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A ESTE LADO DEL ESPEJO – Nabucco

A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.


 

CRÓNICA XLIX: “NABUCCO” – Giuseppe Verdi

TEATRO DE LA MAESTRANZA – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO

 

16 de junio de 2024 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)

«La sartén es el espejo de los huevos fritos.» No lo digo yo, en pleno brote poeti-psicótico, fue Ramón Gómez de la Serna, y creo que vendría muy bien como metáfora jocosa de la representación operística que presenciamos en el Teatro de la Maestranza, como cierre de esta temporada 2023-2024, nada más ni nada menos que un NABUCCO de Verdi. Una versión bastante contemporánea en cuanto a medios, vestuario y uso del espacio escénico, todo ello empezando desde las impresionantes pantallas de espejo de grandes dimensiones que servían como escenografía, pantalla y multiplicador de perspectivas para el público. Quiero detenerme en esto, el juego de reflejos y sentidos, porque como otra greguería apuntaba: «Los fantasmas salen por un espejo y se meten por otro.»

Espejo, Nabucco, Verdi, Va Pensiero, ópera,

Empecemos por los espejos. Aparecí sobre el escenario, porque carecía de telón, y sobre aquel suelo curvo, que difícilmente se apreciaría desde el patio de butacas, me vi observando el auditorio que era el de siempre, pero invertido. Uno abre los ojos y tarda en apreciar que mira a un espejo, máxime si es un eidôlon y la luz no termina de captar su reflejo en aquella superficie. Vi al público ilusionado que entraba por todos los accesos y completaba la disponibilidad de las butacas. Antes de girarme, me llamó la atención el camino de la luz en aquella superficie, cruzaba como un rayo invertido la dimensión vertical del cristal y llegaba, lo aprecié al alzar mi mirada, hasta otro gran espejo que colgaba inclinado sobre el escenario, desde el que percibí algo que siempre me hace feliz: El foso de la orquesta.

Espejo, Nabucco, Verdi, Va Pensiero, ópera,

Si alguien leyese mis crónicas desde el principio sabrá que me encanta porque, y en esto supongo que estoy chapado a la antigua, creo que es donde deben estar los músicos, por respeto a la magia que deben ofrecer al espectador, a la invisibilidad física que amase mejor los estados de ánimo. Di media vuelta, atravesé lo que parecía una alfombra circular (que luego descubriría el importante papel de aquella enorme falda dorada) y observé a la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla ultimando la afinación de sus instrumentos. Descendí del escenario hasta el patio de butacas, aquello rozaba el lleno absoluto, a pesar de ser el segundo encuentro de los seis que tienen programados para junio. De repente, el silencio, la penumbra, la prisa por encontrar un hueco entre aquellas filas.

Arrancó la música con una expresividad superior y el espejo que cruzaba el aire en diagonal tembló, y con él, todos los que allí nos multiplicábamos. Apenas sobresalía del foso la cabeza y batuta de Sergio Alapont. Una emotividad contenida hasta que el espejo viró sobre sí mismo, hasta horizontalizarse (si es que esa palabra existiera) y encontró su foco en la aparición súbita de la mayor parte del coro y protagonistas, divididos, enfrentados, en escena, con vestuario contemporáneo (vigente para el público, por supuesto, para mí, fantasma de la Grecia Clásica, todo me parece una modernez), esto es, con vaqueros, camisetas, chándal, camisas, chaquetas y vestidos. Segunda nota característica de esta versión, tras la sorpresa inagotable de los espejos.

Espejo, Nabucco, Verdi, Va Pensiero, ópera,

El tercer recurso, propagador de capas de lectura y sentido, fue el uso de cámaras de vídeo que grababan la escena y sus enfoques se proyectaban en el espejo vertical del fondo, que también ahora funcionaba como pantalla (los espejos tienden a la infinitud). Igual grababan a los protagonistas, que dirigían sus lentes al coro o al público. Eso ayudaba al espectador a tener la autonomía de elegir a dónde prestaba atención y cómo conocía la profundidad de la psicología colectiva e individual de cada personaje. Es más, se sentía como un potenciador de la presencia del público o del anónimo como fuerza decisiva en la historia de conflicto y política que desarrolla el propio NABUCCO.

Espejo, Nabucco, Verdi, Va Pensiero, ópera,

Y en curso de esa pretensión, una de las herramientas que siempre funciona y me encanta contemplar, es cuando surgen entre el público “espontáneos” que cantan en conexión con el coro. El respingo que dieron algunas personas próximas a estas sopranos y contraltos fue muy divertido de presenciar, el susto de lo inesperado, algo difícil de ver en la postvida de la que procedo, que todos parecen venir resabiados. Me alegró pensar que no soy el único camuflado entre los asistentes. También se llega a emplear varias veces la decisión escénica de salir del espacio habitual para cantar desde los pasillos del auditorio, subir a las gradas o recorrer el camino frente al foso.

Más allá de la luz, o frente a ella, otro de los elementos primitivos de los que se sirven en la obra para añadir profundidad y fuerza es el agua. Inundan el escenario mientras proyectan en el espejo del fondo y los laterales del escenario una lluvia incesante que no deja de correr, momento crucial en el acto. Desde entonces participantes del coro se lanzarán contra el agua, se salpicará a plena patada, barridos, los propios protagonistas acaban cantando anegados física y emocionalmente. La sartén inundada. Un elemento crucial, que otorga mucha personalidad a la obra.

Espejo, Nabucco, Verdi, Va Pensiero, ópera,

Hablando de personalidad, confieso que saqué mi libreta y apunté el nombre de los protagonistas que arrancaron más de una vez (y dos, y tres…) los aplausos del respetable. Juan Jesús Rodríguez (Nabucco), María José Siri (Abigaille, con un dominio impresionante de su voz, a más de uno dejó sin palabras), Simón Orfila (Zaccaria), Antonio Corianò (Ismaele) o Alessandra Volpe (una Fenena extraordinaria). La dirección de escena de Christiane Jatahy, dirección de escenografía e iluminación de Thomas Walgrave.

Sigo pensando que es toda una experiencia oír esta obra de Verdi mientras contemplamos a través del espejo al auditorio en penumbra, abstraído a su vez en la obra, metareflejos de lo que estaba ocurriendo. Yo tomo nota de todo, sin ánimo de redactar un «fatal escrito», como el que perturba en mitad de la obra y activa las intenciones vengativas de sus protagonistas. Y es que es una obra de venganza, rencor, exenta de sangre, pero no de pasión, hasta rozar el amor, hasta rozar la megalomanía («Yo no soy su rey, soy su dios»).

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Me gusta siempre que una obra interpela a la ultratumba («¿Qué horrible espectro me persigue y acecha?»), aunque prometo que no cometí ninguna injerencia en este sentido. Una vez cayó el telón, el público se desgranó como pájaros al viento, pero poco a poco volvían, casi diría que ávidos de la continuación. La segunda parte es más cruel y política si cabe («El trono es más valioso que la pérdida de un padre»), pero hay momentos para la redención y la súplica. Sin duda el peso de esta segunda parte, quizás el momento más emotivo de toda la ópera, es ese canto, Va Pensiero, interpretado por el coro al completo, que dejó los pelos de punta, mientras lo desarrollaban desde el proscenio, todos muy rectos, mirando al público, con la solemnidad requerida. Me sobrecogí. El espejo de arriba viraba para mostrar una imagen de pájaro poco frecuente dentro de un teatro, evidenciando el orden de los intérpretes por la escena, casi con proporción de soldados de juguete. Largo aplauso selló el final de esta melodía.

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Hubo grandes solos para los protagonistas, respondidos con bravos a pleno grito. «¿Estoy despierto o sueño?» Llegará el momento final de repetir esa joya musical, Va Pensiero, esta vez desde los laterales y pasillos del auditorio, mientras el director de la orquesta da indicaciones de cara al público desde aquel foso, indicaciones lanzadas hacia la penumbra, oscuridad  con la que se busca el anonimato de los intérpretes, con la atención fijada a este lado del espejo, a la audiencia, a nosotros, evidenciados en el espejo que de nuevo nos apunta, como responsables de cualquier revolución, o eso parece indicarse conforme a la trama de la historia. Se lanzó el último compás como un chasquido de repentina oscuridad, que lejos de ser silenciosa, fue atravesada como un rayo por el aplauso masivo del auditorio, con la estridencia de un espejo que se rompe pero que, magia artística, se emite el mejor reflejo de las verdades humanas que se han representado. Verdi pervive, casi como un eidôlon a través del tiempo. Pero no nos engañemos: El pálpito imperecedero está, sin duda, en todos los que nos acercamos a las Artes Escénicas. Y así seguirá siendo.


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