personal, se trata de ser objetivos, buscar un resultado digno, para no relativizar hasta lo histriónico. No todo vale. Muchos de esos volúmenes deberían llevar una pegatina que advirtiese: “Esto no es un libro”, en homenaje a Magritte.

La traición de las imágenes. Rene Magritte.
La traición de las imágenes. Rene Magritte.

Durante el confinamiento de 2020 los libros volvieron a la primera línea. Se veían como murales para las videollamadas, las redes sociales florecían con recomendaciones y reseñas, volvían los engatusamientos entre cine y literatura. Entonces que teníamos tiempo, con el mundo forzosamente detenido, se acabaron las excusas para no leer. A su vez, se potenciaban nuevos sustantivos anglosajones como booktuber o bookstagramer para consejeros y mercaderes de libros, que ya están en nuestro vocabulario digital. ¿Los miles de seguidores de algunas de esas cuentas corresponden a miles de lectores habituales? Una voz cínica me sugiere que se fotografía más libros de los que se leen. Sin pruebas, que prime la presunción de inocencia.

Leí hace poco que Hawking y Harari manifestaron su preocupación por lo que llamaron el “avasallamiento a los hombres por parte de los golems-digitales”. No sé si es un pensamiento apocalíptico o realista. Los libros tienen hoy una función más clara que nunca: Servir de espacio-tiempo personal. En un mundo ruidoso, asediado por pantallas de cristal líquido e hiperactividad, el libro sigue siendo un encuentro silencioso e individual. El egoísmo mínimo y civilizado que es tan necesario para pensar y evadirse de forma activa.

Pola Oloixarac
Pola Oloixarac. Clarin.

Hoy la literatura, entiéndase de forma amplia, requiere nuevos caminos que explorar. La escritora Pola Oloixarac declaraba que el trabajo como escritores es “decir lo que no se puede decir, pensar junto al peligro”. Y con ello surge la ruptura de tabúes, la visibilización de nuevas realidades, la oportunidad de recalibrar actitudes y hechos históricos, así como plantear preguntas que aún no sabemos responder. Incomodar, anunciar, rememorar. Verbos con intención de conectar con el otro.

El libro sigue siendo un escudo y un arma frente al mundo que nos rodea. Simboliza el silencio activo, un lugar inmaterial al que escapar. La forma en la que estar acompañados en soledad y reflejarnos hasta entendernos. El libro de hoy no es un lujo, sino una primera necesidad. Quizás deberíamos empezar a tratarlo como tal. Hablemos de ello.


Te invitamos a leer otras reseñas de libros y artículos de Alberto Revidiego en Revista 17 Musas.

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