A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA XIX: “VULCANO” – Victoria Szpunberg, Andrea Jiménez, Centro Dramático Nacional
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
20 de marzo de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
Trabajar el metal debe ser un oficio duro, nunca me metí en esos berenjenales, pero tenía vecinos allá en mi Atenas de extrarradio, y recuerdo cómo caían sus gotas de sudor como silencios derramadas en esa partitura de golpes del que florecían chispas. Allí, en la fragua, no había opción a guardar secretos; el calor era tan lacerante que te abría en canal todas las omisiones, las prendía bajo la presión de los centígrados. A mí, que me gusta más un cotilleo que un dulce a un niño (un crío no diabético, claro), pues pasaba de largo rápido por la puerta de aquel oficio. Cuál fue mi sorpresa cuando me descomprimo en el espacio-tiempo y aparezco en la Sala Manuel Llanes del Teatro Central, sentadito en primera fila, para presenciar VULCANO, la obra de teatro de Victoria Szpunberg, Andrea Jiménez, y el Centro Dramático Nacional.

¿Te da una pista ese nombre? ¿Te recuerda a alguien? A mí, que vengo de la Grecia Clásica (la buena), conocía a ese dios como Hefesto, el dios de la forja y el fuego, pero reconozco que el nombre romano no está nada mal. Me dio cierta inquietud en todo momento, porque como contaba, bajo mi humilde experiencia, es muy difícil contener a las verdades cuando el calor aprieta y la fragua extiende sus lenguas de fuego. Y allí, con un aforo completo, nos encontramos con una recreación de un piso humilde, apenas un salón separado en dos espacios, una ventana por la que se intuye una cocina, un par de puertas; poco más necesitamos para atisbar el ring o cárcel que supone aquel espacio para los personajes.


Cinco personajes que giran en torno a un sexto, premuerto, que habita la historia como un fantasma (ya somos dos). Desde la teoría de su sinopsis, la historia tiene un gran potencial: Un par de documentalistas investigan la muerte en un incendio de una vecina con discapacidad mientras recopilan testimonios de la familia vecina que se vio implicada en el mismo fuego pero sobrevivió. La historia salta cuando se detecta contradicciones o aires de guion en lo que se cuenta. A mí ya me tenían muy dentro con ese presupuesto.

Una obra que además goza de recursos como grabaciones en directo que son proyectadas contra la pared, amplificando los detalles de actuación; una pizca de metanarración, en la que vemos que un discurso emotivo es ensayado o repetido; grabaciones previas proyectadas; música; efectos tarantinescos de sangre y humor; personajes muy elaborados, especialmente me cautivó el papel de los hijos (brillantemente interpretados por Eneko Sagardoy y Macarena Sanz); y una gran inclinación hacia la pintura, en concreto el cuadro de La fragua de Vulcano de Velázquez.


De hecho, se detienen en ese cuadro, lo amplifican con la cámara, lo explican por partes, señalan cómo se estructura y vemos similitudes entre esa llegada de Apolo a la fragua y la situación actual de las cámaras a la familia que vivió entre el fuego. La verdad será arrinconada hasta que brote a fragua abierta. Una obra intensa pero que se balancea en el humor, despertando risas entre el público, por lo que supone un ejercicio de compresión y descompresión muy elaborado. Lo único que rechacé instintivamente, por puro desgrado, es que se fumase en escena y llegase una bofetada de olor y humo al público (me incomoda sobremanera, da igual que un fantasma sea casi materia vaporosa, nos afecta igual que a los vivos). Más allá de esto, una hora y media que te mantiene muy atento a la contorsión de la mentira, que acabará ahogándose en sí misma.

Una historia que evidencia lo humano, sus luces y sombras, porque nada escapa al fuego, a la fragua abierta, vuelvo a insistir. Pero sorprende una visión tan cálida en los momentos más punzantes. Y tanta inclinación hacia lo artístico (Ovidio es quien encarga el documental, se habla de Velázquez, de mitología, de música, de qué supone una obra artística y no un mero producto audiovisual…). «A mí las palabras me cuestan», llega a decir el hijo al final de la obra, y es una verdad a medias, porque habla poco pero lo que dice es temido por el resto porque va directo a la verdad. El epílogo fue algo casi tribal, prescinde de palabras, pero no de movimientos, de cánticos, que recuerdan a dolores primitivos y hermandad entre iguales. Me deshice mientras el público aplaudía bajo el calor de los focos aquel esfuerzo dramatúrgico.


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