sábado, febrero 28, 2026
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BAILA EL INSTINTO – Yinka Esi Graves y Poliana Lima – “A PLACE TO DANCE”

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.


CRÓNICA XIV: “A PLACE TO DANCE” – Yinka Esi Graves y Poliana Lima

TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO

27 de febrero de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

Retumbaba una instrumental por los pasillos cuando me materialicé en mitad de la escalera del Teatro Central de Sevilla, provenía de aquella altura, una primera planta que ya estaba atestada de público que esperaba impaciente una orden para avanzar por el pasillo y tomar, como un pequeño ejército lúdico, la sala Manuel Llanes. Las paredes traían esa vibración, el aire se ondulaba; toda una invocación que difícilmente se podía ignorar. A la mínima confirmación, todos fuimos hacia su fuente, a la oscuridad de la sala, para descubrir que habían despejado la misma de asientos, que todo era un encuentro abierto, para que la gente llegase y se derramase por el espacio, a pleno baile.

Yinka Esi Graves, Poliana Lima, Lucía Martínez, A place to dance, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON, Aristófocles eterno, Teatro Central

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Reconozco que me desconcertó, a pesar de ser un eidôlon hay días en los que me pega bocaos la cadera y no estaba por la labor de congraciarme al meneo. No obstante, fue un placer ver cómo la gran mayoría, que habían venido en compañía, aceptaban esa propuesta y se lanzaban a bailar para celebrar que era viernes, que estaban vivos y que la instrumental era una gozada. Vi en algún folleto de alguien que estábamos ante la obertura de A PLACE TO DANCE, la propuesta en estreno absoluto de Yinka Esi Graves y Poliana Lima. Caminé alrededor de la sala, a cada vértice, una mesa; imagino que técnico de sonido, de luces, la DJ, y una mesa dedicada a un abanico de percusiones que me daría una grata sorpresa. Oumoukala, la DJ, estaba en su posición, ofertando ese recibimiento que tronaba incluso fuera de la sala; no me extraña que en la escalera regalasen tapones para los oídos para aquel que lo necesitase. En aquel espacio había gente de todas las edades, hasta niños, compartiendo esa comunión con la música.

Yinka Esi Graves, Poliana Lima, Lucía Martínez, A place to dance, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON, Aristófocles eterno, Teatro Central

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La primera media hora consistió simplemente en estar allí en pie. Bailar, quien quisiese; charlar, quien tuviese interlocutor. Aguardar, en todo caso. Algunos de hicieron incluso con algo de beber que allí proporcionaban; por mi parte, como fantasma achacoso, preferí quedarme junto a la DJ viéndola hacer lo propio. En algún punto de esa introducción abierta aparecieron nuestras protagonistas entre el público, bailando aquí y allá, repartiendo atenciones por la sala. Aunque cuando se iban a otro corrillo, siendo un placer absoluto presenciar su forma de moverse, uno las perdía de vista, por lo que volvías a quedarte algo neutralizado entre un público tan habitual como el que encontrarías en cualquier bar. Esa parte inicial reconozco que se me hizo larga, sospecho que hubiese pegado más al final de la obra, ya todos incentivados al movimiento tras verlas a ellas.

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Superado los treinta minutos, entre unos pocos fuimos colocando sillas a lo largo de hileras a cada lado de aquel cuadrado escénico. Las protagonistas fueron a su vez pegando un círculo de cinta en el centro de la sala, para bailar en el círculo. Todos en sus posiciones, aforo sentado, ellas dentro del mismo; me percaté que en la mesa de instrumentos aparecía la brillantísima Lucía Martínez, ya gran conocida por múltiples obras a lo largo de estas crónicas; siempre es un lujo impagable verla tocar con esa imaginación percusionada.

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Se desplegaría así una cadencia de movimientos sobre el eje de sus caderas, como si no pudiesen desarrollar mucho movimiento a priori, como si estuviesen supeditadas a la contención, cada una posicionada en un opuesto entre ellas a lo largo de ese perímetro circular. Comenzarían a comunicarse con esos movimientos medidísimos, algunos en consonancia entre ellas, otros muy diferentes, así como a desarrollar poco a poco una suerte de liberación sonora en el que emitirían sonidos como expiraciones, gemidos o gritos animalescos. De ahí desbloquearían otra suerte de comunicación: los taconeos. Herencia flamenca, esos ritmos suponía algo primario, baila el instinto, e incluso a veces recordaba a la cadencia de un reloj vital, como si ellas fuesen manecillas que pretenden la liberación dentro de aquella esfera circular.

La mezcla, sin duda la gran riqueza de la obra, de herencias, caprichos e intuiciones, hace que se brinde una oportunidad exquisita para crear una atmósfera salvaje, en la que como un nudo de loops, las voces, los gritos animalescos, los gemidos… todo, quedará escalonado sonoramente, dando la impresión de ser una nube acústica que da vueltas sobre sí mismas mientras las protagonistas van moviéndose en paralelo a lo largo del perímetro y aprehendiendo un rango de movimiento cada vez mayor hasta finalmente quedar enfrentadas, juntas, al fin, y que la luz amaine, pero han liberado un monstruo, que es esa cacofonía musical de sonidos, que se reparte por la sala en los altavoces del techo, que se sienten caminando de un lado para otro, inquieto e inevitable.

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Y comienza ahí las percusiones de Lucía Martínez. Hay un baile de luces, el ambiente se vuelve onírico, se abren y entrecierran los focos, las cadencia musical se vuelve reincidente y ellas se mueven agarradas por los antebrazos a pleno zapatazo y tacón, juegos rítmicos para crear un colchón de latidos que no deja a nadie indiferente. Todos estamos atrapados en ese conjuro, puedo verlo en los rostros de la sala. Y comienza un solo de baile de Poliana, por todo el círculo, mientras Lucía percusiona con dos tubos rojos de plástico sobre un timbal en una de las esquinas. Luego llegaría el turno de Yinka, su solo de baile, para los que Lucía cambió a la dureza y precisión de las baquetas clásicas para golpear aquel parche. Podríamos estar horas viendo a estas mujeres desarrollar su musicalidad, las tres tienen algo de hipnótico, sin duda.

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Finalmente las bailarinas se encontrarán en un reflejo de identidad entre ellas, buscarán una coreografía casi zen, con el peso de la concentración para dejarse llevar y trascender, se van siguiendo con el rabillo del ojo para ejecutar una misma coreografía a la vez, alrededor de aquel círculo escénico, de cara a todo el aforo. Esto pasará durante bastante tiempo, hasta que finalmente salen del círculo, se hace la oscuridad, y Lucía comenzará con otra cadencia mediante varios tipos de percusiones. Pocos minutos después, vuelven al ruedo las bailarinas, ejecutan otra coreografía que se repetirá en una cadencia larga, una y otra vez, para diferentes ángulos de ese mismo círculo, con un claro inicio y desenlace antes de cada reseteo, casi buscando la extenuación del cuerpo para llegar a otra imagen, otra entrega. Todo acabará rompiéndose cuando se haga la luz, la DJ vuelva a lanzar su track y se anime al público a tomar la sala, a bailar sin consecuencias, a dejarse llevar. Fue entonces cuando me deshice entre la niebla bajo los focos, porque tantísimo baile rompería a cualquier eidôlon, pero está diseñado para que los vivos celebren.

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