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SOMBRAS QUE EXPONEN EL FUEGO – Marcos Morau, La Veronal – “TOTENTANZ. MORGEN IST DIE FRAGE”

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.


CRÓNICA XVIII: “TOTENTANZ. MORGEN IST DIE FRAGE” – Marcos Morau, La Veronal

TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO

14 de marzo de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

Las sombras guardan en sus silencios la luz, el fuego y el eco de los sonidos de nuestro mundo. Todos caben en sus bolsillos sin fondo. Se proyectan como una consecuencia, son testigos mudos del tiempo y lo que hacemos con él. Este pasado fin de semana, tocaba enfrentarse a las sombras que construyen nuestro presente en tinieblas desde la Sala A del Teatro Central. Me materialicé allí mismo, vi deformado el espacio, butacas a los dos costados del escenario, las gradas como siempre también acompañaban, y al fondo una pantalla rectangular como un cine cercaba el espacio escénico con su estática gris y un círculo rojo en el borde inferior. Al no ser numerado, todos fuimos buscando el hueco con el que nos agasajaba el azar. Desde las gradas vi que en el centro de la escena había lo que parecía 3 cuerpos, cubiertos de plásticos semitraslúcidos, uno de ellos en el centro sobre una mesa de autopsias. A cada rincón de aquel espacio, cuadro bloques negros, y sobre ellos un incensario, dos recipientes metálicos con agua y un reproductor de vinilos al fondo. La niebla del ambiente, apenas iluminado por flexos separados por el suelo, y el fuerte olor a incienso, recibían a los recién llegados. Así arrancaría TOTENTANZ. MORGEN IST DIE FRAGE, la última propuesta de Marcos Morau y La Veronal, viejos conocidos, y me temblaron las rodillas de la admiración que le tengo.

Marcos Morau, La Veronal, Totentanz, Alberto Revidiego, EIDÔLON, Aristófocles eterno, Teatro Central  Pronto entraría en escena una figura alta de negro, con ropajes muy medievales, y percusiones metálicas al cinto que acompañaban su paso, todo con aires litúrgicos, en aquella penumbra que impedía precisar gestos o rostros. El toque moderno lo constituía los cascos, el cableado que se disponía por un arnés oscuro y la pértiga que portaba, con un micro al extremo. El clásico sonidista medieval. Esto y la presencia de cadáveres bajo esos plásticos ya daba sentido al nombre de la obra, algo que me suena en mis apariciones desde el Medievo. Totentanz es como se le conoce a la Danza de la Muerte, un ejercicio de filtro anímico a la hora de encarar la finitud humana, casi a modo de carnaval, celebrar que llegará el fin. Darle la vuelta a la tortilla. Y es que lo que se desarrolló desde entonces podría considerarse un trabajo de espiritismo, un juego con la vida, la casi extinta voluntad de supervivencia que parece caminar en este planeta, carcomida por las sombras que exponen el fuego que todo lo arrasa.

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Para la sesión intervendrán tres hombres de negro, con análogas vestimentas, oscuras sotanas, gestos tranquilos, solemnidades que eran sólo interrumpidas cuando la danza protagonizaba el momento. A su vez, de los tres cuerpos que yacían en la escena desde el primer momento, sólo uno correspondería a una mujer, aunque la apariencia fuese triplicada; si bien había tres cuerpos con idéntico vestido largo blanco y peluca rubia larga, una de los rasgos escénicos de Marcos Morau y La Veronal es el empleo de muñecos que simulen cuerpos humanos, títeres inquietantes y que, a su vez, no puedas despegar los ojos de los mismos. En cualquier caso, cobraron vida todos esos cuerpos femeninos y se trató de microfonear qué salía de aquellos movimientos, como en una busca de respuesta. El micrófono pasearía por los intervinientes, pero también por el gran público, la inquietud era repartida por el sonidista itinerante.

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A partir de ahí, celebrada las presentaciones del terreno de juego, se desarrolla una atmósfera fantasmagórica con solitarios acordes de piano, luces bajas y el sabor de un mal sueño. Se recrean gestos litúrgicos, herencias cristianas (el agua en la frente, la conformación de una cruz con los flexos del suelo, coronas como nidos, haz de ramas secas que recrean efecto de alas rotas cuando una de las figuras lo sostiene) con la inocencia del investigador, que pretende una reacción, un cambio significativo. Hasta fotografían a uno de esos títeres y aparece la imagen durante unos segundos en la pantalla gigante del fondo. Dan la sensación de que son investigadores de lo paranormal que tratan de encontrar un sentido a las crecidas de los afluentes de la muerte y autodestrucción que están poblando nuestros días a lo largo del globo. Hay cánticos y lecturas en alemán, cuya traducción se proyectan en el fondo, y se habla de la muerte, del poder, del tiempo; se baila frente a esa suerte de sol rojo, un atardecer propio de una civilización que no sabe detenerse, y se agitan los movimientos desde un mismo eje, buscando girar con violencia y permanecer en la quietud tras los movimientos explosivos.

A través de un desarrollo de danzas individuales y colectivas, apreciamos la pugna entre lo que podría considerarse la violencia y el amor, fuerzas antagónicas que van esbozando un camino, en la que se proyectan sombras entre las sombras, y se ven reforzados por un espacio sonoro que puede mecerse entre zumbidos, voces, cánticos a capela e instrumentales de pocos instrumentos. Desarrollaron una altísima belleza escénica, tanto por la gestualidad como en torno al control de luces y penumbras, un sueño danzante en el que podríamos cristalizar nuestra atención sin erosión del tiempo. De hecho, me pareció especialmente hermoso el momento en el que aparece la mujer, quizás representación de una vida que aún nos habita en este planeta, aunque ya bastante envejecida, aparecía con una suerte de tambor que se iluminaba, casi una luna personal, y en la oscuridad más cerrada, iba apareciendo fotogramas de sus gestos cada vez que la golpeaba y, por lo tanto, arrojaba su luz a la escena.

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Escuchaba a mi alrededor, susurros entre el público que estaba sobrecogido, puesto que la escenificación no era apta para impresionables y temerosos. No obstante, todos estábamos dedicados al siguiente paso. Impresionó también cómo las figuras masculinas iban prescindiendo de vestuarios medievales a favor de prendas más provocativas, hasta el punto de someterse a bailes intensos y sensuales bajo luces estroboscópicas, como si la muerte o la idea de la muerte se hubiese liberado por completo frente a la contención de la vida, la visión femenina cada vez más contenida. En un punto cercano al fin, se llegaría a proyectar un vídeo bien picado sobre escenas que conforman el mundo actual, todo tendencia hacia la autodestrucción, la banalidad y algunas pocas cosas por las que merece la pena aún luchar (las menos). Un vídeo muy largo creado para incomodar y remover espíritus, con una pregunta tácita terrible que se define en un cómo estamos permitiendo todo esto que deriva a un descontrol social. Tras esto, las actuaciones derivarían a un último baile, con los títeres de las mujeres tumbados al fondo sobre todos esos flexos luminosos, hasta que se hizo toda la luz, se engulló la obra en la oscuridad plena, y quedamos sobrecogidos, mudos, hasta que arrancaron aplausos sentidos con los que fuimos saliendo de nuestro estupor. Marcos Morau siempre remueve desde imaginarios que atacan a todos los sentidos. Ya estoy deseando ver qué será lo próximo.

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