A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA IV: “EL DÍA DEL WATUSI” – Iván Morales, Los Montoya, Teatre Lliure
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
10 de enero de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
Cuando se abre un año natural se oye como un soplido, un susurro que coge cuerpo, que engorda en forma de viento huracanado, que te remueven las faldas, las barbas y habla sobre la carne de las orejas con el lenguaje de las cosquillas. Sube el punto de ebullición, como una air fryer, y para de repente. Como cuando se te destaponan los oídos. 2026, lo más lejos que llegué por el momento, veinticuatro siglos más allá de mi cuerpo; ventajas de ser un eidôlon. Entonces se hizo la oscuridad. La gente piensa que se hace la luz, pero la luz derrama todo, la oscuridad es más especial, supone un sustrato de sentido. Y segundos después (el tiempo es relativo, igual fueron semanas), aparecí en un escenario, con una W enorme suspendida en lo alto, iluminada, como una señal de los cielos, y una voz de un técnico confirmó que todo estaba preparado.

Eché un vistazo alrededor, mis ojos de fantasma haciendo por hacerse a la iluminación, y reconocí la Sala A del Teatro Central, buen augurio para un 2026 lleno de Artes Escénicas. Salí a los pasillos, plagados de público que esperaba entrar y disfrutar de la única obra de aquel día, una obra mastodóntica, según rezaba en la promoción disuelta por mesas y cartelerías, dado que sería de una extensión de cuatro horas quince minutos: EL DÍA DEL WATUSI de Iván Morales, Los Montoya, Teatre Lliure. Escuchaba a los agentes de sala, que ya el día anterior asistieron con la misma obra, que se tienen que turnar ante la extensión, que a ver si veían el final, mientras otros respondían que a ver si hoy veían la primera parte. Un reto de piezas y puzles que se completarían aquella noche.

Sobre el escenario, un arco para las posiciones, señalados con micros e instrumentos, atisbé un teclado, guitarra eléctrica, diversas percusiones, un saxo, un bajo y un cajón flamenco, rodeado de dorados platillos y hit-hat. La música en directo siempre es un plus para casi cualquier obra, ya estaba impaciente, casi empujaba al público que entraba, para que se encajonasen en cualquier butaca, con tal de empezar antes. Algunos actores, con camisetas de tiranta blanca y vaqueros, con pinta de peligrosos, se movían escaleras arriba, por las gradas. Apareció el protagonista, un tal Fernando, el Apache (Guillem Balart), apenas simulacro de niño, y confesó que «En el Día del Watusi, yo vi un muerto por primera vez». Le miré y saludé con la mano bien alta, pensando que hablaba de mí, que era uno de esos teatros interactivos, luego continuó el monólogo por otro lado, en torno a una chica muerta encontrada en su mal barrio del extrarradio, y entonces asumí mi anonimato con vergüenza que nadie sabrá jamás.
La obra se dividiría en tres partes, casi tres pilares en los que nuestro protagonista intenta sostenerse en una vida que no entiende, en un ritmo que no es el suyo, y con unos personajes a su alrededor que no permiten que tome muchas decisiones por sí mismo. También su personalidad, tímida y bonachona, facilita la cesión del control, parece conformarse con respirar un día más, y eso le arrastra por una procesión de desgracias e impotencias.

En la primera parte, encontramos a Fernando, el Apache, un niño a comienzos de los setenta, quien junto a su amigo Pepito, el Yeyé (Artur Busquets), descubren el cadáver de una chica y todo su barrio, con la ira innegociable de los que acostumbran a sentirse marginados, arremeten contra ellos como presuntos culpables, hasta que les fuerzan a acusar a un criminal temido y admirado a partes iguales, una leyenda invisible que parece estar presente en todo momento aunque nadie lo ve con claridad: el Watusi. Una historia ruinosa que llevará a muchas primeras veces para ese jovencito, todas en la gama cromática de los grises desde el plumier del karma.
Los actores son a su vez músicos, sorprendiendo aún más cuando entre piezas, a veces cambian de instrumentos, y la que toca el teclado pasa al bajo, y este a la guitarra, un intercambio de parejas sonoras que ostenta una capacidad sobresaliente para modular la atmósfera de cada escena. Por la parte actoral, tienen los personajes tan trabajados que pronto rueda la empatía por la asfaltada complicidad de un público que no parpadeaba por no perder detalle. El gusto se respiraba entre las gradas. Por supuesto, el drama estaba regado de comedia, con recursos sencillos como voces apitufadas a la hora de cantar, y otros más complejos, como personajes histriónicos que, sin embargo, los hemos visto alguna vez en la calle, porque existen al margen de la vergüenza y la autoconciencia (pienso en el Superman, liga guiris, por ejemplo). Aunque debo vitorear en alto al personaje de la Francesa, no diré mucho más, para que sorprenda a aquellos que lo vean. Sin duda, la interpretación más perfilada y enigmática de esta primera parte, me dio aires atemporales, un logro disciplinado del actor (David Climent).

Entre bromas, se habla de la muerte, de la familia, de un futuro que nunca llega como se espera, de la culpa, de la imaginación como maquillaje emocional ante una ausencia o desmagnetización de la brújula interna, y es que «qué pocas cosas son las cosas», se repiten los personajes como un leitmotiv. Y aquí ya no debo retrasar más el reconocimiento nominativo de los artistas en escena: Raquel Ferri, Vanessa Segura, Eduard Alves, y Anna Alarcón, más allá de los anteriormente nombrados. ¡Excelentes todos!
Llega la segunda parte, el niño se ha hecho adulto a marcha forzada, sale del barrio pero nunca escapará de su marca, como una cicatriz que le naciera en los ojos, subiera por su cabeza y recorriese toda la espalda. Su suerte le acaba cobijando a la sombra de gente sin moral ni escrúpulos, auspiciados por el poder económico de un banco, que pretenden el poder político, a toda costa, sin base ni valores. «Los monstruos crean monstruos» se advierte desde el comienzo, con una interpretación increíble, y unos monólogos que se van repartiendo entre el arco actoral, con una disciplina y emotividad elevadísima. «La civilización no puede vivir sin los monstruos» se justificarán a sí mismos, y nuestro protagonista, que sólo quiere sobrevivir, huir hacia delante, acepta encargos, el alcohol como segunda piel, que le vapuleen, la decepción de una madre que todo lo sufre, y el reconocimiento que no tiene una canción propia, sólo un trauma, una W mayúscula, un Día del Watusi que no parece terminar a pesar de los años, que se expande en otros personajes y que le tortura, casi le impide estar de pie. «Más pronto que tarde vas a ver a tu Watusi gobernar este país».

El descenso a los infiernos de esta segunda parte cae más en los hombros de los demás actores que del propio protagonista. «No tengas miedo al Watusi», le repetirán. Aplaudo con vehemencia la interpretación del mafioso Ballesta, con su traje rojo, sus guantes rojos, su mirada roja por el alcohol y la rabia. «Cuando un muerto te mira a los ojos, te miran todos los muertos del mundo». Cuando escuché eso tuve que refrenarme para no salir corriendo a mirarme a un espejo. Por suerte había distracciones dentro y fuera del escenario, pues a veces los actores continuaban sus paseos por las escaleras o salían de la sala, todo era parte del espacio imaginado, proyectado, de aquella época turbia en la que se buscaba doblegar a base de violencia o sobornos para alcanzar un poder de cara a las Olimpiadas del 92 en Barcelona. Me gustó especialmente cuando sacaron un lienzo de Julio Romero de Torres, La nieta de la Trini, (y mis compañeros de butaca dijeron que se exhibía en el Museo Julio Romero de Torres en Córdoba, ojalá algún día pueda aparecerme allí). Recrearon la escena, desnudos y a punta de pincel y navajilla, porque aquí el Arte y la crudeza de la realidad siempre van de la mano, da igual que se mire dentro o fuera del lienzo.


Un nuevo descanso oxigena al público, que entre actos sale, invade la cafetería, estira las piernas por las escaleras, revisitan los baños, intercambian impresiones, se felicitan por haber venido al Central, justo a esta obra. Y diez minutos más tarde, arranca la tercera parte, y Fernando, el Apache, huye de nuevo, pero con otro nombre, Picassín, el Camello, siendo una persona destruida, empujada contra las cuerdas del ring de la vida, cuerdas que le ahogan, como sogas sentimentales, o que le atan a la dependencia, como rayas de cocaína. El escenario ha cambiado, es un claro ejemplo de desfase, de resaca social, la fiesta rota que ondea como una bandera ajada, y lo único que ha permitido salir adelante a nuestro protagonista es la literatura. «Para dejar atrás la compulsión química, te adentraste en la literatura». Le acusan de lector compulsivo, de ser incapaz de salir sin un libro, y eso precisamente es lo que le ayuda a reinventarse, a ser otro tras sus gafas de aviador, más para proteger a los demás de su mirada que para defenderse del sol. Cuando encuentra alguien capaz de comprenderle, alguien que le hace recordar lo que es «reír, ese placer absoluto», algo cambia en él, marcado por una incapacidad para construir una felicidad mínima. Es precioso cuando se intenta, no obstante. Pienso en ese cover de Mr. Tambourine man de Bob Dylan, en los que se confiesa que da igual no saber la letra, «lo importante es lo que transmiten las canciones», cierta ingenuidad rescatada, pureza de otro tiempo, en la que «es mejor intuir que entender». Pero como decía, la alegría dura poco en este largo día del Watusi, porque pronto le advertirán que está «bailando una música que no existe». Impresionante final, exaltación dramatúrgica y musical, entre la secta religiosa y la banda de rock, la W que todo lo abarca, que el tapa el rostro con una aceptación total, simbolizado con ese pasamontañas, y cerrando una historia que, debo decir, nace del libro original de Francisco Casavella, casi mil páginas condensadas en esta obra de teatro, magnífica por todos sus costados. ¡Larga vida al Watusi!


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