A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA XVI: “LA PATÉTICA” – “ZAMBRA DE LA BUENA SALVAJE” – Isabel Vázquez
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
7 de marzo de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
Como una fuente de luz, un ramo de flores cuelga bocabajo a un lado del escenario. Un gesto seco, que parece detenido en el tiempo. Bajo el mismo, una mesa con sus sillas, dispuestos para un encuentro que no se dará, un manto, un banco de madera a lo lejos, y todo un espacio vacío en la penumbra que espera ser regado de sentido en cuanto empiece el espectáculo de Isabel Vázquez en la Sala Manuel Llanes del Teatro Central de Sevilla, bajo el título misterioso de ZAMBRA DE LA BUENA SALVAJE.
Pienso en la palabra zambra, asociada a la fiesta, al bullicio que se baila, herencia árabe, y esa coletilla del a buena salvaje, que me retrotrae a esas teorías antropólogas en las que se indicaba en forma de mito que el ser humano es bueno por naturaleza y se malograba por las correas de la civilización. Impresiona cómo un título resumió tan bien el leitmotiv que propulsaría esta obra. Una vez todos nos asentamos en aquella noche de localidades agotadas, se prendió una luz anaranjada, con una suave invitación, y vemos la figura vestida de negro de Isabel Vázquez, de espaldas, junto al banco de madera sobre el que comenzará a bailar incesantemente pero con un tempo carente de prisa. Gesto tras gesto, me transmite un ejercicio de memoria, un pasado que se delatan por esas manos que parecen de otro, que le palpan su propia espalda, que recrean gestos heredados. Como si la delicadeza de su cuerpo no desease olvidar ningún detalle.
La cadencia se romperá cuando revolotee sus brazos como pájaros y peces, que llegan desde el juego de otros tiempos más libres, apegados a lo salvaje, y diría más adelante: «Si yo fuera fiel a mi naturaleza, el mar y los bosques serían mi casa», y encajaría cada gesto en la fragancia de esa intención. Caerá la música y seguirá la danza, en arrojo de los sonidos propios del cuerpo contra el escenario, algo bello hasta que fuese arrojada sobre la silla que enfrenta a un micrófono, de espaldas al público, y comenzase a recitar una suerte de declaración que tiene mucho de poema del deseo radical. «Elegiría de qué vivir y de qué morir», todo si fuese más dueña de sí misma, de extremo a extremo.

Se giró al público y hablaría en un tono mucho más coloquial de su madre, acompañada de otras piezas musicales que se iban liberando durante la obra para acompañar las atmósferas de cada momento. Encauza el discurso y la danza hacia una herencia que no comprende, recibida desde su nacimiento, «por ese agujero negro me tragué sus miedos, sus ascos y manías», cuestionando el por qué debe sentirse de una manera determinada. Buscará una falda con estructura semirrígida para la siguiente parte del espectáculo, se pondrá pinzas de la ropa por las orejas, las patas de gallo, la nariz, los pómulos y labios, haciendo estremecerse a parte del público, y bailará con ese dolor, que estira una piel que no solicitó vivir ese fingimiento que cristaliza en una sonrisa hacia el mundo. Qué necesidad, parece decir cuando se detiene, de rodillas, frente al público, punzada por todo el rostro.

Cambiará el tono a cierta comedia, quitándose las pinzas («ay, que se ha quedao pegá»), a favor de la trenza cómplice de ánimos con el público. Pero eso durará poco porque vendrá uno de los momentos más contundentes de la obra y es lo que podríamos llamar el discurso del perdón. «Perdón por nacer, prometo que no volverá a pasar», y entre broma y broma, se va dejando clara la educación femenina que tantísimas mujeres han recibido desde niñas, esa culpabilidad que destila complacencia absoluta y enfermiza, el no hacer por no molestar, o ese prever consecuencias invisibles que juegan con la bandera del ¿y si…? y te desquician. A partir de ahí llovió una recreación de personajes, como por ejemplo aquella caricatura de Jessica Rabbit con su famoso «No soy mala, es que me dibujaron así». Y es que se transformará todo a modo karaoke para cantar verdades. Golpe duro y directo cuando se indicará aquello de «Quiero cantaros lo que ellos nunca os cantarán».


La catarsis llegará con la mesa, con la tradición de poner la mesa, de tener todo preparado para ello, reflejando como el cuerpo, como una extensión de la mente que busca desencajar patrones, busca la contorsión como forma de salir del molde y, finalmente, la destrucción arrojando una y otra vez todos los utensilios al suelo de forma violenta, hartazgo de ceremonias, de lo que se supone que se debe hacer. Isabel gritó un hasta aquí, un no más, y desató un caos lacerante sobre el que bailó por toda la escena, al que volvía y se reafirmaba. Aunque reconozco que, a título personal, una de las partes más bellas fue contemplar la coreografía entre luces azules y purpúreas, con sonidos del fondo marino, refugiada en esa naturaleza que llevaba toda la obra vaticinando, y exhibiendo una expresión física increíble. Pasar de ahí a un solo jazzístico de batería con el que desmontaría literalmente la escena, llevando el propio suelo contra todos los objetos, a un lado del espacio escénico, para hacerlo un bulto informe, liberarse de toda su simbología, y acabar enterrándolo a palazos de tierra, fue cuanto menos satisfactorio y muy visual. Quedará la risa propia, desde las alturas de esa montaña enterrada, liberada al fin, arropada en su propia luz. Una mujer salvaje y libre.

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