A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA XII: “ÚLTIMO HELECHO” – Nina Laisné, François Chaignaud, Nadia Larcher
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
14 de febrero de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
Si un cuerpo sueña, otro lo recibe; si un escenario es soñado, su público lo manifiesta. Agarrarnos al viento, hacer el gesto de la mano, tenderla con esperanza y traerla de vuelta, cargadas, llenas de sensibilidades que irradian sorpresas, ¿eres capaz de imaginar el gesto? Quizás así, de forma indirecta, como se mira al sol, es como podría hablar de la obra ideada por Nina Laisné, François Chaignaud y Nadia Larcher bajo el título misterioso de ÚLTIMO HELECHO. Me tiemblan las piernas y se eriza la piel al recordar sus coreografías y cantos, traídos a nosotros, desde el fondo marino, que es como decir desde el otro lado del tiempo, en una suerte de mitología propia que tomo cuerpo, vida y ecos en la principal sala del Teatro Central de Sevilla.


Era la única obra de la noche, y menos mal, porque sería horrible competir en la misma línea temporal con ella. El público, ampliamente repartido por las gradas, esperó expectante la subida del telón. Cuando esto sucedió, desde una altura poco definida por la penumbra, aparecieron tres músicos, con sendos sacabuches (antecesores a los trombones, dos tenores y uno bajo) que comenzaron una historia que comenzaría y acabaría mediante la música. Es inevitable, a uno que ha vivido arrojado en el seno de Europa durante siglos, ver en la composición apariencia pictórica de ángeles que tocan sus vientos desde las nubes, cuántas religiosidades han acogido esa disposición. Tras una introducción bellísima, en la que iban moviéndose entre ellos, casi como vigilantes de lo que estaba por llegar, vimos a ras del suelo a una figura humana, que a su vez simulaba ser un ser de otro tiempo, con un cuerpo firme lleno de florituras de colores sobre lo que parecía una piel desnuda, con un exoesqueleto a su espalda, con una cabeza afeitada y un rostro también pintado, aferrado a una suerte de vara de madera de corta estatura, de la que se valdría para su coreografía. François Chaignaud nos demostraría desde entonces un despertar muscular, una belleza profunda auspiciada por una firmeza y flexibilidad de su cuerpo, con el que expresaría multitud de posiciones desde el suelo hasta su incorporación, casi como si despertase de un letargo y aquella música barroca trajese el hálito de vida que necesitaba.

Se incorporó un bandoneón y una tiorba, una mezcla ecléctica que marinaban perfectamente con los vientos metal anteriores, y el foco se puso sobre otro de esos seres que despertaba al cobijo de una gran roca en forma de seta, precisamente al cobijo de aquellos vientos que sonaban. Con un vestuario y maquillaje muy parecido, Nadia Larcher, la cantante y bailarina argentina, una espectacular potencia musical que, con su voz grave y cálida, sedujo al auditorio a través de la hora y diez que duró el espectáculo. Por suerte, a las puertas de la sala, el teatro había dispuesto libretos con el cancionero de Último Helecho, y ahí podíamos apreciar desde chacareras, zambas y vidalas argentinas, tonadas, huaynos, festejos y cachuas peruanas, glosas y coplas catalanas, así como algún canario. Todo ello junto a las instrumentales, por la que desfilaron, además de lo antedicho, percusiones varias, huacrapuco, sachaguitarra, serpentón, flauta y mucho taconeo sobre las tablas. Un espectáculo en el que se llegaron a sumar hasta ocho intérpretes. Porque me contuve, me dieron muchísimas ganas de bajar y sumarme a aquella celebración tan vitalista, cantar, bailar y dar palmas, para ser el noveno intérprete.

Todos brillaron por su disciplina y talento, pero sin duda me dejó sin palabras la propia narrativa de la obra, la belleza del escenario, que con un poco más de luz se vislumbraba como un lecho marino, con sus algas y corales en la parte superior de la roca, sorpresa tras sorpresa, porque entonces podíamos imaginar a estos seres y músicos provenientes del interior de la tierra, de un secreto mejor guardado, al margen del mundo que va a un ritmo que a nadie espera. La belleza, la gran belleza, era palpable. Las rocas que servían de asiento o incluso de tablao para taconear era como rocas minerales, cortadas lisas, para delatar superficies azules y brillantes; las escaleras de piedra en segundo plano, por las que bajan y suben todos, dependiendo de la escena, era un soporte ficticio al cuento en el que querías vivir como espectador, el juego de luces, dentro y fuera de aquel escenario, la sensibilidad con la que cambiaban o delegaban el foco a una figura concreta… todo estaba diseñado para que te sorprendiera y gustase, para que sintieses que era todo perfectamente posible y, a su vez, algo inaudito, un lugar desde el que danzar verdades a lo largo del tiempo y desarrollar su propia mitología.


Es una obra que es muy difícil de condensar en palabras, porque el sueño se materializa, y los detalles han anidado en cada movimiento de pierna, en cada torsión de espalda, en cada caricia amable o cada nota acertada. Se delata en la profunda concentración de los intérpretes, así como en la sonrisa que nace a algunos de los músicos cuando llegan a momentos culmen. Me quedo con escenas como cuando vi a los músicos, desde las alturas, cuerpo a tierra como francotiradores, lanzando sus vientos con los sacabuches; o aquel momento en el que la columna de piedra cae sobre la cantante y ella la recibe con esfuerzo pero sin perder el aliento de las notas largas; o cómo se mecen los sentimientos desde el «se me ha muerto un amigo» que se canta hasta la fiesta de celebración final, con todos subidos en la cima, bailando con alegría bajo una luz cálida. Todo elegancia, naturaleza y sofisticación.

Los aplausos en pie recompensaron el gran esfuerzo, el entusiasmo del agradecimiento, por haber presenciado aquella obra. Muchos vítores cuando salieron a saludar, con todo el equipo técnico, incluido un par de perretes, imagino que miembros importantísimos de la compañía. Quedé pensando en aquella frase que se cantó que decía «no quiero volverme sombras, quiero ser luz, y quedarme». Sin duda alguna, esta alianza de artistas ha conseguido prender una luz que se multiplica en todos los espectadores que la disfrutamos.

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