domingo, febrero 8, 2026
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ENTRAÑAS DE ESTA ENTROPÍA – Luz Arcas/La Phármaco – “TIERRAS RARAS”

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.


CRÓNICA X: “TIERRAS RARAS” – Luz Arcas/La Phármaco

TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO

7 de febrero de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

El cielo se estrechaba frente a nuestros ojos, con la lluvia y sus humos de prisa, para que nos hacinásemos en el vestíbulo del Teatro Central, a salvo de la barbarie, de todo ese viento sin enemigos y sus horas incómodas. Sevilla se ha disfrazado de Bilbo, ha copiado sus gestos climáticos. No obstante, nadie podía desesperarse si la alternativa era encontrar en la principal sala de este auditorio la última propuesta de Luz Arcas / La Phármaco que ahondaría en esa sensación de que el aire deviene en tallas más pequeñas de las que nos gustaría, todo bajo el nombre de “TIERRAS RARAS”. Poco tardamos en recurrir a aquellas butacas.

Estaba contento de poder volver a disfrutar una obra de Luz Arcas. Cuando el telón gris se elevó, prácticamente desde la oscuridad sobrevenida, luces indirectas y cálidas iluminaban pobremente una escena recubierta de arrugada lona de plástico negro, todo ello con un techo de focos a muy baja distancia, una sensación de claustrofobia y artificialidad que inquietaba a los espectadores. Pero el elemento más represivo, el que apuñalaba la calma que uno podría esperar sentado entre otros iguales, era sin duda la atmósfera sonora, en concreto un zumbido a gran volumen, grave, que hacía tiritar el aire que allí se concentraba, que incomodaba y casi regurgitaba la necesidad de correr a una ventana abierta y que nos mojase esa misma lluvia que nos castigaba al llegar.

Tierras raras, luz arcas, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON – Aristófocles eterno, Teatro Central

Tierras raras, luz arcas, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON – Aristófocles eterno, Teatro Central

Las luces débiles exponían un cuerpo a un lateral, entre tanto plástico negro, representación de un mundo agotado en contaminación, roto en cuanto a sensaciones primarias. Ese cuerpo, de la propia Luz Arcas, trataría de ponerse en pie, de liberarse de tanta plasticidad, que parecía pesar y pegarse, una pretendida indisolubilidad con la carne, y veíamos entre espasmos como la coreografía de esa lucha no acababa en victoria si no en simbiosis con una suerte de saco enorme de ese plástico negro. Con ello se desplazaría por la escena, arrastrando una gravedad que puede reinterpretarse en cada patio de neuronas de los espectadores presentes. Esa figura, almohada negra que se inclina hacia delante, de la cual vemos dos largas piernas estilizadas que tantean el terreno al avanzar, me recordó como un puñetazo algunos de las criaturas diseñadas por El Bosco en su famoso tríptico.

Tierras raras, luz arcas, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON – Aristófocles eterno, Teatro Central

Tierras raras, luz arcas, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON – Aristófocles eterno, Teatro Central

Continuó la obra, se elevó esa batería de focos, con un ruido ensordecedor de maquinaria rodante, como si estuviésemos en las entrañas de metal, más sensación de los humanos como insectos en algo que nos va de las manos, y el espacio se abrió a favor de la amplitud a ese agobio, y aparecieron otros personajes. Tenemos la figura que interpreta a la perfección la cadencia móvil de un par de animales, especialmente destacable su grácil sintonía con lo que podía ser perfectamente un ave gigante, ejecutado a la perfección por Danielle Mesquita, graznidos incluidos, toda una representación de la naturaleza más inocente, al margen del desastre que tiene la huella indeleble del ser humano. En segundo lugar, aparecería Raquel Sánchez, en una actitud dominante, con autoridad diría, el único personaje en escena que tendría discurso narrado más adelante, que ayudaría a la catarsis final, pero que comenzó por reconfigurar el espacio, arrastrando ese plástico que todo lo cubre, tapando incluso el cuerpo agotado de Arcas, y desvelando a su vez a dos intérpretes más, La Merce, cuya proyección rondaría cierta ostentosidad valiéndose de tubos flexibles (todo, cómo no, de plástico y negro) que recordaba a la sinuosa corporeidad de las serpientes, puro peligro y exhibicionismo; y a Georgina Flores, cuyos pasos también le llevaron a ejercer muchos momentos icónicos y llenos de fuerza, algunos de los cuáles estuvieron asociados a un bidón enorme con el que bailaba, cargaba o en el que se escondía (¿adivinas material y color?), y con quien tuve también reminiscencias de El Bosco.

Tierras raras, luz arcas, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON – Aristófocles eterno, Teatro Central

Tierras raras, luz arcas, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON – Aristófocles eterno, Teatro Central

A su vez, vemos en escena, ya sea percutiendo con un martillo contra el metal (gesto que se repetiría a favor de un imaginario de trabajo repetitivo, aparentemente sin sentido, que bien podría ser espejismo de cualquier otro trabajo capitalista) o bien cantando, a Tomás de Perrate y su cálida voz flamenca. Un trabajo impecable que nos aterriza en un estado emocional concreto, muy apropiado, quizás el último rescoldo humano que aparentemente queda en un mundo tan plastificado. Esto entronca con muchos momentos que se viven en esta representación, tanto la procesión de luces cálidas, penumbras y luces frías muy localizadas, como los momentos encauzados a la entropía esquizofrénica de esas voces interpretadas por cada intérprete, casi como un sueño del personaje de Luz Arcas, que pasa gran parte del tiempo fuera de combate, envuelto en esa marea negra, y cuando revive necesita la integración en ese grupo maravilloso que baila, se agita, se confunde y sincroniza porque tienen su propio pálpito, muy expresivo, y les conmueve el encuentro con los demás, que da cierta coherencia a ese universo caótico lleno de movimiento e incertidumbre.

Tierras raras, luz arcas, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON – Aristófocles eterno, Teatro Central

Tierras raras, luz arcas, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON – Aristófocles eterno, Teatro Central

Un espejo para nosotros mismos, como esa bandeja de plata, cuántas veces reinterpretados por poetas, como ese mirador de nosotros mismos, esa luna que brilla en mitad de la negra noche, por ello hay personajes que se hablan a sí mismos mientras se enfrentan a esa superficie, así como otros que la golpean con el martillo, tratando de destrozar esa imagen. Martillo negro, por cierto, como otro de los símbolos clave en esta obra. Se empuña desde cierta voz, se emplea para el trabajo y la destrucción, para acallar el dolor de una pérdida, y en ningún momento vemos que salve la libertad de nadie. El otro símbolo es la tierra negra, perdida, que aparece al comienzo, con aquel saco cargado por Luz que se rompe y todo lo ensucia, como casi al final, impregnando manos y rostros, cuando en el horizonte sólo queda una montaña de plástico negro que aparece crecer por momentos y engullir toda señal de vida.

Tierras raras, luz arcas, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON – Aristófocles eterno, Teatro Central

Tierras raras, luz arcas, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON – Aristófocles eterno, Teatro Central

El momento más dulce y profundo llega cuando el personaje de Raquel Sánchez enferma y muere, y los otros parecen ritualizar su cuerpo, tratar de llevarle el movimiento a su quietud, casi como aquel lienzo de Goya, Vuelo de brujas. No sé si es la obra o la lluvia de Sevilla, pero estoy muy abocado hoy a ver referencias pictóricas en la danza de estos grandísimos artistas. La historia deriva a una no aceptación de ese final por parte del personaje de Luz, a un baile muy íntimo, bajo luces rojas, quizás algo puramente interno y emocional, en el que ambos cuerpos se mecen con suavidad, con ausencia de música ni efectos, y parecen ser ajenos a la gravedad, porque sus cuerpos son livianos, refuerzo de ese otro plano en el que estaban, y finalmente acaba siendo rechazada por esa misma ilusión, para acabar ser engullida por la montaña de plástico y, el personaje de Luz, debe asumir la pérdida y someterse al martilleo como distracción terrenal. Un final que es invocado tras lanzar por el suelo piedras brillantes, quizás diamantes, quizás cristales rotos, todo se reparte en ese suelo oscuro, para dar pie a la oscuridad y… faltaba el cierre. Un juego de luces estroboscópicas muy inesperado mientras resonó a gran volumen la original Popcorn que Klaus Wunderlich compuso en 1969. Un ritmo feliz lanzado a la banalidad de la tragedia que nos arrastra bajo un océano de polímeros y caos.

Tierras raras, luz arcas, Alberto Revidiego, Teatro Clásico, EIDÔLON – Aristófocles eterno, Teatro Central


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