Continua esta 22º edición del SEFF entre documentales y películas de ficción que nos transportan a mundos sin tiempo, en los que una tensión palpita sin nombre, un mundo incierto, quizás un reflejo de nuestro tiempo.
Yo, Alberto Revidiego, dejo paso a esta primera crónica escrita por Víctor Vigía desde «La butaca del Enmascarado» en el 22º Festival de Cine Europeo de Sevilla.
7 de noviembre de 2025
Cada cosa en su lugar, como dicen los que pierden las llaves. Arranca noviembre, florece el SEFF, bien, joder, bien. Me disculpo por la sinceridad pero es que es una alegría intensa, Sevilla se viste de gala, el público se entrega y yo me enamoro aún más de mi poca vergüenza. Este año me superé en atropellos y licencias porque conseguí pase de acreditado para mi colega-rival, Luco Larzo, y para un servidor. Quedé fascinado, durante 22 minutos de reloj muy largos, mirando la tarjeta que decía, negro sobre blanco, Víctor Vigía. Mi nombre es una puerta, que se abre e invita a las salas de cine, y me da un masajito incrédulo al ego. ¿La excusa? Agentes de la industria cinematográfica. ¿Que qué es? Y yo qué sé… No me juzgues, valórame. Era una opción para acreditados, enviamos una documentación creada por ChatGPT, porque soy un joven del siglo XXI muy aplicado, y… aquí estamos.

Mientras nos dirigíamos a Plaza de Armas, Larzo, que desconoce las virtudes del silencio, comenzó a insinuar que éramos una banda a partir de ahora. Una banda de dos, cuestioné, a lo que se insinuó el concepto porque no hay que olvidar que «por algo se empieza». Acepté la teoría, subrayé mi posición jerárquica y le mandé listar nombres para la banda. Respondió con diez títulos, confirmando su alergia a la contención. Por supuesto, conforme a mi protocolo, rechacé todos y los mandé al rincón de pensar. Caminamos hasta naufragar en los Odeón Cines, nuestro punto de partida este año. Cinco minutos más tarde, cesaba la oscuridad a favor de los créditos de THE LAST VIKING de Anders Thomas Jensen.

Leímos como protagonistas a Mads Mikkelsen y Nikolaj Lie Kaas, suficiente aliciente. Derivó a una animación en pantalla hasta que se dijo «el mundo está lleno de gente». Como frase inicial, no arriesgaron mucho, pero luego ves la obra y te queda claro que todos estamos un poco cucú. Porque la película va precisamente de aceptar la relatividad de la realidad, lo que pasa ti es inamovible, para mí es sólo una carta de la baraja, igual me valen copas que tréboles. También te digo que esto me viene de lujo como acreditado en abstracción, ya que en esta historia, dos hermanos interpretados por los actores mencionados ut supra, tienen que atravesar verdades que el tiempo ha parado en otros escalones emocionales. Tienen que encontrarse en mitad de la escalera y no es nada sencillo. La clásica historia de la búsqueda del tesoro en el que lo anhelado es muy diferente para cada partícipe, debiendo primar la construcción de un yo, de una realidad, como bloques de lego, que harán la altura suficiente para alcanzar ese peldaño intermedio. ¡Pues anda que no se va a romper veces esa compilación de intenciones! El grifo abierto de la psicología para ahogar los traumas de los sedientos que no saben que lo son.
Teniendo un drama, está tan bien gestionado el humor de la historia que las carcajadas cruzaron varias veces la sala (¡una sala abierta a las 9:30h!). Y es que jugar con el argumento en el que un trastorno disociativo de la identidad le haga creer que es John Lennon, o que se pretenda buscar a otros confundidos para que se reúnan de nuevo los Beatles, es algo irreprimible, por absurdo e histriónico. ¡Todo adelante! Porque si cabe la risa, el barbecho de sensibilidad está bien ejecutado. De hecho, ya sea durante la película o en los momentos iniciales y de cierre, la animación cumple la función de broche circular, la conclusión a la que se llega es a favor de hacer, la realidad de los otros, real.

Decidí darle una oportunidad a la idea de Larzo. Empezando la casa por la fachada, es decir, lo superficial, decidimos ir a casa y volver a la siguiente sesión uniformados con camisa blanca, chaqueta negra y Raybans oscuras (barajamos más opciones cromáticas, pero era lo único que coincidía en nuestros armarios). A las 17h nos vimos de nuevo en Odeón Cines, nos dispusimos en las escaleras de acceso, juzgamos en silencio a todos los que pasaban, intercambiábamos comentarios acerca del encuadre que le daríamos a esas ascensiones y descensos, o sobre la falta de racord en el vestuario de los que entraban y salían del baño (camisas por fuera, pantalones con goteras). Azul eléctrico, letras amarillas. Arrancaba así DRIFTING LAURENT, película de Matteo Eustachon. Colores fuertes y sencillos, adjetivos que podrían describir al protagonista, un joven con aire perdido, sin prisa por hallar nada, deseoso de incertidumbre, que se deja hacer por el tiempo y las distracciones que le salen al paso. Suele conectar con personas solitarias o incomprendidas, con las que asienta bondad sin exigir nada a cambio, si acaso, cobijo. Es un mantenido en todos los sentidos, pero libre. Aquí el guion se luce, la psicología confusa del personaje está bien definida. Me recordó a esos monjes que vagaban por la tierra y subsistían de la generosidad de los vecinos en cada ciudad. También me sonaba a mi biopic a este paso, pero no quise ahondar por ese camino.

Los paisajes de este cuento son silenciosos y vacíos, prima la naturaleza. La cadencia de la luz y el frío mueven el mecanismo humano. «Es difícil saber lo que se quiere hacer», menciona la pantalla. Y todos parecen padecer ese virus volitivo: trabajadores de temporada, pastores en busca de cabras mágicas, parejas dependientes y vikingos streamers (sí, nosotros también alucinamos con esa cadencia nórdica en las dos primeras proyecciones de esta edición del festival). Como el protagonista, ejercimos la aceptación sosegada y cuando salimos de la sala percibimos esa declinación del verbo reflexivo «relajarse», como si nos pesaran los huevos más que de costumbre.

Esta banda se arrojó a la calle, caminó en la noche (ya las siete son horas oscuras) y esquivamos los peatones que nadaban en dirección contraria. En el Cine Cervantes nos esperaba NOUVELLE VAGUE de Richard Linklater, palabras mayores arrodilladas en torno a la hoguera de la historia del cine. No podíamos llegar tarde. Este cine tiene un encanto indescriptible, de otro tiempo, justo la intención fílmica de Linklater: trasladarnos a finales del siglo pasado, a la eclosión de una nueva camada de directores de cine, la posteriormente etiquetado como Nouvelle Vague en sí, con una miríada de nombres que harían mella en la historia del cine. Y aquí el foco sigue los pasos de un tipejo extraño, parapetado tras unas gafas de sol, que ahuyentaba lo que ansiaba, que era desarrollar su visión cinematográfica, mientras sus compañeros se iban haciendo un hueco. Hablamos de Jean-Luc Godard, un apellido que habla por sí mismo. Y no, no voy a trasladar el precario ingenio de Larzo cuando dijo aquello de God-Art. Me niego.

La textura, música, el blanco y negro de la película, adecuadamente contenida en un 3:4, respeta con admiración, casi de forma obsesiva, la época y el cine de otro tiempo. Todo buen director tiene que ser un friki extremo de su Arte. Yo, que sólo logré hacer Cine Breve (sí, hice un corto), me reconozco a mitad de camino como fundamentalista cinéfilo; trapecista con potencial. Por ello recibí esta película como una masterclass impagable (bueno, se puede pagar, ¡pillad una maldita entrada!).
Con la señal de Richard, este cine continua la estela de películas en las que sus personajes no dejan de hablar y transmiten calidez humana. Además, por el guion, se rescatan citas famosas, contenido bibliográfico, referencia a otros creadores y demás miscelánea cultural. Lluvia de mayo. Dejo unos ejemplos a modo de regalía: «La vida es corta, el Arte es largo» o aquel de «El Arte y el crimen requieren momentos de ocio para florecer». No te creas que no estuve días pensando en esa sentencia. ¿Seré un criminal en potencia? Otra cosa no, pero ocioso soy un rato. «Estar sólo es hacerse preguntas, filmar es responderlas».

Sin saberlo, constatamos que nuestra vestimenta se equiparaba a la de godart, ya teníamos líder para nuestro protoideario como banda creativa organizada, pero rehusábamos de llamanos Godartianos, como si orcos de un planeta verde nos tratásemos. Gauguin dijo «el Arte es plagio o revolución», como se rescata en la película. Lo nuestro estaba por ver en qué lado caía. Cuando escuché aquello que «el corto es el anticine» descubrí mi antipostura inconsciente, un origen rebelde que me revertía aún más como enfant terrible de este festival. «La cámara es un bolígrafo», así que nos fuimos a escribir un manifiesto.
8 de noviembre de 2025
En el mundo del cine nada está asegurado. Pueden hacer el argumento más trillado, los planos menos arriesgados y las caritas más caras del momento, y nada te garantiza una aceptación. En ese sentido es arriesgado, casi cruel, como un espejo con demasiada luz de un probador. Pasar frente a la esfinge sin tener ni puta idea de la respuesta a su acertijo. Por ello comenzamos nuestro manifiesto con la máxima «El cine es un deporte de riesgo, un deporte de contactos». La hostia viene de regalo. Toda la noche pensando en esa primera piedra (y vaciando un par de botellas de vino blanco). Dedicación extrema.

Con resaca y la primera hoja del borrador, amanecimos en Plaza de Armas, Odeón Cines, sala 1, y la proyección de DON’T LET THE SUN de Jacqueline Zünd. Cien minutazos de asedio de un calor que alcanza los 49º en plena noche y que impide salir a la calle durante el día, una consecuencia directa que se derrama sobre la ciudad de asfalto y hormigón, aunque no se desvela el origen. El sol rojo con el que se baña la ciudad al inicio ya responde las dudas de cómo se debe vivir a la inversa de lo acostumbrado. No obstante, impactan escenas como el recreo de los colegios en plena madrugada. Los personajes, quizás por la calor, quizás por exigencias del guion, son lentos, pausados, contenidos. Nosotros, resacosos y ojerosos, empatizamos al instante con su mood y nos recordó tanto, pero TANTO, a Sevilla y sus seis meses de verano extremo, que tampoco nos pareció distópico, aunque igual para un suizo es algo que no tolera neutralidad.
La idea de que uno de los protagonistas fuese contratado para ejercer papeles de ausencias, reales o emocionales, nos pareció lo más estimulante. Padres que lo contratan para simular una cena con su hijo muerto; una chica que busca la compañía amiga hasta quedar dormida; una madre que valora que su hija pequeña tenga una figura paterna. La sesuda tormenta de soledad es el mal mayor que deshidrata las voluntades de los personajes de esta película. Gran idea, sin duda, aunque su ejecución, es decir, su resultado audiovisual, se nos antojase tibio. Algo imperdonable bajo ese sol que todo lo quema.

Más allá de esa valoración, los quemados fuimos nosotros. Tanteamos algunas ruedas de prensa, que este año se celebran en las entrañas del hotel NH Plaza de Armas. Al cruzar el hall, la zona de trabajo de prensa estaba llena de actividad. Nosotros, convencidos como tontos de continuar con nuestro manifiesto, nos sentamos al fondo, junto a la cristalera de la calle, y nos parapetamos bajo las gafas de sol. Cruzamos los brazos, todo meditabundos, y de tanto apretar la reflexión nos dormimos en aquel escaparate del SEFF.




