lunes, marzo 2, 2026
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SINFONÍA PARA LA DESTRUCCIÓN – Miguel del Arco, Centro Dramático Nacional, Teatro Kamikaze – “LA PATÉTICA”

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.


CRÓNICA XV: “LA PATÉTICA” – Miguel del Arco, Centro Dramático Nacional, Teatro Kamikaze

TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO

28 de febrero de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

La suerte se mide en los encuentros con lo inesperado. Cuando las oportunidades anidan en la sorpresa bajo los párpados, y con toda esa ceguera de certidumbre nos arrojamos al siguiente escalón, sin tener maldita idea de lo que pasará, ahí, trampa para profetas, encontramos una dicha radiante que nos hace estirar el horizonte de lo posible. Me encanta una obra artística que viene a sacarme de mi trinchera mental. Y ese embiste fue el arrojado este fin de semana en el Teatro Central de Sevilla con la obra LA PATÉTICA de Miguel del Arco, Centro Dramático Nacional, y Teatro Kamikaze.

El aforo llegaba en plena alegría, porque era un día señalado en el calendario, nada menos que el Día de Andalucía, y el clima había subrayado su entonación con un sol generoso y una temperatura que invitaba a olvidarse las llaves de casa. No obstante, obstinados en derribar horizontes, allí acudieron para hacer un lleno notorio y descubrir una obra que estaba plagada de quiebros y emociones que orbitarían la inestabilidad que se alimenta de la certeza de una muerte cercana y del deseo de hacer algo sublime con la música, meta harta distante, pero no por ello menos apetecible. En resumen, en ese día tan especial, con una vibración colectiva tan marcada, más le valía a esta compañía ejecutar con soberbia disciplina la partitura que traían entre manos.

LA PATÉTICA, Miguel del Arco, Centro Dramático Nacional, Teatro Kamikaze, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON, Aristófocles eterno, Teatro Central

LA PATÉTICA, Miguel del Arco, Centro Dramático Nacional, Teatro Kamikaze, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON, Aristófocles eterno, Teatro Central

Repartieron en la entrada de la Sala A folletos cuadrados, como los clásicos discos y vinilos de música clásica, con ese rótulo amarillo y letras negras, en las que pudimos leer el nombre de la obra, guiño directo a las sinfonías de Tchaikovsky, y un subtítulo que rezaba «¿Se aprende a morir como a vivir?», lo cual ya nos daba una pista de por dónde irían los tiros, y a mí me interpelaba muchísimo, como eidôlon traído más allá de la muerte. En el mismo se hablaba de una inspiración libre de la novela de Arthur Schnitzler llamada Morir, en el que un hombre se enfrenta a su propia finitud vital. Un drama que llevarían en todo momento de la mano de la comedia.

Arrancó con una presentación de alguien frente al público haciendo las veces de organizador de una grabación de orquesta, en la que los músicos éramos los mismos del público, y lo único que rogaba era silencio y desconexión de teléfonos móviles (y reconozco que se hizo algo larga esa reincidencia); pero una vez arrancó vimos una suerte de habitación insonorizada, un bloque luminoso en las alturas que rezaba SILENCIO en rojo y a dos figuras, algunos de nuestros protagonistas, Pedro, brillantemente interpretado por Israel Elejalde, un director de orquesta con cierto renombre que busca captar la esencia de una gran obra en plena grabación de orquesta; y una figura seria, trajeada, distante, que habla pero que no recibe al principio réplicas, resultando ser nada menos que el fantasma del propio Tchaikovsky (o la proyección mental del mismo, que a estos efectos es lo mismo), aquí interpretado por Fran Cantos. Me entusiasmó la idea de conversar en escena con un personaje que sólo él veía, seguir el cruce de diálogos, y la progresión psicológica y emocional de estos personajes que tantísimo tienen en común.

LA PATÉTICA, Miguel del Arco, Centro Dramático Nacional, Teatro Kamikaze, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON, Aristófocles eterno, Teatro Central

Ambos entregados a la música, comparten a su vez cierta represión social por su homosexualidad, cierto distanciamiento para que sólo se les perciba como músicos, así como una final trágico que está cada vez más cerca para el personaje de Pedro, poseedor de una enfermedad terminal, a la que tendrá que hacer frente, así como a tantos temas relacionados con su vida, ya sea en solitario, como es su legado artístico o sus problemas sin resolver con sus padres, así como algunos en pareja, aquí Emilio Buale en calidad de novio cuidador, figura que le reconforta y quema en plena proyección de sus inseguridades. Y esto es sólo unos de los múltiples temas que se ponen sobre la mesa en esta obra. Se habla de la ambición, del narcisismo, de si debemos separar el artista de la obra, de las formas en las que nos apoyamos o erosionamos frente a las opiniones ajenas (exultante papel de crítico interpretado por Francisco Reyes), así como de la manera en la que erramos como humanos cuando nos llevamos por el miedo, la desesperación, la imaginación o la ilusión no correspondida.

LA PATÉTICA, Miguel del Arco, Centro Dramático Nacional, Teatro Kamikaze, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON, Aristófocles eterno, Teatro Central

Es una obra cargada de semántica, sin duda, pero también me fascinó el nivel técnico que se aplica; un espacio que se transforma con pocos elementos, como ese marcador que sube y baja para ser letrero o mesa de operaciones; esas paredes insonorizadas que mutan de forma, sobresaliendo sus cuadraturas para crear escaleras, mesas o puertas donde menos lo esperas; así como los efectos lumínicos, su lenguaje para cada situación (blanco para grabar, verde para el hospital, naranja para el barrio, rojo para el peligro mortal). Con pocos elementos y mucha puntería, se puede generar espacios muy distintos a ojos de los espectadores, incluso conceptos como programas televisivos, encuentros mentales entre esas voces, o incluso flashbacks de un pasado que fue y dejó huella. Por no hablar del ritmo, los cambios musicales, las transparencias en las ventanas de la sala, la primera planta por encima de la habitación, tan socorrida para generar distancia y segundo plano. Todo para, como se decía al comienzo de la obra, «penetrar en los misterios de esta pieza».

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Es una obra que no permite relajación, que te mantiene en vilo, ya sea por un texto exigente (se agradece mucho) o un carrusel emocional, en el que vas a tener que estar preparado para reír, llorar y gritar «¡a beber, a morir!». Porque como decían, y no se me ha olvidado, presenciamos «el espectáculo de un hombre que se desvanece». Y atravesamos desde números musicales hasta encuentros con el ángel de la fama que llega a plena música de Wagner. Todo auspiciado con el sobresaliente y múltiple trabajo de Inma Cuevas, Juan Paños y Manuel Pico, que no dejaron de arrojar personajes llenos de presencia genuina para la escena (punkarras de barrio, borrachos de bar, cirujanos, filósofo de guardia… ¡y hasta la propia muerte!).

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«Sólo la música puede ayudarnos a saber para qué vivimos», se comenta. Dan ganas de seguir escuchando La Patética de Tchaikovsky, de dar vueltas al mayor drama de la mano de una lluvia de risas, de adoptar la naturalidad de lo finito, la sinfonía para la destrucción. Agradecido por esta obra, como el resto de la audiencia, aplaudimos en pie la gran entrega, apunte a final de partitura, todos en pie y sin ganas de marcharnos. Pero como se estipula en el contrato, comencé a desvanecerme, mucho antes de que el público saliese del auditorio, a seguir disfrutando de la noche andaluza, algo más removidos por dentro.

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