jueves, octubre 22, 2020
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Déjame que recuerde

Déjame que recuerde. Nos empeñamos en recordar. Incluso involuntariamente, las imágenes del pasado nos vienen a buscar, a veces cuando menos las esperamos, a la llamada de una imagen, de un aroma, de una música, sí una música va a ser, quizás de una voz o de una palabra, o de una manera tan particular de pronunciarla. Y suele suceder, corregidme si me equivoco, que la mayor parte de nuestra memoria quiere acercarse hasta la niñez más que a cualquier otro lugar.


Los malos recuerdos son inevitables, pero los buenos momentos gozan de mejor salud y se conservan más nítidos, quizás para hacernos creer a nosotros mismos que, en el fondo, fuimos felices.

Y hoy quería preguntarme por la forma de esos recuerdos, por las imágenes que resisten el paso del tiempo y nos devuelven al pasado. ¿Qué vemos en ellos? Pueden pasar dos cosas, que en esa foto del ayer seamos una mera cámara objetiva, espectadores de un momento que se grabó en nuestra mente en el que no aparecemos por ningún lado.

Por el contrario, en otras ocasiones seremos protagonistas de la escena, un actor más en el escenario de nuestro pasado. Y nos vemos actuar en ella, quién sabe cuántas cosas somos capaces de llegar a hacer en un recuerdo o en un sueño con visos de realidad antigua, como si fuésemos Mr. Scrooge reviviendo las navidades pasadas que Dickens le prescribió a través del espectro de Marley.

Pues resulta que los recuerdos más reales, los que reproducen fielmente lo que algún día ocurrió, son aquellos en los que no nos vemos a nosotros mismos, que si formamos parte de la escena, algo que es imposible que hayamos visto, casi con toda seguridad ese recuerdo ha sido modificado por nuestra mente.

Y diréis, y todo esto a qué viene. Pues a santo de una reflexión que, como lector y aprendiz de escritor, me rondaba hace unos días. ¿Tendrá algo que ver la forma de los recuerdos con las imágenes que formamos en nuestra imaginación cuando leemos o escribimos?

No sé si habrá quien ponga su propia cara a alguno de los personajes cuando visualiza las historias que lee, a mí no me ha sucedido, al menos hasta ahora. Pero sí que es cierto que esa sensación de estar dentro o fuera de la escena me invade cuando el autor es capaz de llevarme hasta allí.

Hay novelas que las lees desde fuera, desde la silla o sillón en el que estás sentado y que cuando cierras el libro, la historia te espera en aquellas líneas impresas que gozan de un momentáneo reposo. Pero otras, por mucho que abandones la lectura o la cierres bajo siete llaves, la novela te persigue, va contigo sin que nadie se dé cuenta, o quizás sí. Con estas, vives en dos mundos, el real y el que no por imaginario es menos verdadero.

Mientras curioseas en una librería o compras en el supermercado, también vas cogido de la mano de tu padre al Cementerio de los Libros Olvidados, (tenía que nombrarte, Zafón, tanto es el dolor que se agrupa en mi costado) o eres bombardeado en plena Guerra Civil mientras el Mercadona se transforma en un Mercado de Alicante convertido en ruinas de piedra y vidas.

Y no, no te ves en esas escenas, formas parte de ellas porque has conseguido, gracias a quien las escribió, hacerlas tuyas y sentirte protagonista privilegiado. En cambio, las veces en las que la historia te espera entre las páginas del libro, acabas viéndote en un escenario que te resulta extraño, buscando excusas, que no siempre encuentras, para seguir leyendo.

Cuando escribo, sé que una escena no está madura para ser escrita hasta que no dejo de verme en ella. Ignoro cuál será el proceso que siguen los que saben escribir de verdad, sólo puedo hablar del mío.

Pergeño un argumento, un escenario, unos personajes, y me voy a vivir con ellos a ese lugar que he imaginado. Converso, como, duermo, toco, acaricio, amo, canto, golpeo, grito … Soy uno más en ese cuarto cielo (No lo olvidemos: «I el quart cel és irreal, com un oasi vert en un desert estrany»).

Pero me veo en él, no dejo de ser un personaje intruso que quiere formar parte de una historia que no le pertenece. En realidad solo es el autor, el menos importante de todos, un mero puente entre aquella gente con la que convive y el imaginador futuro que llegará hasta allí cuando lea lo escrito.

Llega un momento en el que dejo de verme en ese escenario, quizás he pasado días en ese lugar. Ya no converso, ni como, ni duermo, ni toco, ni canto, con lo que me gusta a mí cantar, ni hago todas esas cosas que hacía. Ya no.

Los personajes tienen vida propia al fin, se han amotinado contra el argumento y comienzan a contarme su propia historia, la que yo les contaré a los supuestos lectores, apropiándome de lo que en justicia no es mío. Y como en los recuerdos, esos de la niñez de los que hablábamos, sabré que son verdad porque yo no apareceré por ningún sitio.


Te invitamos a leer otros artículos y relatos de Luis Maria Vieito en Revista 17 Musas 

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