domingo, octubre 17, 2021
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Los laureles de Concha Espina

La de Concha Espina fue una de esas carreras prolíficas que marcan hitos y no siempre llegan a obtener el reconocimiento popular moderno. Ya por sus propias elecciones políticas, ya por el lugar al que la mujer ha sido relegada a lo largo de los siglos, los innumerables logros artísticos de esta cántabra ilustre han permanecido más cerca del papel ambarino de la antigua imprenta que de la luminosa pantalla de un ordenador. Sin embargo, su portentoso trabajo resulta digno de rescate para cualquier amante de las letras.


A pesar de que su inclinación por el bando sublevado —fruto de su profunda fe católica— parece haber relegado su fama a un sombrío segundo plano, lo cierto es que la Guerra Civil española se inicia cuando la autora tiene ya sesenta y siete años, ha ganado premios como el Fastenrath de la Real Academia Española o el Nacional de Literatura, ha inaugurado su propia estatua en Santander y ha sido propuesta tres veces para el Premio Nobel (a un voto estuvo de arrebatárselo a Thomas Mann). Según evidencia lo anterior, los logros de Concha Espina son lo suficientemente laudables como para que seamos capaces de separar vida y obra, incluso en nuestra siempre caótica actualidad.

Si los tiempos convulsos alcanzaron a la autora a una edad madura, la consecución de sus objetivos literarios no fue mucho más temprana. La primera novela de Concha Espina, La niña de Luzmela, se publicó al abrigo de sus ya fogueados cuarenta años. Sin duda, todo un soplido de esperanza para aquellos y aquellas que continúan (o continuamos) luchando por sus sueños una vez rebasada la juventud. ¿Por qué se decidió a hacerlo entonces?

Concha Espina por Nicolás Müller, 1950
Concha Espina por Nicolás Müller, 1950

Concha Espina nació en una familia numerosa y acomodada que, si bien comenzó a formarla en las nociones propias de una joven burguesa de su tiempo —piano, francés—, no contaba con una amplia biblioteca ni se interesaba demasiado por la lectura. Sin embargo, ella mostró desde temprana edad inclinación por la poesía y continuó escribiendo artículos periodísticos y cuentos. Todas sus lecturas, y todos sus escritos, iban abriendo camino al objetivo final: dedicar su vida a la literatura.

Una vez casada, cruzó con su marido el océano, hasta Chile, donde continuó colaborando con diversos medios escritos y tuvo a sus primeros hijos antes de regresar a España. Aquí, de vuelta, se produjo el cataclismo que iniciaría la publicación de su rosario de novelas: un día, al regresar de misa, encontró rotas unas pastorelas que había estado escribiendo y supo de inmediato que las manos hacedoras de aquella vileza habían sido las de su marido.

La gota colmó entonces el vaso y Concha Espina buscó un trabajo para él en México, vendió unas joyas para comprar los billetes de tren necesarios, agarró a sus hijos y, con aquella primera novela bajo el brazo, se marchó a Madrid. Sobre el exmarido dijo la autora: «Yo quisiera que todo fuese para él fácil y tranquilo en la vida; él puede contar conmigo en todo cuanto a nuestros hijos se refiere (…), pero que me deje tranquila con mi trabajo y mi soledad».

Antes ya había publicado un hermoso ensayo sobre las mujeres en El Quijote, pero eran sus novelas la llave que tenía en mente para abrir las puertas de la capital. La hazaña es todavía más osada si tenemos en cuenta a los autores de la generación del 98 —a la que ella habría pertenecido de haber incluido mujeres el grupo— con los que allí iba a competir: Unamuno, Valle-Inclán o Azorín. Compitió, salió ilesa… y venció.

Carta de Concha Espina a Gabriela Mistral
Carta de Concha Espina a Gabriela Mistral, 1930 – Fuente- Biblioteca Nacional de Chile

A partir de aquí publicó relatos cortos, obras de teatro, poesía, libros de viaje y una treintena de novelas entre las que destacaron El metal de los muertos (1920), una compleja novela social basada en las huelgas de mineros en Riotinto, hasta donde se trasladó durante varios meses para documentarse, y La esfinge maragata, llevada al cine en 1950.

La Maragatería (León) sirvió de inspiración para La esfinge maragata —casi proyecto antropológico— donde las mujeres viven apartadas o recluidas, en el convento o en la casa, a la espera del matrimonio de conveniencia de turno y que, sin embargo, son las generadoras de la vida y de su empuje. Concha Espina muestra en ella su deslumbrante capacidad narrativa, su cultivadísima prosa y uno de los vocabularios más ricos de las letras españolas. También enseña los puentes tendidos entre el realismo y la trama de ficción y, por supuesto, su denuncia de la situación de la mujer.

En sus últimos años de vida se le apagó la luz en los ojos. La ceguera le sobrevino por una enfermedad que no pudo superar, pero la circunstancia no la detuvo: aprendió braille y continuó trabajando incansablemente hasta el final. Su dedicación, su minucioso sistema de combinación de palabras y de hacer partícipe a quien lee de su juego narrativo logró sobrevivirla. A pesar de que no resulta sencillo encontrar su obra editada en la actualidad, merece la pena intentarlo y abrir la ventana al mundo brillante de la laureada Concha Espina.


Te invitamos a leer otras reseñas de libros y artículos de Luis López Galán

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