A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA V: “CANINE JAUNÂTRE 3” – Marlene Monteiro Freitas/Ballet De L’Opéra De Lyon
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
16 de enero de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
Recuerdo el calor de aquella Sala A del Teatro Central, entre abrigos y bufandas que se independizan de sus cuerpos, para arroparse en el regazo de sus dueños o bajo las butacas de las gradas. Antes de que todo el mundo se sentase, aparecí a pie de escena, como se incursionaron los bailarines de aquella noche, vestidos con camiseta y calzonas largas negras, de textura aterciopelada diría, con zapatos y calcetines blancos, duro contraste, y un maquillaje que sellaba sus labios de rojo, así como las barbillas de blanco: Eran los bailarines del Ballet De L’Opéra De Lyon y comenzaba CANINE JAUNÂTRE 3” de Marlene Monteiro Freitas.

Formaron un círculo en aquella escena rectangular que tenían preparada, yo me sumé, vista la oportunidad, por pura proximidad, vamos. Se tomaron de los hombros y empezaron a cantar y a moverse mínimamente sobre sus ejes, ahí ya me sentí aislado, me fui a un lateral del escenario, tomé asiento en una caja, y continué observando el espectáculo. Pero pronto sonó un pitido, y se fueron de escena. Todos. Me quedé como un tonto, allí arrinconado, invisible como eidôlon que soy, frente a un público que aguardaba en silencio. Cuando volvieron, se dispersaron por la escena, en gestos independientes de calentamiento y estiramientos, por lo que pude pasear entre ellos, ver cómo cada uno tenía su posición, independencia gestual y alta concentración. Advertí, será intuición de viejo, que aquello iba a desatarse con mucha virulencia en breves segundos, por lo que abandoné el escenario y me cobijé en alguna de las poquísimas butacas vacías de las gradas. Al fondo de un escenario un marcador marcaba 0 a 0, y otro el tiempo que creía de la obra en acción. Y entonces comenzó todo.

Comenzaron a moverse como si fueran presuntas modelaciones robóticas de alguna IA, algún programa que buscase simular emociones y comportamientos humanos, sin mucho éxito, digamos, provocando situaciones sorpresivas, de plena comedia, entre una seriedad de entrega y un esfuerzo por ser expresivos, sea hacia la dirección que fuese. Pero entonces uno de ellos, arrodillado en el centro de la escena, se esforzó en mostrar arcadas, en buscar un vómito que no sabíamos si llegaría. Toda una declaración de intenciones, iban a buscar provocar al público, hacer que padecieran contagio gestual a base de repeticiones. Pero vamos por partes.
Estos bailarines, estas simulaciones androideizadas (si es que la inventiva ayuda a tener la imagen del movimiento), desarrollaban gestos de sorpresa, extrañeza, ruidos de animales, y cambiaban de coreografía cada pocos minutos, desplazándose por la escena, configurando formaciones y deshaciéndolas, repitiendo gestos como compulsiones, forzando los tempos para parecer mecanizado, hasta los parpadeos cuando parecían descansar. Jugarían con los micrófonos a su disposición, emitiendo voces aspiradas o entonadas en proyecciones incómodas, pero que, lejos de esa disonancia mental buscada entre el público, conseguían conectar, provocaban risas o tensiones entre los asistentes.

Puede que me pase por ser de otro tiempo, qué sé yo, pero no entendía las reglas internas de la simulada competición. Tan pronto había pitidos se cambiaba de dinámica, pero también habían solos de algunos bailarines, momentos de sobrecarga hasta que alguien alzaba la mano y gritaba «Done»… y el marcador, independiente en su órbita, a veces ponían 3-2, otras bajaba a empate, y otras se reiniciaba a 0-0. Si había reglas en ese juego interno, daban igual comprenderla, porque todo en sí era parte del juego y como público podíamos entrar y disfrutarlas sin miramientos. De hecho, confieso, daban ganas de moverse, de buscar mi propia convulsión, de emitir graznidos o hablar aspirando aire. Esa voluntad saben despertarla.
Para ellos, esto es una buena sesión de cardio; venga a moverse, ahora estiramientos, ahora sube a este cajón, ahora flexiona esta pierna, mantén el equilibrio, geolocaliza a cada compañero que pulula alrededor para no chocarse, alcanza una mayor expresividad, pon mirada de loco, de IA con TDAH, de avatar en pleno videojuego. «Please, stop the music» se solicitó por el micrófono. Entonces llegó una parte interactiva con el público, nos hicieron gritar, levantarnos y, cuando llegó el momento de contenerse, una mujer se excedió movida por la repetición y, al hacerse de nuevo el silencio, aquel que tuvo el micrófono expresó un limitado «Wow» que hizo que todos se riesen con nerviosismo.

Sonaría en esta nueva parte el clásico de El lago de los cisnes, se recrearían una cacería brutal, la muerte de criaturas que bailan, que se agitan, que caen al suelo y se niegan a la quietud. Fue subiendo la intensidad y acabó entroncando con la otra etapa, que llamaré la sección de los picores, no apta para aprensivos, para quienes ondean tocs. Porque tras tanto rato viendo rascarse a todos, difícil, muy difícil, fue arrestar los impulsos y que mis manos no buscasen centímetros de piel que enrojecer. Cuando saltaron a un aterrizaje más amable, de baile, abrazados, y luego formando de nuevo el corro, vuelta al inicio, esta vez sin mí, aunque me sentía muy dentro, como público admirador. Música, playback, nuevas intervenciones de los asistentes, y nuevas formas de juego, que de eso se trataba. No podíamos aburrirnos, muchísimos estímulos en cada rincón de ese escenario, por cada participante, por cada simulación robótica de esa naturaleza impostada. Como una IA con TDAH.
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