A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA XX: “CHRONIQUES” – Gabriela Carrizo, Peeping Tom
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
21 de marzo de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
Imagina la creación de un rayo desde dentro de la nube. Entre los murmullos que recogen las paredes de los pasillos del Teatro Central, el aire se comprime hasta tomar cuerpo y materializarme, lo cual es un decir generoso, porque mi cuerpo está hecho apenas de viento traído del otro lado del espacio-tiempo, un fantasma invisible, un eidôlon, y no por ello menos presumido. Hoy me vine con mi traje blanco de tres piezas, para pasear la cara (y la barba a juego), por este santuario de las Artes Escénicas, aunque nadie me perciba frontalmente. Quiero pensar que mi estilo rebota fractalmente en las córneas de los espectadores, y que la belleza, lo sabíamos los griegos de toa la via, energiza la sensibilidad estética de los presentes, mejorando así su estado de ánimo. Todo ventajas mi guapura, de nada.

La cosa es que había una gran vibración en el ambiente, me di cuenta rápido, y no soy tan estúpido como para convencerme de que era por mi percha genética. Olía a expectativa, a ganas por ver esa obra de danza y teatro que anunciaban por todas partes y que suponía un estreno en España: CHRONIQUES dirigido por Gabriela Carrizo y levantada por la compañía Peeping Tom. Un buen historial presagiaba a esos nombres, por lo que desde los sofás del recibidor hasta las cucharillas de la cafetería reverberaban con los ecos vitalísimos que emitía el gran e impaciente público. No era baladí ese cartel de “Entradas agotadas”.

Una vez en la sala principal, nos reajustamos frente a un telón cerrado y sólo cuando llegó la hora acompañada del silencio, se hizo la oscuridad absoluta, comenzó a dibujar la negrura el sonido de unos pájaros distantes, y se levantó el telón para delatar sin prisa un hombre subido a una roca, oteando el firmamento, mientras otros trabajaban la roca, desde que extraño punto en la línea del tiempo. Un segundo hombre se le acercó al vigilante, cae algo del cielo con estruendo, un paquete, comienza un terremoto apenas se abre, las paredes de piedra del fondo se movilizan, cambia el espacio escénico y aparecen otras figuras con túnicas negras y frontales prendidos que modifican el espacio y parecen ralentizar el movimiento de los presentes. A partir de ahí, con esa incertidumbre que supone averiguar el lenguaje visual de cada obra, a mí me tenían atrapado.

Me pareció una obra que avanzaba por sí misma, con escenarios mínimos que eran hermosos, con un lenguaje corporal muy personal que pivotaba constantemente entre la ingravidez, el humor físico (golpes y caídas esencialmente), la conducción de lo invisible (se llega a emplear la telequinesis como forma de tortura, ojo a esto), y la rebelión de algunas partes del cuerpo como pies o manos frente al resto de su biología. Propuestas muy cautivadoras que abrían la imaginación, estimulaban lo posible, y posaban los ojos que, desde la penumbra, no cesaban de agradecer la historia que se desarrollaba en el escenario.
Me gustó que se tratasen temas como la inmortalidad o el avance tecnológico (desde la piedra a los autómatas, pasando por el metal y los portales espaciales, como agujeros de gusano teorizados en física). Pero un peso fundamental, una presencia constante en la trama y estética de la obra, fue la pintura. Uno de los protagonistas no hace más que pintar, ya sea las paredes o lienzos; más tarde los botes de pinturas desbordarán la escena, explotando aquí y allá, cuando mueren los personajes o cuando los robots dibujarán por el suelo sus derivas. De hecho, algunas figuras de negro intentarán sabotear esa pulsión en determinados momentos, por lo que la creatividad humana (igual como secreto de la inmortalidad) se ve amenazado por criaturas que buscan un presente más oscuro. Eso, sumado al desastre ingenuo (y luego buscado) de las armas o torturas, definen un mensaje cada vez más evidente que acabarán en papeles impresos por el protagonista, un “No a la guerra” triplicado en cada página, a la que se aferrará en la última parte de la obra.


Más allá de la trama, me gustaría reconocer el grandísimo trabajo de los bailarines aquí presentes, que han sabido sacar brillo a sus mejores cualidades, ya sea para algunos ejercicios de pura fuerza reactiva, con caídas contundentes y surgimientos sin aparente esfuerzo (de ahí, la ingrávida inmortalidad que contagian); como para exhibir una flexibilidad, equilibrio y autocontrol corporal que nos dejó sin aliento, en el que una pierna podría someter a todo su cuerpo, por ejemplo. Gran timming para la comedia y la sincronización entre gestos; así como una alta resistencia para posturas incomodas (pienso en ese ejército de enanos, todo cuclillas tras un escudo, momento de desahogo cómico que generó muchas risas entre el público). Debo nombrar a Simon Bus, Seungwoo Park, Charlie Skuy, Boston Gallacher y Balder Hansen.


Una obra exquisita que parece emanar desde una mitología propia, de la que me encantaría formar parte, y exhibir un manejo tan afilado del cuerpo para contar historias. Las atmósferas con un sabia dirección lumínica y sonora, el humo como arpa de transiciones, el guiño a algo tan tribal como apilar rocas para tumbas o tótems, y una expresión ingenua corporal que transmitía una vehemencia en continuar un camino que nos une frente a la destrucción que parecen querer implementar otros. Entendí a la perfección el ansia de belleza que mantuvo desde el primer instante el público de Peeping Tom. Ya estoy deseando verlos con su próxima propuesta.

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