A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA XI: “163 CENTÍMETROS” – Abraham Boba
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
7 de febrero de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
El viento arrojaba sus embestidas contra la naturaleza ribereña que acompaña el perímetro del Teatro Central, bodegón vivo al que llegar por tierra o agua (¿habrá llegado alguna vez alguien en kayak al auditorio?). Aparecí en la azotea del mismo, pisando la gravilla que allí se recoge bajo la firma del teatro, y pude observar la ciudad inclinada sobre sí misma, para no ser arrojada como una cometa. A medida que fui adelgazando las alturas que distaban hasta el vestíbulo pude acceder a uno de esos folletos informativos de la programación de la tarde y leí que nos encontraríamos con Abraham Boba, escritor y cantante de León Benavente, que nos presentaba una obra homónima de su segundo libro, 163 CENTÍMETROS. Se aventuraba una reflexión sobre su altura y todo lo que ha supuesto en su vida, mecida entre el humor, la autocrítica y un ajuar cultural bastante ecléctico.

Terminaban de acceder a la Sala B los asistentes cuando se inició a oscuras la canción de Pea, rareza del One Hot Minute de los Red Hot Chili Peppers, pero que tenía todo el sentido del mundo, puesto que siendo interpretada únicamente por Flea, su bajista, indica en la letra un reconocimiento de que lo pequeño que se siente («Oh, yeah / I’m small!») pero, a su vez, cómo eso es una fortaleza para su posición en el mundo. Veía un escenario divido en tres puntos de foco: A la izquierda, un burrito con algunas prendas colgadas de sus perchas, un atril y una silla castiza. Al fondo, una pantalla lista para proyectar lo que sería prácticamente una película-documental de su vida hasta la post-adolescencia. A la derecha, una guitarra Telecaster, junto a un amplificador bien grandote, ambos puramente Fender, por lo que se vaticinaba un sonido limpio y crujiente.


Arrancó el espectáculo cuando se silenció la música y apareció Abraham, vestido con traje amarillo mostaza o naranja (imposible acertar bajo los focos cálidos), camisa y zapatos con tacón, todo negro para el contraste, y ahí supe que quería vestir igual. Llevo tiempo sin un cambio de look, y eso me estaba quemando cuando vi esa presencia escénica, por lo que me dije que en cuanto finalizase el show me colaría en el camerino a tomar prestado ese atuendo tan icónico. Hasta la hora del crimen, me centré en disfrutar del discurso que nos ofreció a puro micrófono, comenzando por un lacónico «Fui un niño gordo», porque lo que se arrojaría desde ahí sería una depuración de sus demonios, o al menos de las cenizas de incendios de otras épocas.

Se ayudó de video proyección para intercalar fotos y vídeos familiares, extractos de programas, subtítulos hilarantes, recopilatorios de famosos bajitos de todas las épocas, y mucha humildad con la que reforzar su discurso serio que no dejaba de saltar sobre charcos de humor negro y personalísimo. Lo cierto que ese complejo con la altura es algo que no deja de estar en el ambiente, que a todos nos pasa por la cabeza, pero que quienes lo sufren a diario tienden a desarrollar traumas y armas para sobrellevarlo de la forma más evolutiva posible. Sin duda alguna, para Abraham, la creatividad y el humor son dos de sus favoritas.

Me gustó tanto los cambios de vestuarios (el kimono para hablar de su época de taekwondo, la equipación de básquet para su otra pasión frustrada, pero bien desarrollada como base de un equipo o siguiendo Cerca de las estrellas en la televisión, así como el disfraz de Napoleón, cómo no mencionar al paradigma de bajito conquistador); como el gran festín musical del que nos hizo cómplice, a veces con la proyección de las canciones y otras interpretándolas él mismo a guitarra y voz. Gozamos fuertemente cuando arrancó con Nirvana y su In Bloom, dando pie a hablarnos de su etapa como músico grunge, así como cuando desfilaron temazos como I Wish de Skee-Lo, Short People de Randy Newman («Short people got no reason to live») o Purple Rain de Prince, quien compartía con Abraham la pasión por los zapatos de tacón y su fascinación por la NBA.

Tras el repaso musical confesó grandes comentarios que le han hecho o escrito tras los conciertos con su banda, todo desde la ironía, precisamente para exponer buenas intenciones escritas con mala baba. Tanto que su primera búsqueda en Google es «Abraham Boba altura». Pero esto es solo combustible para refugiarse en el David de Miguel Ángel, en los Beatles, en Michel de Mointagne o en aquella canción, No tienes que decirme nada, de El Columpio Asesino que reza «hace tiempo que no estás aquí». Un ejercicio de catarsis personal en el que Abraham Boba nos invita a pasar un buen rato desde su punto de vista fractal labrado con los años. Aplausos agradecidos, desde luego, por parte de los presentes, y yo directo al camerino, listo para aprehender ese traje tan impactante y ponerme en su piel, aunque sea desde la performance del hurto y la envidia.


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