lunes, abril 15, 2024
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DEFENSA Y ATAQUE – Norma de Vincenzo Bellini

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionadas con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros y salas de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas.


 

CRÓNICA VI: NORMA – VINCENZO BELLINI

TEATRO DE LA MAESTRANZA – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO

 

12 de noviembre de 2023 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

Un telón cerrado aspira a ser el fin del mundo conocido, el filo del horizonte que jamás se pensó alcanzar y al que ahora nos enfrentamos en un primer plano contundente. Esta sensación transmuta en cuanto es abierto, volteado en su significado, y da lugar al portal de lo posible: El universo ahora habita entre sus contornos. Podría decir que yo aparecí al borde de aquella realidad, porque cuando quise darme cuenta estaba sobre el escenario, pero en pleno frontispicio de aquella cortina inmensa de color verdiazulado. Era tan alta que alzar los ojos no era suficiente, di un paso atrás y, cómo suele decirse, fue un paso en falso.

Caí como sólo un fantasma o eidôlon puede caer, que es a cámara lenta. Brazos al cielo para buscar asidero, ojos bien abiertos, mueca bucal, la larga barba blanca como la cola de un cometa y, finalmente, el talegazo. Que nadie piense que el hecho de caer lento implique ausencia de dolor al encuentro con el suelo, en eso la física de la postvida no es tan diferente. Una vez puesto en pie, sacudida mi túnica de costura diagonal (último modelo en mi época, «la Grecia Clásica», que la llaman ahora los modernitos) observé que me hallaba en el foso de los músicos y no pude estar más contento. Hay algo que me ilusiona cuando veo a los interpretes metidos en un foso, como debe ser, bien profundo, lejos de la visión del público, y no se trata de ensañamiento contra ellos, por favor, los admiro muchísimo; es una cuestión de nostalgia, llamadme conservador si queréis, pero cuando era joven esas logísticas funcionaban muy bien: arriba los actores, abajo los músicos, invisibles, con una recepción de su trabajo más mágica aún para el espectador. Sé que son otros tiempos, pero cuando me encuentro con esta disposición me hace sentir como un mozalbete de nuevo.

Norma, Bellini, Maestranza, foso

Estuve en un rincón mientras llegaban los músicos y disponían sus instrumentos. A mi lado, una joven percusionista disponía sus partituras y baquetas mientras el resto afinaba sus instrumentos y posicionaban sendos atriles. Me acerqué a la posición elevada en la que estaría el director, eché un vistazo a la partitura iluminada y descubrí en el pie de página que estaba en el TEATRO DE LA MAESTRANZA de Sevilla, me encanta descubrir lugares nuevos. Busqué la batuta para hacerme el importante, pero no estaba por ninguna parte, así que agité las manos como si condujera a aquellos intérpretes o me quemasen las mangas, lo mismo da, y me cansé de hacer el tonto cuando un técnico de sonido se presentó allí para preguntar en voz alta quién provocaba aquellas interferencias cerca de los micrófonos. Un murmullo creciente surgió fuera del foso, sin duda el público recién llegado, por lo que decidí explorar aquel edificio antes de que comenzase la actuación.

Unos pasillos enormes me derivaron a un vestíbulo precioso que se habría en muchas direcciones y había gente por todas partes: Con una copa en el exterior del edificio, dentro de la tienda, por las escaleras a cada lado del recibidor o en dirección a las puertas principales del patio de butacas. Me aproximé hasta una mesa con folletos de la obra inminente y ahí descubrí que nos disponíamos a presenciar NORMA de Vincenzo Bellini, dirigida aquí por Yves Abel y Pedro Bartolomé, con director de escena Nicola Berloffa. Esta obra es inagotable, nunca me canso de verla y eso que es mi tercera aproximación. La primera, azares del destino, fue en su estreno en el Teatro alla Scala de Milán, un frío 26 de diciembre de 1831. La segunda fue en la Ópera de París, creo recordar que sería a mediados de los años sesenta del siglo XX, y tuve la suerte de disfrutarla con la cantante María Callas, con quien compartía orígenes griegos, sea dicho de paso, y con quien pude disfrutar aquella inmensa interpretación del aria Casta Diva. Casualidades del Olimpo, vi que en este teatro dispone estas semanas de una exposición en homenaje a esta diva del bel canto, ojalá el público pueda pasarse a disfrutarla.

 

La interpretación de Norma en esta ocasión correría a cuenta de la soprano Yolanda Auyanet y un elenco completado principalmente por Raffaella Lupinacci, Francesco Demuro, y Rubén Amoretti. Me pudo la impaciencia, en poder de todo este conocimiento, y regresé al interior del auditorio a fin de encontrar algún lugar desde el que disfrutarla. Arrancó con una breve intervención de Javier Menéndez, director del propio Teatro de la Maestranza, para aclarar que Yolanda Auyanet lleva días en lucha contra una suerte de constipado, pero que aún así iba a cantar en aquel estreno para el público general. Un mero matiz a fin de tranquilizar a la artista y su público más exigente, aclarado lo cual, comenzó la ópera a telón cerrado con un despegue por parte de la orquesta (qué bien sonaban desde las sombras, especialmente con aquel pizzicato en las cuerdas. Lo dicho, siempre a favor del foso).

Maestranza, Norma, Bellini, foso

Se elevó el telón y bajo una luz azul apareció un decorado descomunal que simulaba un patio semiderruido entre edificios y, en aquel especio, mujeres de negro, limpiando a un caído en combate. Pensé en la coincidencia olímpica de que mi primera visita al Teatro de la Maestranza como eidôlon tuviera una primera escena centrada en un muerto. Maravilloso. La primera parte de la obra fue intensa, plantean la historia y las dificultades en las que se encuentran, y es muy importante siempre destacar el gran papel de heroína que tiene el personaje de Norma, que aboga por la resistencia pacifista en una situación de invasión militar, con visión protectora de su pueblo y mesura para el ánimo de guerra. Pero pronto eso cambiará: El mismo amor que ata su control es el que prende razones para la venganza. Norma, presa de una dicotomía emocional y contradictoria, deberá resolver su interior mientras lidera a su pueblo. ¿Presión? Ninguna, ninguna… Pero atención a la espada que empuña y que sólo ella puede manipular (símbolo de su voluntad), que como toda arma, está capacitada para la defensa y el ataque. Esta sacerdotisa tiene mucho en común con Casandra, ahora lo veo claro. El talento vocal de los intérpretes es sublime, apoyado en momentos graves de un coro multitudinario que se mimetizan con la imagen de creyentes y soldados tullidos. Y es que el vestuario, diseñado por Valeria Donata Bettella, es de una elegancia austera que pivota entre la discreción y el acento protagonista.

Maestranza, Norma, Bellini, foso Maestranza, Norma, Bellini, foso

 

En el descanso solo vi prisas y colas para lugares de categoría B, es decir, bar y baño, el ciclo sin fin. Cuando tocó retomar el espectáculo, fui directo al patio de butacas para tomar asiento y localicé uno libre en segunda fila, por lo que fui atravesando a los asistentes de la fila, con sus sobresaltos correspondientes, y disfruté de la tensa segunda mitad. No haré mucha revelación para incitar a su visionado, pero debo indicar que en esta segunda parte se dispuso una escenografía dentro de la escenografía, casi igual de grande y que me pareció todo un acierto de intimidad física y psicológica de los personajes en esas escenas, antes de volver a la posición inicial. Por otra parte, leí en el libreto que la obra estará disponible los días 15, 17 y 18 de noviembre de 2023, por lo que quien quiera podrá acercarse a disfrutar durante los 180 minutos que dura. La avalancha de aplausos al final de la obra fue muy extensa, reteniendo a los artistas sin concesión. Cuando bajó el telón, la gente comenzó a salir de forma ordenada, mientras los encargados de sala facilitaban la evacuación. Yo, por mi parte, me subí de nuevo al escenario (esta vez sin caída triste al foso) y atravesé aquel horizonte de tela. Tras el mismo, gran parte de los artistas festejaban esa inauguración para el público general. Pasé por aquella escenografía gigantesca y vitoreé como pude a los cantantes. El jolgorio se cortó un poco cuando llegó de nuevo el técnico acústico y preguntó con pasmo quién estaba manipulando los micrófonos ambientales para que sonase esas interferencias por sus cascos de la mesa de sonido. Lo último que vi antes de desaparecer fue un micro a menos de un metro y los ojos de aquel técnico, buscando sin éxito en mi dirección lo que su intuición dictaba.

 

Maestranza, Norma, Bellini, foso

 


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