A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA VII: “CARAMEL” – Clara y Ariadna Peya / Les Impuxibles
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
24 de enero de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
La tarde fue derramándose en un ocaso que cabría dentro de un vaso con hielo, ese cubo dentro de un cubo que es el perímetro real e imaginario del Teatro Central de Sevilla. Y es que en la Sala Chácena se había materializado un Piano Bar, escenario negro, con mesas repartidas y sus sillas rojas que las orbitaban, con una cuádruple cristalería al fondo, rectángulos macerados en semitransparencia, que funcionaría como acceso y pantalla para los intérpretes, y a la izquierda del espacio, en elevación, un escenario de suelo y paredes rojas, para contener un piano de cola, equipos electrónicos para crear efectos y loops, algunos micrófonos y una caja de percusión enchufadísima a otras reverberaciones. Todo estaba listo para recibir a los espectadores y que comenzase “CARAMEL” de Clara y Ariadna Peya / Les Impuxibles.

Sospecho que nadie estaba preparado para recibir tal alarde de talento y energía. Reconozco que fue algo que me impactó porque desde el inicio vemos a siete fuerzas de la naturaleza sobre el escenario, con un discurso corporal, sonoro y verbal que no te suelta de la mano, invita a ver qué es lo que pasa después, mientras te el oxígeno suficiente para que vayas reflexionando entre fascinación y fascinación. Me explico, por supuesto, porque estas palabras caen como sus actuaciones. «¿Me pones otra?». Parten de la premisa de la adicción, de las drogas a las que se acude por muchos motivos y de las que uno puede enfrentarse con desventaja cuando es demasiado tarde para despegarse. «¿Cuál es tu droga?» preguntan al vacío, mientras el texto, del gran autor Pablo Messiez, se refleja como subtítulos al fondo del escenario, «no puede ser veneno lo que te ayuda». Y a partir de ahí desgranan un discurso por el que varios personajes confesaran una dependencia o puertas de entrada que se mueven sobre ejes diferentes (desamor, aburrimiento, compañía) pero siempre con el factor de conciencia de que esto que tienen no es lo que buscan, aún así… piden otra.

Para desarrollar esta idea, Caramel, se despliega como un espectáculo híbrido que aúna música en directo (instrumentales vertiginosas y voces cálidas), monólogos hirientes e hilarantes cuando la situación lo requiere, y mucha, mucha danza traída desde las vísceras, la violencia, la intimidad y la desesperación. Clara Peya se echó a la espalda prácticamente el cincuenta por ciento de la presencia escénica, desplegando bajo sus manos toda una arquitectura compositiva a piano, modulación de efectos, percusiones con las mazas y hasta con el mismo canto. Realmente el nivel de virtuosismo mostrado (¡que llega a tocar el piano a pura maza!) era sobrecogedor, espero que el público estuviese tan sofocado en admiración como yo mismo lo estaba con su trabajo. Hasta llegó a interpretar con un vaso en la cabeza, no sin contención, para, al acabar, beberse su contenido. Sin duda es alguien a quien seguir de cerca, y no perderse un parpadeo de su trayectoria.

La otra mitad fue expandida por los otros seis intérpretes (Joel Mesa, Mabel Olea, Yasser D’oquendo, Ariadna Peya, Sandra Pujol y Joan Solé), a pura danza, en la que consiguieron dibujar secuencias bellas, en comunión con el espíritu de la obra, la adicción, como secuencias corporales en las que eran incapaces de separarse de las copas, ya fueran sostenidas en mano o con la boca, con las que golpeaban las mesas, impedían que tocasen el suelo, bajo pena capital, así como mendigaban a un imaginario camarero (todos los barmans, el barman) o retozaban por encima, debajo y a través de las mesas y sillas. De hecho, hay un momento centrado en la masturbación como escapada mental a esas redes del hábito en el que la disciplina de Mebal Olea acaba reptando y trepando alrededor de una silla de terraza de bar, mientras un foco lateral proyecta en la pared del fondo una sombra amplificada de esos movimientos y nos aporta, casi como una leyenda contada al resguardo de una hoguera, imágenes de metamorfosis, casi algún animal mitológico, en el que le sobresalen brazos o cuernos de forma inesperada.


También hay otro momento muy bello, delicado, casi onírico, cuando cambia la luz a verde, aparece bajo la plataforma de la pianista una trampilla de la que escapa Yasser D’oquendo, también vestido de verde, y baila, tienta o escapa de la mencionada Mabel Olea, quien parece tener problemas para tener los ojos abiertos, presa de una alta dosis o un sueño lacerante, recordándome toda la escena a una representación de aquellos óleos decimonónicos sobre el consumo de absenta y las musas.

O pienso en ese otro en el que aparecen con medias sobre las cabezas, deformando sus rasgos, procurando iluminarse parcialmente con linternas rojas, mientras expulsan de sus bocas humo de algún vapeador, y van apagando o enciendo sus protagonismos en una imagen conjunta, bodegón vivo de jaulas mentales bajo el foco del bar. «Hemos venido a mezclarnos» se llegaba a expresar durante la obra. Un tercer fotograma de mi memoria, cuando aparece Ariadna Peya con un vestido rojo para bailar contra las paredes también rojas de aquella altura en la que se contiene el piano de su hermana, y mostrarse sensual y perdida, agotada y resistente, hasta acabar siendo la proyección de un monólogo de una madre ausente, cuya desaparición narrativa vino acompañada por una desaparición visual en la penumbra y el humo efectista, que cubrieron la trampilla con la poesía visual que pretendían conseguir. Sin duda, todos han conformado un equipazo lleno de potencia y disciplina, que han sabido sacarle brillo escénico (casi cinematográfico) a la dirección coreográfica de Ariadna y la música original de Clara, la dirección Peya en sí, el timón y brújula necesario para llevar al puerto que se propongan. La declaración de intenciones exhibida basta para tener muy claro que nada debe omitirse cuando exhiben músculo Les Impuxibles. Ofrendan toda la atención.

Puedes consultar otros artículos del autor haciendo clic aquí




